Elogio del aburrimiento

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El aburrimiento tiene, en estos días de cuarentena, muy mala prensa. En todos los medios y en las redes de comunicación social se nos alecciona a ocupar el tiempo muerto de múltiples maneras: haciendo gimnasia, leyendo, oyendo música o viendo series de televisión. Se abren al público fondos documentales, musicales o cinematográficos y se nos ofrecen ramilletes seleccionados y renovados a diario de flores de ficción. Ya era así la época medieval, sin que tuviera que mediar alguna de las temibles epidemias de la época. Los frailes y monjas enclaustrados lo temían como el tiempo propicio de la tentación, o más exactamente, como la hora que frecuentaba un temido diablo, el diabolus meridianus, el demonio del mediodía, que solía provocar mal humor y aburrimiento en los momentos más cálidos y pegajosos. En realidad, la disciplina horaria de los monjes o el conocido lema benedictino “ora et labora” fueron remedios ideados contra su nefasta influencia, contra ese hastío que llamaban acedia, considerado durante un tiempo un pecado capital. Podemos adivinar por qué: tiempo inerte apropiado para las tentaciones, fundamentalmente dos: el pensamiento divagador que lleva a territorios desconocidos, o el sexo, que también.

Cualquier padre o madre que lea esto recordará entrar en pánico cuando la hija o el hijo, con gesto adusto y un punto desesperado, se acerca y dice: “Mamá, estoy aburrido”. Estaríamos tentados de explicar este rechazo absoluto al aburrimiento como la manifestación humana del horror al vacío, del desvalido sentir el peso muerto de la existencia sin acción, al modo en que los físicos afirman que el universo aborrece el vacío. Otras veces preferimos entenderlo como consecuencia del trabajo contemporáneo, rutinario y sin sentido. O de su complementario, el tiempo de descanso, capturado ad nauseam por el consumo de diversión, ocio o espectáculo. El tiempo sometido y muerto del Gran Plan que sustituye a la vida.

Y sin embargo, a pesar de todo lo dicho, el aburrimiento es hermoso, etimológicamente hermoso, porque la lengua madre inyectó en la palabra la mayor belleza: ab horrorem, la ausencia, la lejanía, el desprendimiento del horror. En este modo de pensar mío, con el auxilio de la lengua, la angustia que provoca eso que, de modo tan torcido llamamos aburrimiento, junto al ansia que nos impele a sustituirlo con cualquier actividad o cosa, no es más que su inversión: la costumbre de vivir en el horror, el deseo de cerrar ese campo abierto que, como un abismo, se nos abre en el no saber qué hacer, en el miedo cerval de la luz cegadora de lo desconocido que nos interpela y que rechazamos…

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2 COMENTARIOS

  1. Querido Manuel, soy Antonio Gomera, fui alumno tuyo en Riotinto en el 93 y 94. Espero que me pongas cara:-). Si recuerdas me vine a Córdoba y aquí sigo. Por diferentes cabriolas y azares (que si hay suerte podré contarte con tranquilidad) he topado con este artículo tuyo. Ojalá veas este mensaje y contactes conmigo, sería genial poder charlar de nuevo con mi maestro referente. Fuerte abrazo

  2. ¡Claro que te recuerdo, querido Antonio! Cuántas cosas han pasado… Entre ellas, que ya me jubilé 🙂 Como puedes ver aquí abajo, llevo colaborando en esta revista unos años. La verdad es que no he dejado de escribir: fui columnista de “La Opinión de Málaga” durante 8 años, publiqué 3 libritos, ! mantengo un blog desde 2012… Ahors, con el tiempo extra, también mantengo la intendencia y me estoy haciendo un cocinero de alto estanding 🙂 Mi email actual: mjfriaza arroba disroot punto org
    Un abrazo

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