El zorro, el toro y el hombre

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Tres camas blancas en la UCI  coronaria de un hospital. Un complejo artefacto electrónico programado como corazón artificial,  vigila con sus luminosos numeritos verdes a tres pacientes. Las curvas de sus palpitaciones se reflejan en unos gusanitos y ondinas que van y vienen.
        En la primera cama yace un toro negro y grande, con las banderillas aún sangrantes cruzadas sobre la cabecera de su lecho blanquísimo. Una sábana cubre al toro hasta las tetillas. Tiene estirada una de sus pezuñas sobre la  cama, para recibir el pinchazo de un gotero que lo vela desde lo alto de su percha.
        En la cama central apenas se vislumbra al inquilino enfermo. Se trata de un zorro británico enroscado bajo la sábana. Estira tímidamente una de sus patas peludas y rubiascas para soportar el pinchazo del gotero. Sobre su lecho blanco, cuelga una alambicada corneta, dorada y sangrante, junto a un gorro negro de jinete pisoteado por cascos de caballo.
        En la cama tercera se extiende un hombre de edad mediana. Torso desnudo sobre las sabanas. Pecho lobo cubierto de ventosas de goma celestes de las que parten unos cables blancos enchufados a la gran máquina. Estira su brazo recibiendo el aguijonazo y la compañía íntima de la aguja del gotero y su larga cola de suero. Un monitor destrozado de ordenador –salvo la pantalla que sigue en funcionamiento- y un teclado mordido por las ratas, cuelgan sobre su lecho de enfermo.

 

EL TORO.- (Con un pronunciado acento gaditano, andaluz rajado, pero sin ningún entusiasmo ni ánimo como para desatar su carácter alegre y simpático)

Y vosotros ¿cómo habéis llegado hasta aquí?

 

        (Ninguno de los dos compañeros de habitación responde. El toro bufa.)

 

EL TORO.- ¡Uffffffffff! ¿Es que además de medio muertos, os dejó mudos el infarto?

 

        (El zorro bisbisea bajo las sábanas como respuesta)

 

El ZORRO.- Silence! Please! I’m in extreme agony!

 

        (Su acento moribundo tan rústico delata que sólo habla la lengua inglesa.)

 

EL TORO.- ¡Oye, tu! ¡Hombre! A parte de no hablar, ¿manejas lenguas? Espero que sí, porque nesesito un intérprete para entenderme con este sorro estranjero. Aquí se pasan las horas muertas. Shiquillo; ¿cómo vamos a curarnos, si el tiempo ya ha fallesío?

 

        (El toro estalla en risas celebrando su ocurrencia.)

 

EL TORO.- El sorro guiri éste tiene huevos, ¿sabes? No sólo se ha escapao por los pelos en una de esas famosas caserías inglesas, sino que además, (prepárate que es gueno), uno de los casaores que le iba persiguiendo, ha muerto –al caerse del suyo-pisoteao por los caballos de los otros jinetes. ¿Cómo te quedas? Muerto, ¿no?

 

        (El toro se descojona de risa)

 

EL TORO.- ¡Beri güel fandango! ¡Por tus cojones, sorrito de la Angalaterra!

 

EL ZORRO.- Silence, please! I’m dying.

 

EL TORO.- Aunque a mí también me ha pasao algo paresío, no te creas. Me indultaron en la plasa; y ¿sabes por qué? Porque al torero también le dio un infarto antes de entrar a matarme. ¿A que tiene guasa? ¿A que soy un torito con suerte?

 

        (Y sólo el toro vuelve a mearse de risa, aunque ninguno de sus dos compañeros parezca estar escuchándole.)

 

EL TORO.- ¿Y tú, qué?, ¿cómo has llegao hasta aquí, shiquillo? Algo muy gordo te habrá tenío que pasar a ti, porque aquí no ingresan a cualquiera. Dinos: ¿en qué picota te han puesto, como pa terminar en este hospital de la frontera?

 

        (Se escucha tomar aire profundamente al hombre en su cama, quien con gran resignación y esfuerzo pronuncia)

 

EL HOMBRE.- Yo… era… crítico…

 

        (Expulsa y toma mucho aire, jadeando en cortas y sonoras bocanadas)

 

EL HOMBRE.- …de teatro…

 

        (Haciendo ya la olla, insiste en su agitada  y asfixiante respiración)

 

EL HOMBRE.- …en un … diario… nacional.

 

        (Deja escapar livianamente el último aire de sus pulmones, fundiéndose  en un quejido con hueso de ¡Ay!

        El crítico  expira.)

 

Se hace un largo silencio. Ninguno de los tres vuelve a decir nada. Parece que definitivamente, como dijo el toro,  el tiempo hubiera fallecido. Va bajando la luz lentamente, como en un eclipse o en un crepúsculo verde; lo más parecido a un desfallecimiento de la atmósfera con el destello final de un faro negro.
         Como luciérnagas geométricas, los numeritos luminosos de la máquina corazón toman todo el  protagonismo de la escena. En serena cuenta atrás,  van retrocediendo los guarismos del tiempo hasta alcanzar el cero en el oscuro absoluto.
        En la tiniebla total sólo se escuchan ya tres largos pitidos continuos.

 

FIN

 

(P.S. ¿Hubiera yo sido yo, sin mi persecución, caza, tortura y muerte?)

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