Ese tío inmortal

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Disco aprista. Regalo de mi tío Pancho cuando yo tenía 7 años.

Después de la presentación de mi novela País de hartos, el tío Pancho me lanzó un largo abrazo y me dijo, a modo de comentario : «has matado al más interesante de tus personajes». Y sí. El tío Uriel Francisco, Pancho para los amigos, es el más interesante de mis tíos. Yo tenía que convertirlo en personaje. No estoy seguro si tenía que matarlo. Pero ya está.

Alguna vez en la infancia mi madre me despertó con esta noticia: «Asaltaron la farmacia de tu tío Pancho. Está en el hospital, con una bala metida en el cuerpo». Nunca supe si su vida estuvo en peligro. Me dijeron que el proyectil le entró por la mano que puso frente a la pistola para evitar el robo. Unas semanas después supe que los médicos decidieron dejar la bala adentro. Que era menos peligroso. Imagínense.

No es que la figura mitológica del tío necesitara ese asalto a mano armada. Para entonces ya mi madre nos había contado cómo él y sus compañeros organizaban huelgas de hambre larguísimas. Mi madre le llevaba pedazos de carne molida mezclada en la sopa, sin su consentimiento. «Para que Pancho no se nos muriera», contaba ella.

El tío Pancho siempre había armado todo tipo de líos. Además, era aprista.

En 1979 se apareció en casa para regalarme un disco de 33 revoluciones: la estrella roja en el centro, en un lado del disco la Marsellesa aprista, en el otro Trujillo 32: ¡Chan Chan testigo de la masacre/ solo espera la intervención del pueblo aprista que triunfe pronto/ que triunfe pronto con la razón! La canción recordaba al mítico líder Búfalo Barreto y a los 6,000 apristas asesinados por las fuerzas militares, el 7 de julio de 1932 en la ciudad de Trujillo. A los 7 años yo ya hervía de ganas por conocer la política. No fue difícil convencerme. Me hice aprista ahí mismo.

Canté a voz en cuello, ese año y el siguiente, la canción de Armando Villanueva, mi candidato a presidente: Armando llegará/ El pueblo triunfará/ La estrella alumbra ya nuestro destino/ El Apra es el camino. Mi pasión se sostuvo después de la derrota de 1980 y me acompañó hasta la victoria de García en 1985. Aún hoy, de vez en cuando, mi familia me pide imitar la voz de Alan, algo que a los 12 años yo hacía muy bien: Soy candidato del aprismo, pero mi compromiso es con el Perú y con todos los peruanos.

Además: el tío Pancho fue quien manejaba el automóvil en el que festejé por las calles de Lima, agitando una bolsa impresa con la bandera peruana, después del empate sin goles con Uruguay, en el Nacional, en 1981. Ese que nos dio la clasificación al Mundial de España. Yo tenía 9 años.

Tengo que recordarles que en las historias de mi familia no existen aventuras militares, como las que recuerda Borges cuando le da por irse en los siglos hasta la heroíca carga de su abuelo en la Batalla de Junín. Lo más heroíco que tenía mi familia era esa imagen de mi tío aprista haciendo huelga y casi muriendo de hambre, o interceptando una bala frente a su farmacia. Desde niño el tío Pancho siempre vino envuelto en una nube de leyenda. Tal vez no tan densa como la del humo de sus cigarrillos Premier.

Porque nunca vi fumar a nadie con tanto estilo. Siempre estuvieron ahí al lado los cigarrillos. Muchas veces con una botella o un vaso de cerveza en la otra mano, con la familia reunida o los amigos, con el fondo de las piedras de las casas de Silaca, los cerros pelados de Anqui, o las paredes de quincha de Jaquí.

Sus intervenciones siempre empezaban con el invocativo: «¡Zambo!…» Y venían con el olor a tabaco. Tal vez por eso me resultó tan sencillo matarlo de cáncer en la novela. Mea culpa.

Quisiera decir más. Hablar de los míticos viajes familiares hasta su casa en Maranga, de las lecciones de política que me dio con un vaso lleno de agua. También de la primera foto que recuerdo: yo tenía 2 años y él agitaba frente a mis ojos un juego de llaves. Para que yo mirara a la cámara.

Quisiera también hablar de su antigua enamorada, la tía Betty Santamaría, que le mandaba regalos conmigo, en el más absoluto secreto, desde Buenos Aires.  Porque la esposa de mi tío es la mujer más celosa del planeta. También tendría que mencionar en esa historia el desencanto que me hizo olvidarme del Apra y de Alan García.

Pero hoy no me da el tiempo. Para decirles más de Pancho tal vez tendría que resucitar al personaje. Quizás hacerlo el héroe de otra novela: la de ese tío inmortal.

El tío Pancho y su hermana, mi madre, saliendo del mar de Silaca en Arequipa, Perú. Foto de su hijo: Ulises Garcìa Bosmans.

 

 

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