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Encrucijadas o encuentros. Ceuta, Melilla y la difícil defensa de las ciudades multiculturales

Quizá no gocen del aura de Córdoba, Toledo, Estambul, Sarajevo o Tesalónica y, aún así, las ciudades de Ceuta y Melilla son de las últimas en testimoniar eso de lo que nos solemos sentir tan orgullosos: la convivencia de las tres culturas, más bien las tres religiones del libro e incluso alguna más. Incluso con sus sombras, esa multiculturalidad es una de las luces más brillantes de un Mediterráneo fértil en cruces y convivencias, no sólo de las que presumimos en la Península Ibérica. La actual amenaza de Marruecos, más allá de su afán expansionista y de razones estratégicas, es una vuelta de tuerca contra esos lugares de encuentro, siempre frágiles y tantas veces de efímera existencia. Su desaparición no siempre se dio en el Medievo: el siglo XX ha sido muy prolijo en destruir algunos de los que más han brillado en la Historia. Por eso, proteger estas dos ciudades va más allá de preservar su nacionalidad española, e implica poner a salvo el patrimonio material y, sobre todo, inmaterial que ambas conservan y simbolizan.

En sus postrimerías el siglo XX dio la impresión de que el mundo había entrado en una nueva era:  parecía que con unas palabras como perestroika o glasnost era posible derribar muros que habían separado y sometido a países enteros. Se podía pensar que los actores del gran juego, como los ingleses llamaron a la trastienda del poder, permitían un impasse, quizá un despiste total ante la caída del llamado telón de acero y, por tanto, el fin de un mundo dividido en dos bloques. Hubo quien llegó a hablar del fin de la Historia y es que había mucho de propaganda, pero también un alud de esperanza tras décadas nutriendo enemigos que ahora, por arte de magia, desaparecían de la noche a la mañana. 

De aquellos regímenes totalitarios europeos que caían el último fue Albania, entonces muy alejada del comunismo de la URSS. Aquellas imágenes de barcos mercantes atestados de gente (a quienes hoy se llamaría migrantes), huyendo del mandato de Enver Hoxha o sus sucesores hacia la próspera Italia, me dieron inspiración para lo que iba a ser mi primer documental, todavía construido con una vocación de lenguaje roto y experimentación propia del videoarte, práctica artística en la que me había ido forjando un nombre. Los noticieros mostraban hombres que parecían salidos de sus casas con lo puesto y que claramente preferían la protección europea al esfuerzo de quedarse a rehacer un país que parecía baldío. Era difícil imaginar lo premonitorias que eran aquellas imágenes de gentes cruzando el Adriático en condiciones desesperadas, hoy práctica habitual en el Mediterráneo, que entonces me conectaron con otros barcos mercantes cargados de refugiados, un imaginario anterior que me tenía atrapado desde hacía tiempo.

Nuestra guerra civil volvió, de repente, a cierta actualidad: el hundimiento del régimen soviético dejaba desprotegidos a los llamados “niños de Rusia”, sacados de España en 1937 para salvarlos de los bombardeos aéreos franquistas sobre la cornisa cantábrica. El resultado final de esa guerra y la que vino después forzaron que desarrollaran sus vidas en una realidad que ahora desaparecía y, ya ancianos, la Rusia que emergía no tenía intención de hacerse cargo de sus pensiones ni tampoco de su memoria.

La relación entre ambos exilios, separados por mucho más que medio siglo, estimuló una idea: frente a un tiempo cargado de ideología en que la solidaridad era fruto de compromisos políticos para cambiar el mundo, ahora solo parecía quedar la realidad material y, en el caso albanés, el hambre. Di forma a un proyecto audiovisual que relacionaba ambas travesías y obtuve apoyo europeo para realizarlo como videocreación(1). En el camino, además de una amistad con alguien muy especial que había hecho ese doble viaje(2), mi investigación se ligó a las gestiones oficiales para que aquellos niños-mayores volvieran con todos sus derechos a una España que empezaba a ser próspera frente al hundimiento de la Confederación de Repúblicas de efímera vida entre la URSS y lo que vino después. 

 

Contradicciones de un fin de siglo

El derrumbe del mundo comunista abrió una ola de rupturas y nacionalismos cargada de aires reivindicativos y topónimos de antes de la Gran Guerra, pero con ello surgió algo terrible que quienes nos habíamos incorporado al mundo en tiempo de paz no conocíamos: la limpieza étnica. El escenario donde ese fenómeno iba a estremecernos era un vecino de Albania cuya trayectoria le había permitido alejarse del dogmatismo comunista pero no de sus diferencias internas. Yugoslavia había iniciado su transición antes que el resto del bloque soviético, del que Tito había sabido distanciarse, pero desde su fallecimiento las tensiones entre las regiones que constituían la federación se habían disparado. El empecinamiento de Serbia y el guiño alemán a Eslovenia acabaron de encender la mecha de una guerra civil que iba a complicar el fin de siglo europeo, hasta el punto de devolvernos a donde en el verano de 1914 había estallado la Primera Guerra Mundial: Sarajevo. Nada es casual.

Inmerso como estaba en investigar la Guerra Civil Española, lo que observaba aquel verano de 1991 me parecía de alto riesgo. Aun así ¿cómo se iba a producir un conflicto bélico en una Europa tan consolidada si además los bloques de la guerra fría habían bajado las armas? Debo añadir que además yo era un enamorado de ese país, lo había visitado los tres veranos anteriores y, aun consciente de las tensiones, no podía concebir un conflicto entre etnias y religiones completamente entremezcladas. Sin embargo sucedió, la historia es conocida: los eslovenos aprovecharon su lejanía (y el apoyo alemán) para independizarse de la federación con una miniguerra de 10 días; pero luego vendría lo de Croacia, que se enquistó, y finalmente lo inimaginable: Bosnia, donde era –y aún es– imposible establecer fronteras entre cristianos, judíos y musulmanes.

El culmen de aquella desgracia fue Sarajevo: dos años y medio de asedio a una capital europea, ciudad olímpica sólo una década antes, ahora abandonada a su suerte frente a morteros y francotiradores que diariamente masacraban a la población civil sin que nada ni nadie se interpusiera. Amenazas, sanciones, juego diplomático y reproches, embargos de armas que nadie cumplía… todo recordaba tanto a la España de 1936-39 que me permitía entender –entonces además viviendo en la capital– cómo era posible asistir entonces desde cualquier ciudad europea al bombardeo diario de Madrid durante los 3 años que duró nuestra guerra civil.

Sarajevo era mucho más que una ciudad histórica y resumía el espíritu de las tres religiones en una Europa tan orgullosa de su pasado como congelada cuando se trata de protegerlo. Hubo quien se esforzó por recordar lo que la ciudad simbolizaba y cómo era imposible separar a musulmanes, judíos y cristianos. Recuerdo los esfuerzos de Susan Sontag, Juan Goytisolo o Bernard Henri Levi, pero era una gota contra la corriente: el debate diario se limitaba a dilucidar si la bomba caída en el mercado era de origen serbio o de los propios bosnios para victimizarse, como ahora se dice, provocando otras 40 víctimas civiles. Así semana tras semana, inviernos y veranos, ampliando cementerios por sus barrios durante los 4 años que duró el sitio a una ciudad en el corazón de Europa. Décadas después, bastante recompuesta, vuelve a tener atractivo turístico, pero no un país: Bosnia sigue siendo un fantasma dividido como en esos tiempos que se creía superados. Ya no es la ideología y quizá no tanto la economía, sino la religión y la etnia, rotos los lazos entre ellas, a eso hemos retrocedido.

El conflicto no acabó ahí y desembocó en Kosovo, región asociada a Serbia que llegué a conocer bastante bien, pues fascinado por sus gentes y paisajes los recorrí en al menos tres ocasiones entre 1988-90. Agotada la atención occidental hacia los Balcanes, el acoso a la población musulmana sólo cesó cuando la aviación de los Estados Unidos, bajo paraguas de la OTAN, bombardeó varias ciudades serbias, incluida la propia capital, Belgrado. El amigo americano volvía a hacer de las suyas, es verdad, hasta obuses con uranio enriquecido les cayeron a los serbios pero, más allá de declaraciones, ¿alguien en Europa había movido un dedo por aquella gente? ¿Quién estaba dispuesto a tomar decisiones militares cuando los intereses nacionalistas quebraban la convivencia? 

 

El nudo del presente

La mala conciencia occidental, esa culpa tan cristiana que atribuye este tipo de conflictos a la colonización, a nuestros beneficios postcoloniales o simplemente a intrigas políticas y una mentalidad eurocéntrica, se suele retroalimentar con el uso de la fuerza que, ya se sabe, es normal que acabe produciendo resultados decepcionantes. Eso es justo lo que estamos reviviendo ahora con Ceuta y Melilla, ambicionadas por un país creado después de que esas dos plazas fueran habitadas y pasaran a engrosar el territorio español. Sin embargo no son pocos estos días los que resolverían su adscripción con sólo mirar el mapa (ya sea por aritmética, geografía o insistencia) y sabemos que, en caso de disputa, antes se atiende la reivindicación de un país que ha sido colonizado, que la de quien señala como colonizador –aunque todos en algún momento hayan sido sometidos por potencias extranjeras y absorbidos tierras ajenas.

En este caso Marruecos, que no brilla precisamente por su modelo integrador o como sociedad de derecho, viene demostrando escaso afán descolonizador sobre el territorio que se anexionó ilegalmente al sur: la antigua provincia española del Sáhara Occidental. Ante el dilema de Ceuta y Melilla ¿quién daría crédito al país que ha boicoteado todas las medidas impuestas por la ONU desde 1976 y, a cambio, ha construido en el desierto un muro para aislar las vidas y reivindicaciones del pueblo saharaui? ¿Qué integración o convivencia respetuosa puede esperarse de una nación que en un sistema feudal mezcla el código civil con su libro santo?

Ceuta y Melilla bien podrían ubicarse en una secuencia histórica de enclaves autorizados a presumir del buen resultado de una convivencia real a lo largo de siglos, incluido este complicado XXI. Pero lo cierto es que nos cuesta asumir eso en presente y defenderlo como suele hacerse en cualquier debate con Al Andalus como crisol cultural. La mitología se nutre a menudo de buenismo y fantasía, y no sólo pasa con Al Andalus: podríamos incluir en ese magma mediterráneo a Tartessos, Bizancio, Cartago e incluso Roma, cuyas conquistas involucraban siempre pactos y la fusión o convivencia de cultos y lenguas. Pero ¿qué queda de ese flujo?

 

Cuando se mira muy adentro

Hacia 2008 un realizador neoyorquino me propuso hacer un documental sobre cómo, tras los atentados sobre las Torres Gemelas de 2001, Averroes y Maimónides podían ser la inspiración para responder al llamado “choque de civilizaciones” de que entonces se hablaba. Resultaba atractivo el hito andalusí, pero no es fácil hacer narrativamente asequible una historia del siglo X con dos filósofos de protagonistas. Aún así decidí producirlo y recorrimos muchos kilómetros para descubrir todos los rincones de sus legados, que son inmensos. Me quedó claro lo compleja que es cualquier historia: ya en vida ambos cordobeses, uno musulmán y otro judío, sufrieron la censura de sus propias comunidades siendo obligados a exiliarse de Al Andalus. Y, pese a la prohibición de sus ideas y la quema de sus libros, ambos son hoy son referentes de sus respectivos credos. 

El documental(3) arranca en Manhattan aquel 11-S y viaja hasta Jerusalén, ciudad santa de las tres religiones, pasando por Andalucía, Marruecos, París, Venecia y El Cairo; mostrando la huella que dejaron y también cómo se produjo ese borrado, e incidiendo sobre todo en lo que siguen teniendo de revolucionarios para nuestro presente. 

Una década después otro documental me devolvería al delicado asunto de la convivencia: La fabulosa Casablanca(4)descubre la importancia de la comunidad española bajo el protectorado francés de Marruecos. Impulsada por la metrópoli como un “nuevo París”, Casablanca atrajo a gentes de toda Europa, y miles de españoles se dejaron la piel allí, un legado que la historia oficial marroquí ha borrado. Esa ciudad multicultural fruto del dominio francés pervivió unos pocos años tras la independencia de Marruecos en 1956, ya que al morir Mohamed V todos los europeos fueron obligados a ceder sus negocios y la Casablanca cosmopolita e internacional dejó de serlo. 

A pesar del auge que ahora vive la principal metrópoli del país, se percibe en sus calles cierto fracaso por esa oportunidad perdida, justificada fácilmente por los ajustes de la descolonización. Pero, además de no haber dado reconocimiento alguno a los españoles (e italianos y portugueses), que junto a franceses pero sin protagonismo ni poder levantaron la ciudad, descubrimos otro dato que acercaba esa limpieza hasta el presente. La comunidad judía, tradicionalmente vibrante en Casablanca como en todo Marruecos, ha menguado considerablemente en las últimas décadas: de cientos de miles ya apenas se cifraba en unos tres mil sus integrantes. Más allá del empuje israelí por atraer ciudadanos a su país, la presencia constante de tanquetas frente a las entidades y edificios judíos hablaba por sí sola de esa pérdida de la riqueza cultural y humana que aportaba cada una de esas comunidades y cultos a ciudades como Casablanca, que fueron bandera de la convivencia.

 

Algo que sigue sucediendo

Mucho se señala el asedio de Israel sobre Oriente Próximo en un debate internacional donde el país tradicionalmente más rico de la región, al menos culturalmente, ha desaparecido. ¿Quién se acuerda hoy del Líbano y su población cristiana? El enfrentamiento entre Hezbolá e Israel oculta el borrado de muchas minorías y su capital, que en los años 60 representaba la prosperidad de la región, apenas se menciona ahora, subsumida en conflictos y bajo la tutela de las teocracias árabes, tan poco dadas a la verdadera convivencia y diversidad.

En las grandes metrópolis que los petrodólares han favorecido se habla mucho de globalización, pero como señuelo o espejismo: apenas se permite otra cosa que no sea el culto oficial y en ningún caso gozan los emigrantes de opciones para convertirse en ciudadanos o dejar huella permanente. El código occidental del dinero oculta la voluntad de no enraizar nada que no sea su propia cultura. Esta es una realidad palpable y, juicios aparte, lleva a preguntarse cómo van a surgir esas capitales multiculturales que añoramos del pasado. ¿Dónde podrán prosperar?

La disputa por Jerusalén, convertida en trofeo a dos bandas (ahí ya el cristianismo parece haber tirado la toalla), nos hace olvidar que El Cairo, Estambul, Bagdad o Teherán son hoy lejanas sombras de los crisoles que fueron. Habrá quien diga que es el coste asumido cuando se construye un destino propio, y quien lo rechace como nostalgia de tiempos coloniales, sin percibir el trasfondo de lo que supone borrar aquello que las hizo universales: acoger y proteger a todos y todas. No sólo un expolio al patrimonio –que es de la Humanidad, ay, esa Unesco también confundida– sino el cierre de esas vías de encuentro que tanto se reclaman. 

La convivencia diaria, cargada de imperfecciones y desequilibrios, pero en constante diálogo, es lo único que tenemos: la vida misma en constante adaptación y evolución. Allí donde se produce ese encuentro y se consolida la convivencia, nuestra obligación debería ser protegerlo, permitir que exista, evolucione y se desarrolle, no alisarlo bajo una sola bandera. Porque normalmente esa bandera, tan reivindicativa y legitimada, no deja ver sus zonas oscuras o las consecuencias de homogeneizar a despecho. 

Obsesionados con culpabilizarnos, se nos olvida que no sólo Occidente ha sido agresor o colonialista, y que el malvado capitalismo no es apenas una herramienta de los cristianos blancos. Un ejemplo reciente podría ser Hong Kong, hoy también desaparecida bajo esa China que sabe bien ocultarse detrás de sus movimientos coloniales, apenas denunciados entre nosotros. Desequilibrar para resarcir, bajo dictados, rara vez compensa y, sin embargo, sí puede quebrar esos espacios de colaboración que tanto añoramos y decimos defender.

Ceuta y Melilla, con su discreción y modestia además de sus contradicciones, son eso. Carecen del glamour de Alejandría, Trieste, Tánger o mismamente Cádiz, que también fue puerto atractivo para muchas culturas y, por tanto, sabe bien lo que es alojar cultos, ideas, incluso revoluciones, sin perder su riqueza, al contrario, sumando y acogiendo siempre.

Por eso sería erróneo ceder a ninguna flojera emocional, ideológica o mental, a supuestas empatías ramplonas, o sentirse culpable por supuestos abusos de cuando ninguno de los presentes estábamos aquí. Vivimos hoy un presente complejo, como seguramente lo fueron todos, y sabemos lo que cuesta crear prosperidad y paz con gentes tan dispares e influencias tan complejas. Defendamos, por tanto, los lugares que aún representan y son eso: convivencia.

 

 

 

Notas:

[1]   La tierra de la madre, que realicé entre 1991-94 junto a Marcelo Expósito con apoyo del programa Europe Premieres Images, de Canal+ Francia, el GREC (Groupe de Recherches et d’Essais Cinematographiques) y la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía. Se ha exhibido desde entonces en numerosos ciclos y exposiciones. 

[2]   Conchita Eguidazu, médico, nacida en Bilbao e hija de un ingeniero y comandante del batallón Facundo Perezagua. Llevada a Francia con 14 años y de ahí a la Unión Soviética, la Segunda Guerra Mundial la pasó en Uzbekistán y, tras casarse con un compañero de carrera al que conoció en Moscú, acabó viviendo casi toda su vida en Albania, donde fue la primera mujer ginecóloga. De allí acababa de regresar a España con marido, hijos y nietos en 1991.

[3]   Los sabios de Córdoba (2010), escrito y dirigido por Jacob Bender, se distribuyó internacionalmente con el título de Out of Cordoba. Tras su estreno en dicha ciudad andaluza, tuvo un gran recorrido que incluyó proyecciones en el Parlamento alemán y la Asamblea General de la ONU. Esta producción contó con respaldo en España de, entre otros, la Fundación Tres Culturas del Mediterráneo y la Alianza de Civilizaciones.

[4]   A propuesta de Manuel Horrillo, hijo y nieto de españoles de Casablanca, que lo dirigió, produje La fabulosa Casablanca (2016), que contó con participación de Canal Sur y apoyo de la Junta de Andalucía. Pese a nuestra reiterada búsqueda fue imposible encontrar testimonios del lado marroquí dispuestos a aportar un enfoque humano de la historia que se proponía, y el documental se tuvo que conformar con los testimonios de españoles que aún eran jóvenes cuando tuvieron que abandonar Casablanca y hoy por hoy siguen sin existir para el reino de Marruecos.

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