Elogiemos ahora a personas anónimas, y a quienes en sus páginas las engendraron

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John Huston dijo de Agee que era “un poeta de la verdad”, que “llevaba su amor por la verdad hasta el extremo de la obsesión”. Le llevó a veces a estropear esa verdad que con tanto ímpetu quería mostrar.

 

Hay hombres que luchan un día y son buenos, otros luchan un año y son mejores,
 hay quienes luchan muchos años y son muy buenos,
pero están los que luchan toda la vida, y esos son los imprescindibles
Bertolt Brecht

 

“La pirámide de Keops no la hizo Keops, sino que la hicieron miles y miles de trabajadores con su sangre, su sudor y sus lágrimas”. Bertolt Brecht sabía que esas personas —anónimas, nada famosas y cuyo nombre no es recordado por la historia— son realmente el motor que la escribe, sus verdaderos protagonistas.

 

Vivir con dignidad en circunstancias adversas. Esa era la bandera de un hombre al que no le importaba lo más mínimo su apariencia física, sólo le preocupaba su integridad. “Escribía, mientras fumaba y bebía como un cosaco, hasta altas horas de la madrugada” en el Chrysler Building neoyorkino, se lee en el Diccionario de Nueva York, de Alfonso Armada. “Su ropa era deliberadamente barata, no sólo porque era pobre sino porque quería olvidarse de ella. A veces parecía de verdad que el viento, la lluvia, el trabajo y la burla eran sus sastres”, decía de él su compañero Walker Evans.

 

Juntos, con la pluma de uno y la lente de otro, retrataron a esas personas anónimas —tres familias de algodoneros al sur de los Estados Unidos de la Gran Depresión, “los más pobres de entre los pobres”— que nada tenían que ver con los hombres famosos que a menudo veneramos. Agee y Evans se proponen rescatarlos, traerlos al lugar que se merecen, llenar de dignidad sus vidas. Quisieron conservar una memoria viva de aquellos que estaban condenados al olvido. Hacer inmortales a quienes, aún muertos en vida, rezumaban dignidad en cada uno de sus más ínfimos detalles: encontrar mundos de exquisitez en lo más dolorosamente corriente.

 

Sobre eso, sobre convertir lo corriente en exquisito, sabía mucho James Agee. El periodista Donovan Hohn explica en Moby-Duck lo que Agee llamó “la arqueología de lo corriente”: percibir “el cruel resplandor de lo que es” una cosa —tras estudiarla “durante un tiempo casi ilimitado”— en lugar del tenue brillo de lo que no es. “No vi par alguno que no mostrase en cierto grado un mundo propio de exquisitez”, dijo sobre los pantalones que usaban los aparceros. Quizás por ello dedicó páginas y páginas a desnudar cada detalle de las ropas de los campesinos con clamorosa precisión.

 

El director de cine John Huston dijo de Agee que era “un poeta de la verdad”, que “llevaba su amor por la verdad hasta el extremo de la obsesión”. Una obsesión que lo llevó, en algunos casos, a estropear esa verdad que con tanto ímpetu quería mostrar. Su descripción de los objetos de una habitación era detallada hasta la extenuación y susceptible a los detalles más irrisorios. Huston añadía: “Durante una fracción de eternidad esos objetos existieron en una colocación determinada dentro de un espacio circunscrito; eso era verdad. Y la verdad era digna de ser contada”. Pero, ¿hace más justicia a la verdad aquel que la explica con un zoom tan escrupuloso que, por poner el foco en el detalle, acaba dejando la escena sin enfocar?

 

Quiso mostrar cada forma inadvertida incluso para quien hubiera estado allí, cada mota de polvo detenida en el preciso instante en que Agee tomaba su “fotografía escrita”. Del mismo modo en que la cámara de Evans habría captado toda la escena que le permitiera el encuadre escogido, incluso aquello que el propio Evans no hubiera previsto, Agee pretende captar toda la realidad que ven sus ojos, que huele su nariz, que siente su alma… sin dejar que ninguna mota de polvo, incrustada en el encuadre por casualidad, escape a su exhaustiva descripción.

 

En busca de esa idea de verdad y honestidad, por hacerse adalid de la misma, se esmera Agee en diseccionar cada detalle de la realidad. Pero sus descripciones están llenas de connotación, no son asépticas ni meramente enunciativas. Tampoco era ese su objetivo. Describe desde la primera persona, y esa primera persona es un símbolo de su propia honestidad, de que la realidad que muestra es la suya propia, la de alguien que no puede ser omnisciente con el resto, lo que él alcanza a ver. Aunque sus afirmaciones pudieran no ser verdades absolutas, sí son honestas, puesto que son un alarde de precisión. Pero sólo en lo que Agee quiere precisar: en su propia verdad.

 

“Porque en el mundo inmediato todo puede ser discernido por quien sea capaz de discernirlo, y central y sencillamente, sin disecciones científicas ni digestiones artísticas, sino intentando, con la totalidad de la consciencia, percibirlo tal como es: de modo que el aspecto de una calle soleada pueda gritar en su propio corazón como una sinfonía, quizá como ninguna sinfonía sabría hacerlo: y la conciencia entera se traslada de lo imaginado, lo revisable, al esfuerzo de percibir simplemente el cruel esplendor de lo que es.

 

Por eso la cámara me parece, después de la conciencia sin ayuda y sin armas, el instrumento central de nuestro tiempo; y por eso también siento cólera ante su mal uso (…) sólo conozco a menos de doce personas vivas en cuyos ojos pueda confiar incluso tanto como en los míos”.

 

Tanto Walker Evans como James Agee comparten una misma mirada, un mismo talento para convertirse en “arquitectos de lo corriente”. Las fotografías de Evans son tan sinceras que parecen hechas sin mirar, sin preparación, sin ningún ánimo de crear la belleza que finalmente acaba contenida en el cuadro. Como el texto de Agee, mira a sus protagonistas de frente, de cerca y sin licencias. Pero también con respeto e incluso ternura. Percibiendo el “cruel esplendor” de lo que son.

 

 

“Describir es destruir, sugerir es crear”

 

Robert Doisneau creía en el arte de la sugestión. Walker Evans, en el de la descripción. Su estancia en Francia le generó cierto complejo por lo bien que se escribía en el París de los felices años 20 y decidió aplicar esa descripción a las fotografías: hacer registros del mundo.

 

El fotógrafo Eduardo Momeñe sabe que una fotografía “diciendo la verdad, miente, y mintiendo, dice la verdad”. Las fotografías de Evans tienen tal apariencia de transparencia que pudiera parecer que no son más que un testimonio documental sin artificios. “Pero son más que eso”.

 

El texto de Agee es, probablemente, esa idea descriptiva llevada al extremo. El escritor Pedro Sorela dijo de él que es “un libro monstruoso en el que no sabes hacia dónde vas, no existe la sugerencia”. Quizás porque Agee no quería ir a ninguna parte. Quería quedarse allí, describiendo cada detalle. Pero Sorela afirma que “inventarió hasta la locura, creyendo que la realidad se puede agotar con el lenguaje”. Puede que Agee acabara por no cumplir con el encargo, “por exceso”.

 

Ese encargo era mostrar la vida cotidiana de los arrendatarios del sur de Alabama durante la Gran Depresión. La revista Fortune les pidió una crónica, pero los reporteros trajeron un relato demoledor que no convenció a los editores.

 

James Agge dijo: “Si pudiera, no escribiría nada aquí, serían fotografías; el resto serían fragmentos de ropa, trozos de algodón, puñados de tierra, frases aisladas, pedazos de madera y hierro, frascos de olores, platos de comida y de excremento. (…) Pero, tal y como están las cosas, haré lo poco que pueda escribiendo. Sólo que será muy poco. No soy capaz de hacerlo; y si lo fuera, ustedes ni se acercarían a ello. Porque de acercarse, apenas soportarían seguir viviendo”. Hablaba de una realidad social a la que fue fiel, que intentó combatir dándole voz y forma con Elogiemos ahora a hombres famosos. Una realidad que duele y que todavía se esconde tras la idea del sueño americano en que un afroamericano puede llegar a la Casa Blanca, pero solo uno que ha estudiado en Harvard.

 

Agee murió a los 45 años de un ataque al corazón montado en un taxi pintado de amarillo de los que inundan Nueva York. Pero “con su semilla perdurará continuamente una buena herencia”, la de elogiar ahora a personas que “no han dejado ningún recuerdo; que perecieron como si nunca hubieran existido; y han desaparecido como si no hubieran nacido nunca” pero merecen ser elogiadas. Y nosotros, los nuevos periodistas, sus hijos, “estamos incluidos en la alianza”.

 

 

 

Miriam Ruiz Castro es periodista

 

 

 

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Autor: Miriam Ruiz Castro