Empezar de nuevo

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El fuego. Quisiera acordarme para siempre de ese fuego. Del olor de la leña y la oscuridad de la noche al costado del mar. De la sensación de estar reunidos. Lo básico. Con qué frecuencia nos olvidamos de ello.

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Es un olor dulce que se impregna en la ropa, en el cabello. Viene con historias: él habla de cine, de alguna película, de algún actor famoso que conoció en el trabajo, de otro que es padrino de su hijo. El fuego está ahí pero lo que yo recuerdo es una silueta y la voz. La voz que narra. Nuestros hijos están dormidos. Se han cansado de buscar bichos entre la arena con la linterna, se han dormido hipnotizados por el calor de la tarde que se fue, de las olas que llegan y se van.

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Imágenes de autos moviéndose en la arena, de otros fuegos a cierta distancia, de acantilados oscuros en lo oscuro. De un perro acostado detrás de nuestras sillas de playa. Él dice que a lo lejos se ven tormentas eléctricas. Es verdad, veo un trueno color púrpura que ilumina el mar, muy allá. El chasquido de la madera quemándose. La sensación de la arena fresca resbalando por el empeine del pie, mientras camino hacia los acantilados con mi hijo colgado del cuello, dormido. La sensación de la toalla que lo envuelve.

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¿Qué ha dicho ella? Él ha llegado después de un día de trabajo. No es posible que solo recuerde la voz de él. Si ella es la que nos ha acompañado toda la tarde. Recuerdo su risa: espontánea, fresca. Sus ganas de empezar. De eso se trata la vida después de los treinta ¿verdad? Del miedo a empezar. Del valor que le demos a las fuerzas que nos quedan. Del optimismo que nos hace creer que nos queda algún tiempo. Que se puede volver a comenzar.

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Hace unos días hablaba con una mujer llena de proyectos. Es difícil encontrarse con personas así. Al menos yo, cada vez encuentro más gente que no quiere empezar nada, que están a la mitad, o al final (ellos no lo saben) de lo que empezaron hace mucho tiempo. Empezar es lo más hermoso que se puede hacer después de los treinta. Porque implica derrotar al miedo que nos quiere tragar vivos.

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Ella quiere empezar pero no sabe dónde. El 35 lo dice como si fuera una condena, como si no hubieran otros 35 adelante. Habla de oportunidades, de gente que le podría dar un trabajo, de su sueño de tener un bote. No parece cansada pero lo está. Uno de sus hijos, el mayor, le recuerda que tiene frío. El otro, el más pequeño, está arropado en toallas sobre la falda del padre.

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Empezar el año. Empezar a leer un libro. Empezar a empacar. Empezar a pensar en las posiblidades de terminar. En algunos casos lo que parece estar al final de esas frases es la curiosidad pero en casi todos ellos está el temor. Tememos que lo empezado se convierta en derrota. Que las derrotas nos hundan. Como si empezar no fuera la confirmación de la vida. Terminar nunca.

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Quiero recordar esta noche y el fuego. Quiero que ilumine la estación que empieza. Que me acompañe este recuerdo y la lectura de Tobias Wolff, que escribe tan bien en Old School, ese libro hermoso sobre terminar y empezar de nuevo.

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