Las maletas
En el avión camino a La Habana desde Madrid me siento junto a una mujer cubana robusta, de mediana edad. Conversamos un rato. Más adelante la escucho contarle al pasajero de al lado que vende imitaciones de perfumes y que está llevando mercancía “pa’ Cuba”. Me llama la atención que el avión vaya lleno. A mi alrededor se repite esa voz saltarina cubana y varias conversaciones desembocan en una misma queja: los pocos vuelos que llegan desde Europa a La Habana. No es solo una percepción. Iberia suspendió desde el 1 de junio de 2026 su ruta directa Madrid-La Habana por la situación que atraviesa el país y la caída de la demanda; World2Fly también suspendió la ruta. Air Europa, la compañía con la que llegué, mantiene sus conexiones entre ambas capitales, recuerda la agencia EFE. Aun así, durante mi estancia recibo un aviso de la aerolínea: debido a la falta de combustible, mi vuelo La Habana-Madrid deberá realizar una parada técnica de repostaje en Punta Cana.
Me cuesta reconocer turistas. No conozco las nacionalidades ni las razones de viaje de quienes me rodean, así que no puedo saber quién vuelve, quién visita o quién se queda. Solo escucho. Cuba aparece antes de aterrizar, en conversaciones entre desconocidos. Al llegar, el aeropuerto internacional José Martí parece pequeño frente a la cantidad de maletas por persona. Dos mujeres con cuatro, cinco, seis… no, siete maletas y una bolsa. Una señora sola con uno, dos, tres, cuatro, ¡cinco bultos casi de su tamaño! Nadie me mira y nadie tiene porqué explicármelo, pero miro mi único equipaje de mano y entiendo el privilegio de necesitar tan poco.
Las maletas tampoco cuentan qué lleva cada quien ni por qué. No puedo saber si contienen ropa, comida, regalos o una vida repartida entre dos países. Pero la imagen coincide con una realidad documentada: ante las dificultades de abastecimiento, Cuba ha flexibilizado durante los últimos años la importación no comercial de alimentos, medicamentos y artículos de aseo transportados por pasajeros, recoge el diario Granma.
Las maletas son solo la primera imagen. La segunda aparece cuando se empieza a caminar por las calles de La Habana. Un país a menudo romantizado, desde fuera Cuba se imagina a través de los carros antiguos, las playas, el ron, la música y esa idea de una isla detenida en otra época. La Habana tiene una belleza difícil de discutir y unos atardeceres que parecen pintados con demasiado cuidado en tonos arrebol para ser verdaderos. El cielo se vuelve naranja, rosa, violeta mientras debajo permanecen los edificios, las casas, los coches y la ropa tendida en los balcones. Si se observa por suficiente tiempo, aparece una sensación extraña. Pareciera que las personas viven el mismo día una y otra vez. Las construcciones antiguas empiezan a ceder ante el tiempo y el viento constante. De pronto, La Habana aparece como si el reloj hubiera olvidado girar. El mundo siguió avanzando, pero Cuba se quedó perdida en el tiempo. ¿El tiempo realmente se detuvo o quizás empezó a ir demasiado rápido?
Cuando se apaga la luz
En cualquier parte del mundo, es muy sencillo para las personas con mayor solvencia económica acurrucarse en la comodidad de las burbujas sociales. Justificar aquello que no se entiende. Cerrar los ojos y fingir que a través de los párpados no destella un poco de realidad. Al caminar por las calles habaneras resulta imposible no ver las señales. Escasez. Incertidumbre. Hay casas que se caen a pedazos. Los contenedores rebosan y la basura se derrama por el suelo hasta ocupar parte de algunas calles como una marea alta. En varias calles veo basura quemada en medio de la pista, después me explican que quemar basura puede funcionar también como una forma de protesta silenciosa.
Durante mi estancia me alojo en un barrio residencial de La Habana. La presencia policial es frecuente. Poco después de mi llegada, un policía se acerca a preguntar quiénes viven en la casa. Más tarde, una integrante del Comité de Defensa de la Revolución (CDR) de la zona pregunta los nombres de los residentes de la casa en la que me quedo, nacionalidad, edades y cuánto tiempo permaneceremos allí. Los CDR fueron creados en 1960 y siguen formando parte de la organización territorial y vecinal cubana.
Los propietarios de la vivienda también me hacen rellenar unos documentos destinados a Migración donde se debe especificar quién se aloja allí y cuánto tiempo permanecerá en Cuba. Lo que inicialmente interpreto como otra capa de control tiene también una explicación administrativa: los arrendadores que alojan a extranjeros están obligados a registrar a sus huéspedes ante las autoridades migratorias.
La frecuencia policial, las preguntas y unos vecinos que parecen conocerse entre todos me hacen sentir, por momentos, dentro de una pequeña secta. Es una percepción mía, extranjera, posiblemente alimentada por no conocer todavía todas las reglas de ese mundo. Y entonces aparece el contraste. A pocos metros de esa organización minuciosa, aquí la basura también está tirada como olas por el piso. El olor caliente llega antes que los contenedores. En febrero de 2026, Granma, órgano oficial del Comité Central del Partido Comunista de Cuba, reconoció las dificultades en la recogida de residuos sólidos de La Habana en un contexto marcado, entre otros problemas, por el desabastecimiento de combustible. En mi breve estancia de un mes y medio, cuento solamente tres camiones de basura. Solo tres. El contraste entre la seguridad y la basura dispersa por el suelo me hace pensar en un barrio erigido entre la abundancia y la necesidad.
Hay muchas imágenes en La Habana que denotan pedacitos de las rutinas cubanas. Una tarde, caminando por la calle, observo a una familia sentada en un sillón colocado fuera de su casa: una mujer mayor, un niño de unos seis años y una niña pequeña. Los tres observan los carros pasar bajo un calor pegajoso, pero parecen no ceder ante el sudor que hierve. Mi primera reacción es inventarles una explicación. Lo relaciono con un mundo tan desconectado de internet y las redes que busca la conexión genuina que tiene enfrente. Después pienso que quizá están sentados ahí porque no tienen electricidad. Quizá llevan días sin agua. Quizá hacía mucho calor en la casa y salieron a aprovechar las cortas ráfagas de viento. Quizá simplemente quisieron sacar el sillón. No lo sé. Lo único que sé es que ellos permanecen allí, sentados, mirando los carros pasar mientras la crisis eléctrica alcanza cifras récord.
El 29 de julio de 2026, la estatal Unión Eléctrica proyectó que el déficit dejaría simultáneamente sin corriente al 74 % del país durante la hora de máxima demanda, la mayor tasa de afectación desde que estas estadísticas comenzaron a publicarse sistemáticamente en 2022, leo en EFE Noticias. Dos semanas después, la agencia Reuters informaba de apagones que superaban las 20 horas diarias en la mayoría de las provincias. Las causas no caben en una sola consigna. El sistema eléctrico cubano arrastra centrales termoeléctricas envejecidas, averías recurrentes, falta de inversión y escasez de combustible. Al mismo tiempo, desde comienzos de 2026, la presión estadounidense sobre el suministro petrolero ha agravado considerablemente una crisis que ya existía, señala la misma agencia.
La escasez sigue siendo una realidad abrumadora. Pero incluso dentro de la escasez empiezan a existir distintas velocidades de acceso. Quien tiene dinero consigue sortear algunas carencias. Quien no, espera. Lo mismo ocurre con el agua.
En mi casa hay un pozo que se comparte con la vecina de al lado. Ella revisa el pozo varias veces al día, cada vez está más vacío. El agua llevaba casi una semana sin llegar. La electricidad y el agua terminan perteneciendo a la misma historia. Durante diez días, en casa tampoco tenemos wifi.
Cuando la electricidad dura tres horas seguidas, ya empieza a sentirse como un verdadero privilegio.
Lo que sí se puede comprar
Aquí hacer las compras significa ir de bodega en bodega buscando lo que no hay. Por el barrio hay una bodega amarilla con un gran cartel que dice: “Hay pan”. La frase me llama la atención precisamente porque en cualquier otro lugar probablemente resultaría innecesaria, pero aquí el pan no es la realidad de cada día. Existen mipymes y otros establecimientos privados que se las han ingeniado para conseguir y vender productos importados. Los precios me resultan desproporcionados. Yo tengo el privilegio de poder entrar, mirar los precios y comprarlos. No es una facilidad universal. El Programa Mundial de Alimentos señala en su perfil actualizado sobre Cuba que el acceso limitado a divisas ha reducido significativamente la disponibilidad tanto de alimentos nacionales como importados.
La escasez, sin embargo, no se distribuye igual. En La Habana se puede pasar de buscar un producto entre varias tiendas a sentarse en un restaurante donde un solomillo de cerdo trufado de 200 gramos cuesta 8.800 pesos cubanos (unos 11,58 euros al cambio de mediados de agosto) y una ensalada de burrata, 6.100 (unos 8 euros). El salario medio mensual registrado por la Oficina Nacional de Estadística e Información (ONEI) en el sistema estatal cubano fue de 6.930 pesos en 2025 (Swissinfo.ch). En otras palabras, un solo plato de solomillo cuesta más que el salario medio mensual registrado en el sistema estatal. De alguna forma, todos los restaurantes a los que he ido tienen gente. Algunos incluso tienen todas las mesas completas. Eso sí, antes de que los clientes pidan aparece otra pequeña rutina: el camarero explica primero qué platos impresos en la carta no están disponibles ese día. En nuestro caso fueron la ensalada (no había tomate), los rollitos primavera e incluso en una ocasión, no había agua embotellada para pedir, pero sí había refrescos.
La contradicción no es que exista comida en un país con escasez. Es quién tiene acceso. Esa pregunta se vuelve todavía más interesante porque Cuba acaba de aprobar una transformación económica difícil de imaginar unas décadas atrás. El diario El País publicó que en junio de 2026, la Asamblea Nacional aprobó un paquete de 176 medidas que abre nuevos espacios al capital privado y extranjero dentro de una economía históricamente dominada por el Estado.
La Cuba que aparentemente no se mueve está cambiando por debajo a gran velocidad. Sin embargo, los turistas llegan cada vez menos. Entre enero y abril de 2026 llegaron a Cuba, según EFE, 328.608 turistas internacionales, un 55,8 % menos que durante el mismo periodo de 2025. Una ciudad que durante décadas vivió también alrededor del turismo tiene ahora calles sorprendentemente vacías y, en algunas de ellas, veo personas acercarse a los pocos turistas que caminan.
En medio de una de esas caminatas escucho a una mujer que ronda los sesenta años. Conversa con otra mujer. Yo no participo; simplemente paso a su lado en el instante exacto en que dice:
—Compré dos latas de atún, las tengo ahí guardadas porque yo no sé lo que va a pasar.
Sigo caminando. La frase camina conmigo. Si se desgrana, primero resalta la incertidumbre. Si una permanece un poco más, se escuchan detrás los susurros del miedo.
Una isla cada vez más pequeña
Quizá el cambio más profundo de Cuba sea también el menos visible cuando se camina por una calle. La isla se hace cada vez más pequeña. El censo de 2012 contabilizó aproximadamente 11,17 millones de habitantes. Al comenzar 2026, las estadísticas oficiales situaban la población efectiva del país en 9.436.440 personas. No son mediciones exactamente iguales: un censo y una estimación de población efectiva utilizan metodologías diferentes. Pero la tendencia resulta difícil de ignorar. La prensa oficial cubana habla de una realidad marcada simultáneamente por la baja fecundidad, el envejecimiento poblacional y un saldo migratorio negativo.
No es solamente que la gente se vaya. Es también quién permanece y quién ya no nace. En 2025 nacieron 68.051 niños, la cifra más baja en décadas. Murieron 134.354 personas. Casi dos muertes por cada nacimiento. Solo el 38,4 % de la población tiene menos de 35 años. Y, según Arelis Rosalen Mora Pérez, investigadora del Centro de Estudios Demográficos de la Universidad de La Habana, al cierre de 2024 alrededor del 50 % de quienes salieron del país eran niños, adolescentes y jóvenes menores de 35 años. (Granma).
Las casas permanecen. Los carteles permanecen. Las calles permanecen. Pero dentro, cada vez hay menos gente.
Después de Fidel
Todo esto ocurre mientras Cuba vuelve la mirada hacia el hombre que definió buena parte de su historia contemporánea. El 13 de agosto de 2026, Cuba conmemora cien años del nacimiento de Fidel Castro. En el Teatro Karl Marx de La Habana tiene lugar la clausura del I Coloquio Internacional Fidel: legado y futuro, con Raúl Castro y Miguel Díaz-Canel presentes. Tres días antes, durante la apertura del coloquio, Díaz-Canel había defendido que Fidel debía recordarse no solo como figura histórica, sino como una guía para afrontar los desafíos de la “Cuba real de 2026”. La frase resulta difícil de ignorar caminando por La Habana. Porque la Cuba real de 2026 no cabe cómodamente ni en la postal tropical ni en la imagen de un país congelado en 1959.
Mientras el Gobierno vuelve la mirada hacia Fidel, el mismo país acaba de aprobar las 176 medidas que, si llegan a ponerse plenamente en marcha, supondrían la mayor transformación de su modelo socialista desde la Revolución de 1959, según Reuters. Fidel lleva casi una década muerto. Su sistema permanece, pero no permanece exactamente igual.
Estados Unidos tampoco puede separarse de esta historia. La presión de Washington ha agravado considerablemente la crisis energética actual, especialmente desde la imposición de un embargo petrolero y el endurecimiento de las sanciones en 2026, según Reuters.
Quizá por eso resulta tan fácil reducir Cuba a una consigna y tan difícil entenderla cuando una está aquí. Comunismo. Bloqueo. Revolución. Dictadura. Resistencia. Cada palabra pretende explicarlo todo y termina explicando demasiado poco. Cuando llegué pensé que el reloj se había detenido. Después vi demasiadas cosas moverse. Se mueven los jóvenes que se marchan. Se mueve la estructura demográfica. Se mueve lentamente la frontera entre Estado y empresa privada. Cambian las formas de comprar, importar y acceder a aquello que escasea. Cambia la disponibilidad de electricidad. Cambian las relaciones con Estados Unidos. Cambia incluso lo que significa tener dinero dentro de la isla.
Mientras tanto, hay cosas empeñadas en permanecer. Las fachadas. Los carros. Los símbolos. Las historias de la Revolución. Y los atardeceres.
Hay algo casi cruelmente hermoso en ellos. Da igual cuántas horas lleve una casa sin electricidad, cuánta agua quede en el pozo o cuántos productos falten en la bodega de la esquina: al final de la tarde, La Habana vuelve a teñirse de naranja y crea espectáculos en el cielo. La ciudad se mueve con cada temblor social. No se puede quitar lo que no se tiene y, aun así, siempre parece quedar algo por perder. Pero el atardecer siempre llega. Lo que todavía no está claro es qué Cuba amanecerá al día siguiente.




