El vértigo Villoro

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Esta historia es sobre un escritor muy alto con problemas en la espalda. Es acerca de Juan Villoro. Él ha publicado recientemente un libro llamado El vértigo horizontal. Es un homenaje al México ni tan lindo ni tan querido, cuya lectura recomiendo.

En la Feria del Libro de Nueva York, después de una presentación con Alma Guillermoprieto, Villoro me llevó al curioso estand montado por la embajada en el medio de la Feria. Bajando un poco la cabeza para alcanzar mi talla XS, señalándome a dos mujeres hermosas que parecían estar ocupadas en las relaciones públicas, me dijo emocionado que una era su primera esposa y la otra su segunda esposa. Ahí estaban las dos. Cerca de él. Después de tantos años, en su mismo círculo, provocando su asombro.

Después conversamos sobre las sillas y el dolor de espalda y me presentó a algunos editores. Gran conversador, Villoro sabe cómo entretener al interlocutor. Hacerlo sentir especial. Talento que lo asemeja con su mejor amigo peruano, otro cronista de estos tiempos, Julio Villanueva Chang.

Alguna vez, visitando a Villanueva Chang en su casa de Miraflores, tras mostrarme la butaca de la vieja Filmoteca que había conseguido rescatar de la demolición, Julio me regaló la historia de un amor brasileño. En tono íntimo. Me sentí honrado. Me describió detalles que yo sólo confesaría a mis más cercanos. La sensación de privilegio duró hasta el día en que un editor me contó esa misma conversación. Dijo que Julio le repetía la historia absolutamente a todos. Él y Juan son hábiles encantadores de serpientes.

A Villoro lo conocí en la ciudad de Guadalajara, en diciembre de 2009. Sin haber leído ninguno de sus libros, participé como público en una docena de eventos en los que Villoro hacía de anfitrión. Me deslumbró su talento para hilvanar las historias y la memoria para citar de todo.

Pregunté qué tenía que leer de Villoro y un escritor me mandó a Safari accidental y a Tiempo transcurrido. Deambulé por las librerías y encontré Tiempo transcurrido, las crónicas imaginarias en las que Villoro pinta sus amores de adolescencia bajo las luces y ruidos del Distrito Federal. Tuvo que pasar un tiempo para que Julio Villanueva me regalara una copia de la edición de Safari por Etiqueta Negra. Ahi estaba el ornitorrinco de la prosa. Y todo lo demás.

Desde Guadalajara me traje a Nueva York sus ensayos. Con ellos siguió la fascinación por este hombre que, al parecer sin mayor esfuerzo, enlazaba en un texto a Shakespeare con la revolución zapatista.

Yo dictaba por entonces dos cursos para el Departamento de Lenguas de Lehman College, en el Bronx.  Uno de Traducción y otro de español para inmigrantes bilingües. Incorporé en ambos cursos los textos de Villoro: uno sobre el arte de escribir ensayos y una historia breve–entre las pocas que entonces se podían espigar del Internet–sobre un escritor mexicano que se sube a un taxi en Chicago y, en una conversación entre compatriotas, consigue transformar a Windy City en Ciudad de México.

Un tiempo después Villoro vino a dictar un seminario en Princeton y yo, como buena serpiente encantada, con su permiso, tomé dos veces por semana el tren de muchas horas hasta New Jersey para participar de la clase como oyente. Después de algunos almuerzos y de verlo presentar un trabajo fotográfico sobre su país, tuve la osadía de invitarlo a que le hablara a mis estudiantes. Él aceptó.

Fue emocionante ver a este invitado de lujo subiendo por las escaleras del subterráneo en Fordham Road. Pagué la conferencia con un almuerzo en un restaurante de mafiosos en el Little Italy del Bronx. Dio una charla en inglés frente a un auditorio entre el que se contaban profesores que ya lo admiraban. No entendían cómo había conseguido llevarlo. Fue por pura generosidad.

Tras la charla, Villoro se fue en un taxi que le pagué hasta su hotel en Manhattan. Ahí subí también a Javier Molea, el librero uruguayo que se había traído la colección del autor desde el SoHo. Sospecho que no vendió muchos libros, si bien Molea me confesó alguna vez, que la charla con Villoro en ese taxi fue de las más interesantes que tuvo. Nunca supe de qué hablaron. Tengo mis sospechas.

Hubo otras ocasiones para admirarlo: un hermoso DVD en el que conversa con su hija, charlas en McNally Jackson, nuevos libros de ensayos y novelas. Y una obra de teatro en el Graduate Center, donde Villoro, otra vez divorciado, nos presentó a la nueva novia.

Hay muchas formas de definirlo. Juan es un hombre alto con dolor de espalda. Un mexicano educado por alemanes. Un diplomático por accidente que alguna vez se perdió en Berlín oriental. Un cronista, un dramaturgo, un contador de historias, un opinólogo muy calificado, un admirador del buen fútbol. Un capo. Un amigo muy generoso. Eso, sobre todo.

Primera foto con Villoro en la FIL de Guadalajara en 2009. Ese día en que me convertí en su fan.

Juan Villoro presentando un libro sobre Berlín en la librería McNally Jackson en Manhattan, con las editoras Lina Meruane y Soledad Marambio.

 

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