En Cataluña

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Otra vez estoy en un pueblo cerca de Barcelona. Compro en el mercado flores, butifarra, una toalla con el escudo del Barça, un libro infantil en castellano, otro en catalán; compro vino tinto, cava; desayuno en una terraza donde unas chicas hablan en castellano, unos señores en catalán, todos catalanes. Una vez más me veo rodeado en la calle de una amabilidad poco frecuente en lugares del sur. Yo soy sureño. Mi acento lo es.

 

Me dice una amiga mía: «Cuando voy al sur siempre estoy alerta. Si algún político catalán mete la pata enseguida me lo reprochan a mí. Qué habéis hecho los catalanes.»

 

Paseo, hablo (no sé hablar catalán, pero lo entiendo, menos de lo que quisiera. Ojalá lo hubiera aprendido en el instituto junto con el gallego y con el euskera, en la enseñanza obligatoria. Son idiomas de nuestro país. Nos desconocemos. La primera mirada que nos enseñan es el extrañamiento monolingüe, aquí y allá, «aquí» quiero decir).

 

Hablo y me encuentro con mucha gente que se siente rechazada en el resto de España.

 

«Eso nos hace cerrarnos», dice mi amiga, «ese rechazo fomenta la distancia».

 

Es lógico. No es una separación fronteriza. La primera frontera nace en los traumas, en la soledad de las emociones, que se va sumando a otras antes de convertirse en discurso y en manipulación política.

 

Paseo, hablo. Nadie me habla mal ni de Madrid ni de Granada. Si piensan mal, tienen la delicadeza de no decírmelo.

 

«Todo lo contrario que me ocurre a mí cuando salgo de Cataluña», dice mi amiga, casada con un andaluz. «Me pasa todo el tiempo».

 

Una vez más vuelvo al sur, al «centro», con la sensación de que la gente habla mal, mal y mucho de los catalanes; mientras allí resulta menos popular, menos aplaudido, menos frecuente hablar mal del resto de España. 

 

Una sensación puede ser errónea, desde luego, a pesar de que se vaya repitiendo con los años.

 

Pero otra vez regreso con la seguridad de que esas opiniones de la gente, allí y aquí (quiero decir, «aquí»), no son pensamientos auténticos, no son vivencias, sino repeticiones de un discurso aprendido de los pastores del rebaño, con sus silbatos, sus perros, sus campañas electorales, apiñémonos, que viene el lobo, los lobos son ellos, todos somos ovejas menos ellos, todos somos menos ellos, os voy a decir quién manda aquí, cómo somos, cómo debemos ser.

 

Hace falta la fuerza de la libertad para comprender al otro, es decir, para comprenderse a uno mismo.

 

 

Ernesto Pérez Zúñiga (1971) creció en Granada y nació en Madrid, ciudad donde vive actualmente. Como narrador es autor del conjunto de relatos Las botas de siete leguas y otras maneras de morir (2002) y de las novelas Santo Diablo (2004) , El segundo circulo (2007), Premio Internacional de Novela Luis Berenguer, y El juego del mono (2011) . Entre sus libros de poemas, destacan Ella cena de día (2000), Calles para un pez luna (2002), Premio de Arte Joven de la Comunidad de Madrid, y Cuadernos del hábito oscuro (2007).

1 COMENTARIO

  1. Tienes toda la razón del

    Tienes toda la razón del mundo, son esos pastores de mensajes falsos e interesados los que crean sobadas opiniones, desgraciadamente aqui, en Cataluña también los hay, si bien son mucho más educados. Yo que soy de Madrid y vivo aqui desde hace diez años, cuando voy a Madrid me dedico a deshacer tópicos sobre los «polacos» y a tratar de informar con justicia de lo que aquí veo, como me pasa cuando estoy aquí y escucho tantas necedades sobre el «Estado» y los ¿estatales se llamarían entonces los españoles? Y es que después de todo, cuanto se echa de menos una buena información que arrastre tantos tópicos y falsedades, en Barcelona o en Madrid. Menos mal que la gente, aquí o allí, cuando le hablas y la escuchas va más allá de estas miserias.

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