¿Es necesario luchar por los cuentos?

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Es curioso lo que sucede ahora. Hace unos años nadie quería publicar cuentos. Autores reconocidos veían que sus colecciones de cuentos quedaban sin publicar por el desinterés de los editores (que, supuestamente, reflejaba el desinterés de los lectores). Hoy en día hay varias editoriales que prestan especial atención al cuento, hay en Madrid una librería dedicada exclusivamente a los libros de cuentos y los escritores de cuentos o relatos o relatos cortos o como quieran llamarles, proliferan felizmente. Podría parecer que la situación se ha normalizado en este aspecto. Pero yo creo que no es así.

 

La literatura española, como todo en España, tiende indefectiblemente al sectarismo, al maniqueísmo y a una especie de guerracivilismo genético que consiste en considerar que cualquier cosa que existe, existe por oposición a otra cosa, su contraria, con la cual ha de establecer una relación agónica y antagónica. De este modo, ahora que el cuento está recibiendo la atención que se merece, como deberían recibirla todos los géneros literarios posibles y formas posibles de libros, aparece una nueva especie de lector de cuentos y autor de cuentos, cuando no editor de cuentos o antólogo de cuentos, que siente la necesidad de defender públicamente la superioridad del cuento sobre las formas “largas” o, en general, sobre cualquier otra forma literaria. Una especie de secta de los cuentos.

 

Pero ¿por qué tiene que haber siempre guerra, siempre facciones, siempre buenos y malos? En realidad, los cuentos no son más “cortos” que las novelas, ni las novelas más “largas” que los cuentos, del mismo modo que una sardina no es más “corta” que un atún ni un atún más «largo» que una sardina: se trata de especies distintas. Una sardina no es un atún muy pequeño, ni un atún una sardina muy grande. Supongo que ustedes captan la idea.

 

Por supuesto, estoy convencido de que los editores de cuentos y los antólogos de cuentos están especialmente interesados por el género breve (del mismo modo que uno se interesa por los haikus, por la novela histórica o por las space operas), pero no creo que dichos editores o antólogos lean solo cuentos. Entonces ¿por qué hay tantos autores y lectores de cuentos que se sienten en la obligación de defender el cuento frente a la novela y que se declaran orgullosos lectores de cuentos, sólo de cuentos, exclusivamente de cuentos con la ayuda de Dios y así les maten? ¿Qué clase de locura es esta?

 

Nadie ataca al cuento. Nadie duda de la importancia del género del relato breve. La secta del cuento es innecesaria. ¿Quién no ama los cuentos de Cortázar, de Borges, de Saki, de Somerset Maugham (que muchos de ustedes, claro, despreciarán), de Kafka, de Chéjov, de Hemingway, de Felisberto Hernández, de Isaac Bashevis Singer, de Salinger, de Faulkner, de Lord Dunsany, de Pushkin, de Katherine Mansfield, de Jack London, por citar sólo unos pocos nombres a vuelapluma? Observarán que en mi lista anterior no está Raymond Carver. No es que no me gusten los cuentos de Carver, aunque sí creo que en nuestro país se admiran con un exceso y un fanatismo que me resultan difíciles de comprender. Pero sí, claro, también los de Carver.

 

Lo cierto es que el cuento tiene muchas ventajas digamos prácticas sobre la novela. Sobre todo porque es posible su publicación en revistas o periódicos, de modo que en los países en los que la literatura es realmente una actividad profesional y no amateur muchos escritores pueden sobrevivir, y no digamos ya vivir, escribiendo cuentos. Claro que en España no abundan ese tipo de publicaciones pero sí los premios. Escribir cuentos y ganar premios es otra forma que tienen los escritores de ganar dinero con su trabajo.

 

En la ciencia-ficción, por ejemplo, los cuentos son generalmente mucho mejores que las novelas. Y las antologías son imprescindibles.

 

Este es, precisamente, uno de los grandes goces de este mundo: las antologías de cuentos, bien por géneros, por autores, por temas o por el criterio que sea. Claro que las antologías tampoco estaban bien vistas en España hasta hace poco tiempo, quizá por ese purismo extraño nuestro del «todo o nada». Hasta hace poco, creo, una antología era vista como una frivolidad, y los lectores de antologías como lectores de segunda, cutres y chapuceros. ¡Cuánto problema siempre con todo! ¡Cuántas sectas enfrentadas! ¡Cuántas guerras!

 

 

 

Madrid, 1961. Escritor. Estudió Filología Española en la Universidad Autónoma de Madrid y piano en el conservatorio. Fue pianista de jazz y profesor de español. Vivió en Nueva York durante unos cuantos años y en la actualidad reside en Madrid con su mujer y sus dos hijos. Es autor de las novelas La música del mundo, El mundo en la Era de Varick, La sombra del pajaro lira, El parque prohibido y Memorias de un hombre de madera y del libro de cuentos El perfume del cardamomo. Ganó el premio Bartolomé March por su labor como crítico literario. Ha sido además crítico de música clásica del diario ABC, en cuyo suplemento cultural escribe desde hace varios años su columna Comunicados de la tortuga celeste. Su ópera Dulcinea se estrenó en el Teatro Real en 2006. Acaba de terminar una novela titulada La lluvia de los inocentes.

4 COMENTARIOS

  1. Venga don Andrew, sea más

    Venga don Andrew, sea más claro y diga dónde le han rechazado el libro de cuentos pero con nombres y apodillos

    • Pues ya que sale el tema, a

      Pues ya que sale el tema, a mí no paran de rechazarme cosas, lo cual puede deberse:

      1) A que el argumento que emplean a menudo sea verdadero, es decir, aquello está muy bien pero no tiene cabida en nuestra línea editorial y bla, bla, bla.

      2) Que aquello sea malísimo y no sepan cómo decirlo. Es raro que ésta fuera la razón porque (casi) ningún editor me conoce personalmente, y no les costaría nada decirme que aquello no les ha gustado.

      3) Que el mérito literario no sea la cuestión, y uno deba venir avalado por ser el suegro de Paquirrín, pongamos por caso.

      4) Que los editores estén desbordados porque a todo el mundo le ha dado por escribir. Carecen de medios suficientes para examinar lo que reciben y, sencillamente, optan por rechazar a todos los autores con los que no tienen un compromiso. O bien no pueden sacar más de un cierto número de títulos anuales que ya están copados por conocidos del editor.

      La cuestión se suscita porque un, digamos, 90% de lo que se publica, especialmente en poesía, produce vergüenza ajena. ¿Qué está pasando aquí?¿Sabe alguien si en otros países ocurre lo mismo?¿Creéis que en cuento o en novela la calidad es algo mayor?

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