Escaleras: una lista

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Hace algunos años vi en VIPS (que es donde se ven esta clase de libros) un libro muy interesante sobre las escaleras. Tonto de mí, no lo compré, y ahora no puedo localizarlo. El autor del libro, un volumen muy bien ilustrado, decía que en el pasado las escaleras eran un elemento arquitectónico fundamental, en ocasiones el más imporante de un edificio, pero que con el paso del tiempo las escaleras habían ido perdiendo protagonismo y habían ido siendo relegadas a un papel secundario cuando no directamente ocultadas, como sucede, por ejemplo, en las casas americanas, en las que la escalera está separada del vestíbulo o del rellano por una puerta y tiene, además, un carácter meramente funcional, con paredes pintadas de blanco, etc.

 

Sin embargo, yo siempre he sido un gran amante de las escaleras, como he sido siempre un amante de los nolugares (Marc Augé) en general. Y les propongo una lista de algunas de mis escaleras favoritas.

 

Las escaleras del Círculo de Bellas Artes de Madrid. Una de las más hermosas que conozco. Maravillosas, grandiosas, llenas de espejos y de estatuas, con sinuosos pasamanos de sensual mármol blanco. Uno de los grandes placeres de esta vida es descender por estas escalinatas desde lo más alto, sintiéndose algo así como un Zar. O como Putin cuando subía él solo esas inmensas escaleras del Kremlin. Porque las escaleras (especialmente las escalinatas) son para megalómanos, no cabe duda.

 

Las escaleras del antiguo Conservatorio de Madrid, antes de la remodelación del edificio que lo volvió a convertir en teatro de ópera. Eran unas escaleras maravillosas, amplísimas, de piedra rosada trufada, con cuadros abstractos en las paredes e inmensos rellanos. Y tenían la particularidad de que no las usaba nadie jamás. Yo subía por ellas oyendo el eco de mis pasos resonar por arriba y por abajo. Una experiencia alucinante.

 

Las escaleras de la Metropolitan Opera House de Nueva York. Comienzan en el subsuelo, donde está el retrato de Richard Strauss y la entrada directa desde el metro, y suben en maravillosas convolucions de hormigón entre lámparas setenteras de cristal que parecen salidas del planeta Krypton.

 

Las de la Biblioteca del Congreso de Washington. Son escalinatas de palacio. Me recuerdan a otras también muy espectaculares, la de la Antigua Pinacoteca de Viena.

 

Las de la Fundación March, de Madrid. Son unas escaleras verdosas que descienden varios pisos desde el piso de entrada, donde se ponen las exposiciones, hasta la sala de conciertos, en cuya antesala hay un gran mural de Vaquero Turcios. Son unas escaleras misteriosas, oscuras, con unos pasamanos (creo recordar) de metal también verdoso y muy suaves al tacto, por las que uno desciende sin darse cuenta, y como poseído por un impulso indetenible, hasta llegar al centro de la tierra. El deseo de descender. El placer de hundirse. Orfeo.

 

Las de la estupa de Swayambunath, en Kathmandú. La estupa es un gran templo budista, que tiene pintados unos ojos enormes que se ven a muchos kilómetros de distancia. Está en lo alto de una verde colina, en las afueras de Kathmandú, y la ascensión por ella es absolutamente agotadora. Es, quizá, la escalera más agotadora del mundo. Además, está llena de monos agresivos y peligrosos, con los que uno debe enfrentarse a medida que sube.

 

Las escaleras que conducen al Templo de las Águilas en Malinalco, en México. Malinalco significa «el lugar de las flores», y la escalera sube por la ladera de una empinada montaña cubierta de vegetación y salpicada de enormes flores, especialmente campanas amarillas de datura. Es interminable. Desde arriba, donde están el templo azteca y las pirámides toltecas, el paisaje de montañas cubiertas de floresta y de lianas, es inolvidable.

 

Finalmente, unas escaleras sacadas de la imaginación. Son las del Palacio de los Magos en la película El castillo ambulante de Hayao Miyazaki. Son unas enormes escaleras que hay que subir para llegar a la entrada del palacio. Son, en realidad, una sutil trampa mágica. Los magos llegan hasta allí, pero tienen que subir la escalera. Y la escalera es interminable. Sólo los magos jóvenes, los que están en buena forma física, son capaces de subirla. Los otros se quedan agotados y jadeando. Estas escaleras siempre me recuerdan aquello que decía Don Juan Matus: que el último reto de un mago, después de superar el miedo, el ego y el poder, es la vejez.

 

Las columnas periodísticas parecen escaleras. ¿No piensan ustedes? Uno va bajando por ellas hasta llegar abajo del todo. Y una vez allí, sigue adelante.

 

 

Madrid, 1961. Escritor. Estudió Filología Española en la Universidad Autónoma de Madrid y piano en el conservatorio. Fue pianista de jazz y profesor de español. Vivió en Nueva York durante unos cuantos años y en la actualidad reside en Madrid con su mujer y sus dos hijos. Es autor de las novelas La música del mundo, El mundo en la Era de Varick, La sombra del pajaro lira, El parque prohibido y Memorias de un hombre de madera y del libro de cuentos El perfume del cardamomo. Ganó el premio Bartolomé March por su labor como crítico literario. Ha sido además crítico de música clásica del diario ABC, en cuyo suplemento cultural escribe desde hace varios años su columna Comunicados de la tortuga celeste. Su ópera Dulcinea se estrenó en el Teatro Real en 2006. Acaba de terminar una novela titulada La lluvia de los inocentes.

4 COMENTARIOS

  1. It´s me again, your worthless

    It´s me again, your worthless friend or foe… (Horsin´around, Prefab Sprout de su LP Steve McQueen, lyrics by Paddy McAloon) maestro. Un par de cosillas, qué plástico efecto diminuendo al ritmo del descenso por la escala (de seta) como verá mi desconocimiento de la música corre parejas con mi desconocimiento de la literatura. Un pero al «cosmopolitismo castizo» de Madrid y resto del mundo, hay vida en Salamanca, Burgos, Toledo… incluso escaleras transparentes y bisagras.

    Aquí al lao el varón dandy menta otra escalera en New York. Yo creo que la que todos buscamos es la escalera de color real.

    Según mi edición (intonsa) de la Ortografía de la RAE (1999) Katmandú no lleva hache pero ¡Allah es más sabio! Salaam

    • Estimado Dr. J. Creo que

      Estimado Dr. J. Creo que entiendo, más o menos, el 35 % de tu comentario. Lo cual, por cierto, me agrada. No es fácil escribir de forma tan oscura. Lo de Khatmandú me lo imaginaba, pero no es cosa que me preocupe en exceso. Los nombres propios… ¿Tendremos que escribir Deli, Srilanca, Catar, Toquio? Lo del «cosmopolitismo castizo» no lo entiendo bien. Madrid es una gran metrópoli que no tiene nada de castizo. Un saludo afectuoso.

      • Muchas gracias por el

        Muchas gracias por el esfuerzo. Prefab Sprout es uno de mis grupos fetiche de los 80, su compositor Paddy McAloon publicó el año pasado un CD «Let´s change the world with music» cuyo objetivo, buscar  la trascendencia y la espiritualidad a través de la música supongo le interesará. Yo lo compré ayer pero está en youtube. la scala di seta el trasparente de la Catedral d Toledo,e tc son alusiones a la altura de un ignorante como yo. De Madrid me interesa el Atleti, yo no había nacido cuando consiguieron el último título europeo. ¿Soy lo bastante claro?

        En cuanto a la ortografía, Ud huele a Academia en un lustro, dígalo entonces… en la RAE o en la de  Bellas Artes

  2. A mí me gustan las escaleras

    A mí me gustan las escaleras de la librería Lello, en Oporto. Dicen que es la librería más bonita del mundo, y sin duda se debe a la magnífica escalera neogótica de madera. No es trivial su construcción, ya que se apoya en el suelo y cuelga del forjado del primer piso. Tiene varios rellanos y tramos magníficos que sirven para uno crea estar librando un combate contra un pulpo de peldaños.

    El recientemente inaugurado Caixa Fórum de Madrid tiene una escalera magnífica ejecutada en hormigón autocompactable blanco. Es tan perfecta y tan pulida que parece hecha de gelatina. Por su amplitud, consigue que subirlas se parezca mucha a bajarlas.

    Las escaleras más largas que he bajado son las de la torre Eiffel. Conté por encima unos 1.500 peldaños desde la base de la eminencia final hasta el sueño, digo hasta el suelo.

    Las escaleras más horribles que he conocido carecen por completo de glamour. Son las escaleras de cuerda que me veía obligado a subir en Gimnasia cuando era pequeño. Nada más poner el pie en la parte inferior, mi cuerpo adoptaba una posición horizontal de la que era dificilísimo salir. Litros de sudor más tarde, coronaba aquella máquina de tortura y llegaba hasta el techo. Las piernas me temblaban todo el día hasta la mañana siguiente.

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