El viento corre libre por el Quiñón, en Seseña

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Corre mucho viento en este lugar. Hace frío. El camarero chino de la cafetería Los Cafelitos II se llama Antonio por conveniencia española, tiene un hijo que llora y al que abraza para que se tranquilice, así calla. Atiende educadamente a los clientes con él en brazos, lo deja de pie cuando sirve vino, cerveza, café o el rico y famoso bocadillo de oreja de la zona. Estamos en el Quiñón, la urbanización de Seseña que construyó hace más de diez años el constructor Francisco Hernando. Fue levantada en la provincia de Toledo, justo en la frontera con Madrid. Hoy sigue sin acabar y a medio habitar.

El Cafelitos II parece el bar más concurrido de la urbanización y es fácil entender por qué: un chino adaptado y que entiende bien a los españoles. Sabe llevar bien el negocio a pesar de la poca clientela potencial, por lo que ha debido hacer clientes fieles, que saben cómo se llama Antonio cuando entran. Su hijo dormirá pronto la siesta, dice.

En el bar entra la primera persona, una mujer que pide una copa de vino rosado para hablar con Antonio. Sentada en la barra le cuenta que no hará más mudanzas: o a la residencia para ancianos o al cementerio, que está cansada de los que vienen de fuera y dicen que el Quiñón es un desierto y que sólo se puede ver la televisión, declarando así su enojo con el marido de su amiga tras más de cuarenta años de amistad. Se marcha con la barra de pan a casa y con el pan nuestro de cada día se despide. Entra el primer hombre y pide un bocadillo de oreja de cerdo para sentarse. Otro, otros. Piden otro bocadillo de oreja muy quemadito, con picante, y que lo corte a la mitad para los dos, entero. Llegan dos niños chinos del colegio con sus mochilas de ruedas armando jaleo, luego tres niños españoles que se ponen a jugar en una mesa y arman más jaleo. Han puesto música, parece jazz. Hay mucho ruido, el suelo se va ensuciando, se habla cada vez más y alto, ya no se entiende casi nada: parece un bar normal, español. Se van otros que entraron con dos cajas de leche del pequeño supermercado de al lado. Otra pareja está con su hijo y la barra de pan en el carrito, ese pan para la comida de después, de nuevo, como cada día. Tres pintores con manchas de pintura blanca hasta en la cara se comen sus bocadillos, medio y medio de oreja buena para dos.

Es un día entre semana, hay muy poca gente por las calles de esta urbanización con nombres de pintores. Destaca el Parque de María Audena casi vacío, solo nadan tres patos, vuela una gaviota perdida y una pareja pasea a su perra Luna. Al menos tiene un lago de cuyo centro sale un chorro de agua que da cierta animación al día frío. María Audena no es pintora, pero es la mujer del constructor que mandó hacer esta inmensa urbanización de más de 5.000 viviendas, así que al menos tiene en el mundo un único parque con su nombre. Aunque hay algo curioso que quizás María Audena no sepa sobre su parque: es muy grande, está vallado y cuenta con un único acceso. Los vecinos han abierto agujeros en la cerca de color blanco para poder acceder por otras vías. Además de a su mujer, Francisco Hernando también homenajeó a sus padres erigiendo una escultura de ambos en una de las rotondas. Las rotondas están llenas de madroños rojos y amarillos en otoño. Las dos figuras tienen las manos entrelazadas y cuerdas blancas alrededor de sus cuellos. A la entrada de la urbanización destaca su nombre: Residencial Francisco Hernando.

Caminando abrigado se ve que varias de las us –así han sido bautizados los edificios de viviendas por su forma en u– están deshabitadas: tienen todas las persianas bajadas. Hay más de diez enormes us en total y tres o cuatro vacías, me cuenta un chico joven. Algunas han sido saqueadas y están destrozadas por dentro, dicen los vecinos de la urbanización, me explica. Hace tiempo había también barcas en el lago, pero un día llegaron los gamberros de allí, los del pueblo de Seseña, y las hundieron, recuerda. Hoy sólo queda una, blanca. No recuerda nunca haber visto el lago helado, pero es el frío y el viento del invierno lo más duro del año, dice mientras espera al autobús que le llevará a Madrid. Espera en una marquesina desierta y sin colores, sin información y sólo con un techo y paredes de cristal.

El Quiñón es un páramo seco, no hay nada que lo proteja, al fondo se ve la mancha negra de un cementerio de neumáticos, una encina en lo alto de la colina y poco más, solo us y tantas us. Es el lugar donde el viento puede circular libre.

“De un lado al otro, los hombres”, leo que escribe Alfonsina Storni, y el viento, el viento corre.