“Escape Room”, punto de fuga

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¿Cuántas comedias arrancan con una reunión de amigos o conocidos que termina como el rosario de la aurora? Seguro que, a bote pronto, recordarán ustedes un buen puñado. Podría decirse que componen casi un subgénero que utiliza ese recurso para husmear en las miserias y pequeños, o no tanto, secretos que se ocultan como pelusas vergonzantes en los dobladillos de la condición humana. Joel Joan y Hèctor Claramunt, un tándem que ha funcionado con éxito en la serie de TV3 El crac (2014-2017), engrasa y renueva brillantemente ese mecanismo argumental para redondear una comedia estupenda, divertidísima, afilada de crítica social y muy aguda en la construcción de caracteres. Un entretenido artefacto que es un “thriller”, una historia de amor, un ajuste de cuentas, un nudo de conflictos sentimentales, una terapia de parejas, una intriga nazi, una mezcla de risas y escalofríos… 

De izquierda a derecha, Leo Rivera, Marina San José, Kira Miró y Antonio Valero en un momento de la función (Foto: David Ruano)

Les explico brevemente, pues no es conveniente revelar más de lo necesario para no estropear las sorpresas que contiene este juguete maquiavélico muy bien estructurado: Edu, un funcionario cuarentón de buen carácter y poco amigo de conflictos, quiere presentar a su novia casi treintañera a una pareja de antiguos amigos; Marina, la joven, es una inteligente profesora universitaria feminista y podemita, que lleva al límite sus convicciones y exige lo mismo a los demás; el matrimonio de amigos lo componen Rai, un pretencioso cineasta que va de guai, y Viki, actriz que conoció tiempos mejores y lo lleva mal. Al primero se le ocurre que nada mejor para divertirse juntos que disfrutar de un “escape room”, un juego de rol que consiste en intentar salir de un recinto cerrado demostrando ingenio y habilidad para decidir lo correcto y resolver las pruebas y acertijos necesarios para abrir la puerta de salida.  

El siniestro laboratorio nazi donde transcurre la acción (Foto: David Ruano)

La pieza original fue estrenada en el barcelonés Teatro Goya en noviembre de 2018 y la versión castellana adapta la acción a la topografía madrileña; así, el local donde transcurre la comedia se encuentra en el barrio de Lavapiés, bastante cerca de donde se ha encontrado un cadáver descuartizado, lo que ya da cierto repelús a los cuatro protagonistas, que, tras cierto intríngulis, acceden a un lugar tenebroso. Una pantalla les sitúa: están en Auschwitz en 1941 y un científico nazi les advierte de que disponen de una hora para encontrar la salida y si no lo logran, morirán; un reloj comienza la cuenta atrás. No les revelo nada si comento que la angustia crece según pasa el tiempo y lo que parecía una actividad trivial se transforma en una pesadilla, acrecentada por el inquietante detalle de que las claves para ir resolviendo los sucesivos enigmas están asociadas a secretos muy íntimos de los participantes en el juego, un punto de fuga que pone a prueba las fidelidades, las viejas complicidades, los afectos y las convicciones.   

¿Cuál será la clave para abrir la caja misteriosa? (Foto: David Ruano)

La trama funciona como un reloj –nunca mejor dicho– perfectamente regulada por los autores y directores, que han escrito unos diálogos rebosantes de ingenio y causticidad. Los actores ajustan los perfiles de sus personajes con la eficacia cómica y el punto perfecto que exige la obra. Antonio Valero es un Edu que provoca sabiamente la lástima y la ternura, siempre en el disparadero de disgustar a sus amigos o a su novia, encarnada con encanto superlativo y oficio de gran actriz cómica por Marina San José; Leo Rivera es un notable Rai, el colega pagado de sí mismo que vale menos de lo que él cree, y Kira Miró sabe insuflar con acierto a su Viki ese tono de superficialidad de rubia cañón tal vez menos liviana de lo que aparenta. Formidable la escenografía de Joan Sabaté, que recrea un siniestro laboratorio lleno de rincones y detalles espeluznantes. 

Título: Escape Room. Autores y directores: Joel Joan y Hèctor Claramunt. Escenografía: Joan Sabaté. Iluminación: Ignasi Camprodon. Vestuario: María Bueno. Sonido: Albert Manera. Vídeo: Miguel Àngel Raió. Producción: Andrés Belmonte. Intérpretes: Antonio Molero, Leo Rivera, Marina San José, Kira Miró y Ferrán Carvajal. Teatro Fígaro. Madrid. 28 de agosto de 2020.

 

 

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Juan Ignacio García Garzón
Juan Ignacio García Garzón es uno de los nombres que me habitan (o que habito, vaya usted a saber). Como tal espécimen, nací y vivo en Madrid, donde ejerzo la profesión periodística desde hace más de tres décadas, que ya son años. En tiempos pretéritos trabajé en Radio Exterior de España (RNE), la Agencia EFE y la cadena radiofónica COPE, no simultáneamente. En el diario ABC, he sido redactor jefe de la revista dominical Blanco y Negro, las secciones de Cultura y Espectáculos, y su suplemento cultural, además de crítico teatral.   He publicado dos libros biográficos: “Lola Flores. El volcán y la brisa” (2002 y 2007), y “Paco Rabal. Aquí un amigo” (2004), con el que obtuve el II Premio Algaba de Biografías, Autobiografías y Memorias, y el volumen de análisis cinematográfico “Cary Grant. RKO Films” (2009), además de alguna otra cosa sobre cine y teatro que se hace fatigoso enumerar. En 2009 fui agraciado con el premio Ciudad de Alcalá en su modalidad de Periodismo, que lleva el nombre de "Manuel Azaña", por el artículo “Si Hamlet fuera mujer”, publicado en ABCD las Artes y las Letras.   A veces, aunque hace ya tiempo que se hace el remolón, me visita un tipo que escribe poesía y firma como Juan Garzón. Pese a su ánimo remiso, este holgazán de la escuela Bartleby ha publicado cuatro libros de poemas: “Ejercicios de estilo” (1979), “Figuras y descripciones” (1984), “Imán” (1989) y “Principio de viaje” (2000).

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