Elogio de Míster Glenn Gould en domingo de Euro Copa

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Solamente una cosa tengo en común, en realidad dos, con el más grande intérprete de piano —al menos de casi todo Bach, demasiado Beethoven, cierto Haydn y cierto Brahms— y es la agorafobia, la real, la de estar rodeado de gente, y hasta de la virtual, que incluye desde las muchedumbres de las redes sociales de cualquier tipo hasta aplastarme a ver, junto a millones de telespectadores invisibles en la soledad de mi sala de televisión, aun así vaya jodido vértigo, la final de la Eurocopa entre el Reino Unido de la Gran Bretaña e Irlanda del Norte y la República Italiana.

Me refiero, desde luego, a Glenn Gould.

Otros dos intérpretes supremos para mí son los argentinos y peregrinos del mundo Martha Argerich y Daniel Barenboim, aunque ninguno de ellos padece el problemita en cuestión, la repulsión por las masas. En sus Ejercicios de admiración, Cioran decía que Borges era el último caballero. Yo, que naturalmente no me pretendo Borges —conozco, eso sí, al menos un Borges wannabe para el que trabajé hace mucho tiempo, escribió un libro que suena a algo así como Borges y somos uno mismo y por suerte en sus olvidables novelas ya no intenta alcanzar los tamaños de su esperanza, apenas el relato, dizque intrincado, de las palizas que le ponen cuando pasea en su barrio de la ciudad México. Además de Borges, incluiría a Barenboim en ese sitio —hoy con toda seguridad sería objeto de zafias carcajadas por las huestes igualadoras: “un caballero”. Lo traté los años que pasé trabajando como agregado cultural en Chicago, y el buen hombre —otro anacronismo para acabar de espantar a las actualísimas buenas conciencias— fungía a la sazón nada menos que como director artístico y de orquesta de la mundialmente conocida Chicago Symphony Orchestra, y en cuya pequeña, añeja, prístina, sala de conciertos más de una vez creí entrever las puertas de esos paraísos de los que tanto habló el ultimo Gentleman selon Monsieur Emil Cioran, Míster Borges: no hay otros paraísos que los paraísos perdidos.

No voy a fatigar al lector medianamente instruido con lo que ya sabe acerca de Glenn Gould: de su precoz talento para aporrear las teclas del piano como un pequeño dios; de su temprana elección y sempiterno acomodo para ejecutar frente al piano en una silla de madera con las cuatro patas serruchadas casi hasta el piso, la misma que fue y vino por las salas de concierto de Nueva York, Cleveland, Toronto, Moscú, el destartalado trono de un joven monarca iracundo y malhumorado; de las cósmicas broncas y sutil unión musical de dos genios titánicos, el propio Gould y aquel rey de la selva neoyorkina, Leonard Bernstein; ni qué más decir de su célebre, discutida y controversial decisión de mandar todo al reverendo diablo en 1964, con apenas treinta y dos años de edad, no más recitales, no más conciertos, no más apariciones públicas más allá de los programas previamente planeados y grabados en su mayoría por la Canadian Broadcasting Company (CBC), algunos de ellos excepcionales. Por ejemplo aquel en el que, todavía jovencísimo, afirma con suficiencia detestar al público, “una fuerza diabólica”, “la ley de la horda”, con lo cual el intérprete canadiense rompe lanzas con una práctica prevaleciente y cada vez más intrusiva de cinco o seis siglos de relación entre el intérprete y quienes, afortunados o no, se sientan a escucharlo; o bien mis sesiones preferidas, aquellas en las que un Glenn Gould todavía joven, cincuenta años, pero ya mostrando las evidentes heridas que le deja a cualquiera haber sido arrollado, sin importar talentos y dones, por el brutal y destructivo tren de la vida, y aun así capaz de  sentarse al piano y tocar, una vez más las Variaciones, como un dios, sin duda, pero un dios sin otro dios que la música.

A estas alturas ya debería ser obvio, incluso para las hordas futboleras, que sus benditos dioses de la cancha no sirven para un carajo cuando se trata de alcanzar la eternidad con los dedos de las manos, menos aún con las patas —y me importa un reverendo cacahuate que Daniel Cosío Villegas, el mismo de mi distante e irreconocible Alma Mater, el de los máximos honores, afirmara hace mil años desde la sede local de su Olimpo que “en realidad, el fútbol se juega con la cabeza, y la pata sólo ejecuta lo que la cabeza discurre.” Así ha de ser, San Daniel, pero todo depende de con qué cabeza, no todas razonan lo mismo, y la mayoría de las patas sirven un único propósito: meter, precisa y preferentemente hasta el fondo, la pinche pata, la deleznable pezuña. Es, cómo explicarle, San Daniel, cosa muy de humanos.

Regreso y termino —aunque apenas empieza en serio— a mi domingo con Glenn Gould. Espero que quien se haya animado a escuchar los respectivos fragmentos de las Variaciones Golberg grabadas en 1955 y 1981, pueda percatarse del tempo, mucho más lento en la segunda versión, algo que he discutido con mi amigo Diego García Elío, y otro detalle no menor: el descarado tarareo del Gould ya mayor mientras interpreta las Variaciones, el mismo tarareo que desquiciaba a los directores de orquesta en los años como famoso concertista durante su juventud.

Como era fama entre sus colegas y bien lo documenta su biógrafo, Kevin Bazzana en Vida y arte de Glenn Gould, el pianista era un hipocondríaco extremo. Guantes de lana en pleno verano, quiroprácticos, fisioterapeutas, masajistas, radiólogos, hasta que cruzó la frontera de los cuarenta años de edad y con ella el camino sin retorno de los estados neuróticos —por llamar de alguna manera a la agorafobia, manías y obsesiones, cierto síndrome de Asperger, demasiadas fobias e inseguridades, ansiedades bestiales, profundas melancolías rayanas de brotes depresivos y esquizoides, insomnio. “Con los años — escribe Bazzana— Gould aumentó el consumo de fármacos recetados o comprados sin receta, por decisión propia, a menudo en dosis que él mismo elegía, y en una serie de combinaciones que en el mejor de los casos eran imprevisibles, y que a veces causan según se sabe reacciones adversas. También tomaba pastillas para contrarrestar los efectos de otras pastillas, creando un círculo de dependencia.”

Aquí la lista completa de medicamentos de Glenn: Aldomet, Nembutal, Tetracyline, Chloromycetin, Serpasil, Resteclin, Librax, Chlonodine, Fiorinal, Neocortez, Zyloprim, Bactra, Septrin, phenilbutazone, y desde luego Valium, cuantos comprimidos le cupieran en la boca.

¿Y qué otra cosa es la vida, o lo que se quiera tomar por tal, sino un infinito círculo de dependencias a cuanto veneno haga soportable la sobrestimada existencia, con sus catástrofes concienzuda y profusamente administradas, y de tristes júbilos pichicateados casi con malicia, como esos costales de arroz contados con los dedos de una mano que las Naciones Unidas entregan ahí donde más hambre se padece?

Es fama que, mientras moría solo como un perro en su apartamento de Toronto, fue trasladado al Hospital General, donde murió a la envidiable edad de 50 años. Antes, quizá sabiendo que el final se acercaba, famosamente dijo: “El mundo ya ha tenido Glenn Gould más que de sobra.” Al entierro del más solitario de los canadienses, asistieron más de 5 mil solitarios, entre hombres, mujeres, artistas, músicos y despistados. Por fortuna ningún sonriente político, esa figura antitética del hombre solo y atribulado.

En la que fue su última entrevista con el periodista David Dubal, incluida en No, no soy un absoluto excéntrico, Gould dijo al respecto de su aparente extrañeza frente a los otros: “he descubierto que mis interlocutores me escuchan, en el mejor de los casos, con un escepticismo mudo, como si tuvieran ganas de decirme: ‘No tiene ningún otro chisme que contarnos?”.

Yo, que compartiré con Glenn Gould hasta que me llegue la fatídica hora, esa dicha de haber conocido Cape Breton, un pueblo de modestos pescadores empotrado en las atlánticas costas de Nova Scotia, apenas puedo añadir ahora, cuando tengo la edad en que Gould brincó la cerca para siempre, que qué otro chiste quieren, burros, si la vida termina por ser un chiste excepcional y pésimo al mismo tiempo, una chorrada de la que nadie, ni siquiera en su mejor hora, logra reponerse.

Así queden por ser disputadas seis mil Euro Copas, por los siglos de los siglos. Tengan su amén.

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Bruno Piché es ensayista y narrador. Ha sido editor, periodista, diplomático y promotor cultural. Realizó estudios en la Concordia University de Montreal, El Colegio de México, King’s College de Londres, Instituto de Investigaciones Sociales UNAM Es autor de los libros Robinson ante el abismo, Noviembre, El taller de no ficción, Los hechos y La mala costumbre de la esperanza. Es miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte de México desde 2012. Su novela más reciente, 'La mala costumbre de la esperanza', (2018), apareció bajo el sello editorial de Literatura Random House. En 2015 publicó la novela 'Los hechos', acerca de la cual Juan Villoro escribió: “Bruno H. Piché entiende la historia del mundo como una diáspora: datos en fuga que al articularse conectan la vida pública con la esfera privada. Podemos escapar de nosotros mismos pero no de Los hechos, es decir, del flujo incontenible de la historia.”   Vivir en Comala City es un blog sin fronteras temáticas y en la que las sombras y presencias fantasmales remiten al escurridizo entrecruce entre los géneros literarios. En Comala todo es literatura y nada es lo que parece.

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