“Eso será cualquier tontería”. Una historia de superbacterias

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Imagen: Raman Oza. Fuente: Pixabay

 

Pelayo, cariño, despierta… ¡Despierta!

*    *    *

Cuando la mujer abre la puerta de casa y entra en la cocina, Pelayo ya está desayunando. Frente a él hay un tazón de leche con cacao y unas cuantas magdalenas en bolsitas individuales desparramadas por encima de la mesa.

—Pero bueno, ¿y tú qué haces levantado tan pronto? –le pregunta en un castellano con marcado acento extranjero, al tiempo que deja su bolso sobre la encimera y se desprende del abrigo. Lo cuelga en un perchero situado cerca de la entrada.

El niño se encoge de hombros, da un gruñido, pero no contesta. No aparta la vista de la pantalla del teléfono móvil que sostiene con la mano izquierda, mientras con la derecha moja con desgana una de las magdalenas en la leche. Se la lleva a la boca y, con el gesto, un reguero de gotas color gris oscuro se va dibujando desde la taza hasta el borde de la mesa y acaba por mancharle el pantalón del pijama. Se la mete entera en la boca.

La mujer se queda un momento mirándole, pero tampoco dice nada. Con un gesto de resignación coge su bolso y se dirige a un cuarto contiguo a la cocina. Entra y cierra tras de sí. Apoya por un momento la espalda en la puerta y mira a su alrededor con satisfacción. Siempre le ha gustado esa habitación, pequeña y modesta. Tranquila. Aunque sólo cuenta con un escueto escritorio y una silla de madera, un armario barato de dos puertas lacadas en blanco y una cama individual con una pequeña alfombra de algodón trenzado a sus pies, el suelo es de un acogedor parqué de color claro. Por la estrecha ventana situada encima del escritorio ya entran, a través de las rendijas de la persiana, las primeras luces del día.

La mujer abre el armario, cuelga el bolso dentro y saca su ropa de trabajo, una especie de pijama sanitario de camisola y pantalón, ambos de un blanco impoluto. Lo deja extendido con cuidado encima de la cama. Con calma se va desvistiendo, primero los zapatos, luego la chaqueta de punto, y después el pantalón vaquero y la camisa. Va colgando cada prenda en una percha separada. La mujer tiene las piernas esbeltas, el vientre plano y el pecho escueto. Su piel es tostada y suave. Casi parecería una niña si no fuese por sus recias manos, fuertes e hinchadas, ajadas por años de contacto con los productos químicos que utiliza a diario en su trabajo. Después cierra el armario y se viste. Al terminar, se calza con unos zuecos también blancos que hay a los pies de la cama. Antes de abrir la puerta de nuevo, la mujer toma aire profundamente, como cogiendo fuerzas para lo que se le viene encima.

Cuando regresa a la cocina, Pelayo ya no está, aunque el cuenco de leche a medio terminar y los envoltorios de plástico vacíos de las magdalenas siguen sobre la mesa. Lo normal es que, después de cambiarse, sea ella la que tenga que ir a su habitación y despertarle para ir al colegio, pero hoy parece que le va a dar tiempo a tomarse un café antes de empezar con las tareas de la casa. Enciende la radio.

*     *    *

Poco después, la mujer, que se ha puesto un mandil azul por encima del pijama blanco, está acabando de limpiar los restos del desayuno cuando el padre de Pelayo entra enérgico en la cocina.

—Buenos días Evelyn. El niño este, ¿dónde está? ¿Ha desayunado ya? ¿Te importaría ir a decirle que se dé prisa, que tengo una reunión importante esta mañana? –le atosiga nada más verla. Lo hace con el tono de quien está acostumbrado a mandar y a que le obedezcan.

—Sí, señor, enseguida –le contesta la mujer al tiempo que se seca las manos con un trapo y sale por el largo pasillo en penumbra en busca de Pelayo.

Mediados los cuarenta, bronceado, recién afeitado, el hombre viste un traje azul marino hecho a medida. La camisa azul claro es de cuello italiano y la corbata es de fondo oscuro con rallas transversales con los colores de su empresa. Los gemelos también son corporativos. Calza zapatos tipo Oxford de cuero marrón oscuro y el cinturón que se puede ver por debajo de la americana va a juego con ellos. Salta a la vista que cuida mucho su aspecto. Se mantiene en forma. No tiene barriga y apenas se le marcan las arrugas, salvo las de las comisuras de los ojos y la boca, que le confieren una expresión medio seria medio burlona. Tiene ojos grandes y oscuros, de mirada dura, las cejas pobladas y una nariz un tanto aguileña, que le dan un aspecto de ave rapaz con el que se siente cómodo. Le gusta meterse en ese papel de vez en cuando, sobre todo con las mujeres. El pelo, también oscuro, aunque con canas pintándole de blanco las sienes, lo lleva peinado hacia atrás con gomina. No ha escatimado con la colonia.

Se está acabando de tomar el café que ha preparado en la cafetera de cápsulas que hay sobre la encimera de cuarzo de la cocina, cuando la mujer regresa. En la radio, un locutor está explicando la nueva iniciativa de la Casa Blanca, bautizada como Plan nacional de acción para combatir la resistencia de las bacterias contra los antibióticos, para invertir 1.200 millones de dólares en luchar, durante los próximos cinco años, contra las infecciones causadas por bacterias resistentes a los antibióticos y a desarrollar diagnósticos de última generación, vacunas y otros productos terapéuticos.

—¿De verdad que, con la que está cayendo, no tienen otra cosa mejor en la que invertir el dinero? –dice el padre de Pelayo al ver aparecer a la mujer, aunque está claro que no habla con ella. Si le preguntasen, no sabría decir el porqué, pero nunca le ha gustado Obama. Y aún menos sus políticas sociales.

—Señor, Pelayo me ha dicho que hoy ha quedado con su amigo Elías y que van a ir caminando al colegio. Que no le espere.

—¡Joder! –le grita a la mujer como si ella tuviese la culpa. —¿Y no lo podía haber dicho antes? Bueno, pues me voy corriendo –dice tras el último trago al café y casi tirar la taza en el fregadero. —Dile que no se retrase.

—Sí, señor, no se preocupe, yo le digo –pero cuando va a buscarle a su habitación, Pelayo se ha vuelto a meter en la cama y duerme.

*    *    *

De camino al instituto, los chicos van hablando a voz en grito mientras se ríen y se empujan mutuamente sin ninguna razón aparente. Llevan puesto el uniforme del colegio y las mochilas a la espalda, con las correas alargadas al máximo, de manera que les cuelgan casi por debajo de la cadera. Aunque decididamente incómodo, es lo que dicta la moda, como también lo es que ambos lleven prácticamente el mismo corte de pelo, con el cogote y las sienes rasuradas y un largo flequillo peinado de lado. Ambos se pasan la mano por él cada dos por tres.

Mientras camina, Pelayo sujeta el móvil con las dos manos y escribe algo moviendo muy rápido los pulgares sobre la pantalla. Sus redes sociales aún echan humo después del sonado incidente de hace unos días, en el que se vieron envueltos algunos chicos del instituto. Acorralaron y maltrataron a una compañera, lo grabaron con el teléfono y lo publicaron en internet.

—¡Qué mal rollo, tío! Un chaval de mi clase, que conoce a la chica porque vive en su edificio, me ha contado que la poli estuvo en su casa hablando con ella y con sus padres. Me dijo ayer que seguro que les expulsan del instituto. ¿Tú sabías que fueron Méndez y sus colegas? –va diciendo Elías.

—Sí, ya lo sabía. Vi el video en Instagram antes de que lo quitasen… ¿Tú lo has visto? A mí no me pareció que fuese para tanto. Solo le dan unos cuantos empujones… Aunque ojalá que expulsen a Méndez, porque es un gilipollas –le contesta Pelayo sin levantar la vista de la pantalla del teléfono. —¿Te acuerdas de que el año pasado ya intentó meterse conmigo en el recreo? Va de malote por la vida y no lo soporto. A veces le veo cuando paso por el parque y me da…

En ese momento, Pelayo baja de la acera en un paso de cebra e inmediatamente le atropella un coche. Con el trompazo, el móvil sale volando de sus manos y se hace añicos contra el asfalto a varios metros de distancia. Él cae boca arriba en la acera, con las piernas junto al bordillo y los brazos encogidos sobre el pecho. La espalda se le arquea por encima de la mochila. Tiene los ojos cerrados, pero mueve las piernas como si tratara de subir por algún sitio. Del susto, a su amigo Elías también se le cae el móvil de las manos y rompe a llorar.

El coche todavía recorre varios metros antes de detenerse en mitad de la calle. El conductor abre su portezuela y se asoma con cara de susto. Al tiempo que se baja y camina rápido hasta los chicos, gritándoles que han intentado cruzar en rojo, Pelayo se empieza a levantar, tambaleante. Titubea, parece desorientado, pero no sangra. Elías ya está con él, y más transeúntes que han visto el accidente se empiezan a reunir a su alrededor. Para cuando llega el conductor, Pelayo se desploma de nuevo en el suelo.

—¡Que alguien llame a una ambulancia!

*    *    *

—Pelayo ha sufrido un fuerte golpe en la cabeza y se le han fracturado un par de costillas debido al atropello. También presenta un pequeño esguince cervical, pero lo que realmente nos preocupa es lo que parece ser una hemorragia interna en la parte derecha del abdomen, que creemos que proviene del hígado. Le tenemos en observación, pero estamos valorando meterle en quirófano para operarle en cuanto esté preparado. Señora Vázquez, ¿sabe cuál es el grupo sanguíneo de su hijo? ¿Es alérgico a algún medicamento? ¿Señora?

—¿Qué? No sé… Cero positivo, creo. No, que yo sepa no es alérgico a nada. ¿Una hemorragia interna? ¿Mi hijo se va a poner bien, doctor? ¿Le puedo ver?

—Por ahora le estamos haciendo pruebas, pero no se preocupe, su hijo está en buenas manos –le contesta el médico, tirando de frase hecha. —No quiero que adelantemos acontecimientos. Vamos a ver cómo evoluciona en las próximas horas y cómo marcha la intervención, si finalmente le operamos. Me tienen que firmar el consentimiento –le dice mientras le extiende el informe y le señala con el dedo. —Aquí. ¿Ha conseguido localizar ya a su marido?

—Sí… Bueno, he hablado con su secretaria cuando venía hacia aquí en el taxi. Me ha dicho que estaba en una reunión y que le iba a avisar.

—Bien. Ahora le rogaría, por favor, que se siente y que intente tranquilizarse. Le avisaremos en cuanto sepamos algo nuevo, ¿de acuerdo? –le dice el médico y le acompaña a una espaciosa e impersonal sala de espera con las paredes pintadas de amarillo suave.

Varios sillones funcionales jalonan las paredes y a esa hora la sala está inusualmente vacía. Solo algunas personas, dispersas por la sala, levantan la cabeza cuando ellos entran. Después de que el médico se haya marchado, la mujer se sienta despacio y se pone el abrigo de paño y el bolso de cuero sobre las piernas. Viste un ceñido pantalón vaquero claro y un jersey suelto de cachemir verde botella que le deja un hombro al aire. Calza zapatos de tacón… Es lo primero que se le ocurrió coger del vestidor cuando recibió la llamada de Elías. Se queda mirando fijamente al suelo hasta que un escalofrío recorre su espalda y un gemido incontrolado se le escapa por la boca. Su teléfono móvil empieza a sonar.

*    *    *

De camino al hospital, va como un loco por la autopista, cambiando bruscamente de carril, dando luces y a toda velocidad. Tiene ganas de pitar, pero no resulta necesario. Con su conducción, su gran coche todoterreno ya intimida lo suficiente como para que el resto de conductores se vayan apartando a su paso.

Casi no le hace caso a la carretera. Va absorto en sus pensamientos, furioso. ¡Qué rápido puede cambiarle a uno la vida, cojones! Y yo que pensaba que ya lo tenía todo controlado. Por un momento la vida te sonríe y al momento siguiente un gilipollas atropella a tu hijo con el coche y todo se derrumba. Voy a ponerle una denuncia a ese cabrón que se va a cagar. Ojalá todo quede en un susto. ¡Joder! Y justo ahora que se está discutiendo si, por fin, me hacen del consejo de dirección de la empresa… ¡Si es que le tenía que haber llevado yo al puto colegio!

Quién se lo iba a decir hace algunos años. Quién le iba a decir que se convertiría en una de las piezas clave del engranaje corporativo, que tendría que viajar por medio mundo supervisando las nuevas líneas de negocio de la empresa. Estados Unidos, Colombia, Perú, Senegal, India… ¡Ay India! Aún le dan escalofríos al pensar que casi la palma de apendicitis allí solo en aquel hospital de Nueva Delhi. ¡Y yo creyendo que era por la comida!

Pero cómo iba él a saber en lo que se transformaría cuando abandonaba el rural con apenas una mochila de montaña y ponía los pies por primera vez en la capital para estudiar la carrera. ¡Qué perdido estaba entonces! Literalmente. Le llevó horas encontrar la pensión del centro en la que se quedó los primeros meses. ¡Y fíjate ahora! A un paso de la dirección de una multinacional. Él, el hijo pequeño del porquero, como le llamaban a sus espaldas en el pueblo, porque nadie se atrevía a decirlo en público. Pues bueno era su padre con eso. Seguro que los mayores todavía no se han olvidado de aquella discusión en el bar, de la que todo el mundo estuvo hablando durante meses, aunque nunca nadie supo a ciencia cierta qué la provocó. Al poco de morir su mujer, su padre casi llega a las manos con el carnicero. “A mí nadie me llama porquero a la cara”, gritaba su padre mientras les separaban, “yo soy ganadero y empresario”. Y viudo con dos hijos, le faltó decir. Después de aquello dejó de suministrarle los animales y ya nadie en todo el pueblo volvió a probar la carne de sus cerdos. Salvo en su casa, claro. En su casa había un día sí y otro también. Incluso ya casado con Tania, su padre les hacía llegar paquetes a casa casi todas las semanas. “Para que se la deis al chaval”, les decía una vez que nació Pelayo, “que tiene que crecer”.

Es cierto que, además de carne y embutidos, a él nunca le faltó de nada y que su padre, al contar ya con la ayuda de su hermano mayor para llevar la explotación, le dejó tranquilo con sus estudios. Pero su relación con él siempre fue difícil, y más después de que su madre faltase. Los reproches velados y su fuerte carácter hacían casi irrespirable el aire de la casa cuando volvía a pasar los fines de semana. Al final, empezó a dejar de ir tan a menudo y, si no renunció por completo, fue por su hermano Julián, con el que siempre se llevó muy bien y que respetó su decisión de no seguir con la tradición familiar.

Con todo, aún sigue creyendo que, en realidad, lo único que molestaba a su padre era que le llevasen la contraria, que pretendiesen darle lecciones. Mucho menos sobre sus cerdos. Aún recuerda que, cuando comenzaron las primeras campañas para racionalizar el uso de antibióticos en la cría de ganado, hasta discutió con el veterinario que vino a asesorarles. A él nadie le iba a enseñar cómo criar a sus animales. “Mis cochinos van a seguir siendo los más sanos de la comarca”, llegó a decirle al funcionario, que criticaba las dosis que les suministraba de colistina, un fármaco de uso común en granjas porcinas y avícolas.

Le dio mucha pena que poco después comenzase a perder la cabeza. Cuando su hermano empezó a temer por la marcha del negocio, le tuvieron que convencer a duras penas, más bien le engañaron, para que viniese a tratarse a un centro especializado de la capital. Pero allí no duró mucho. Apenas un par de años. Acostumbrado como estaba a la vida al aire libre y a hacer lo que le venía en gana en todo momento, pronto empezó a apagarse encerrado en aquel lugar con horarios estrictos y normas que cumplir. A Pelayo le gustaba mucho visitarle y era con el único con el que su padre parecía animarse un poco pero, al final, la demencia acabó siendo más tozuda que él.

*    *    *

Al día siguiente por la mañana, tras su paso por el quirófano y una breve visita de sus padres, lo poco que les han dejado entrar para verle, Pelayo está dormido e intubado. En uno de los despachos de la UCI, en la habitual reunión para valorar el estado diario de los pacientes, su caso es presentado por uno de los adjuntos.

“Niño sano de 13 años de edad con hábitos alimenticios moderadamente saludables. Ingresa en UCI post-operatorio tras intervención quirúrgica de lesiones hepáticas graves secundarias a un traumatismo abdominal cerrado tras un atropello. A su ingreso, además de contusión cerebral con esguince cervical de grado III, presentaba clínica de lesión de órgano intraabdominal, con afectación moderada de constantes vitales, sugestiva de sangrado activo.

Se le practicó tomografía computarizada de abdomen, que puso de manifiesto fractura sin desplazamiento de las costillas IX y X derechas, así como una laceración hepática a nivel de segmentos postero-superiores de lóbulo derecho, compatible con grado III de la clasificación de Moore.

Se valoró el tratamiento médico conservador convencional, pero ante un cuadro de descompensación hemodinámica y el aparente riesgo de complicaciones, finalmente se optó por practicar una laparoscopia exploratoria, a través de la cual se aspiraron unos 500 mililitros de contenido hemobiliar. Se apreciaron fisuras en el tejido hepático de la cara postero-superior del lóbulo derecho. Se lavó y aspiró la cavidad abdominal, quedando la herida limpia, no sangrante pero que rezumaba bilis. Bajo visión directa se aplicó adhesivo de fibrina sobre las zonas cruentas, consiguiéndose un eficaz sellado de las lesiones. Se ha dejado un drenaje tipo Jackson-Prat sin aspiración y se ha instaurado un tratamiento coadyuvante con octreótido a dosis de 4 miligramos por kilogramo de peso en perfusión endovenosa continua. Se le administra tratamiento antibiótico no específico con amoxicilina-ácido clavulánico, a la espera de los resultados del cultivo del líquido hemobiliar extraído”.

48 horas después, sin nada anormalmente reseñable en el cultivo que le han realizado y en vista de que la evolución parece ser positiva, quizás también ante la terrible insistencia de los padres, se decide darle el alta de reanimación y le pasan a recuperación en la planta de hospitalización.

*    *    *

En la habitación, tras salir de la UCI, a Pelayo le tratan a cuerpo de rey. Por fin, sus padres, que ya están más tranquilos después de los nervios iniciales de la operación, pueden verle más de quince minutos seguidos. Le consienten todo tipo de caprichos. Le regalan tebeos, le dejan jugar con la tablet sin restricciones, tener la televisión encendida a todas horas. Incluso le consiguen el último modelo del teléfono móvil de la marca que a él más le gusta, para que sustituya al que se estrelló contra el suelo en el accidente y así pueda seguir conectado con sus amigos.

En las siguientes horas también empiezan a acercarse los primeros familiares y conocidos. Entre ellos está Elías, con el miedo todavía metido en el cuerpo, pero al que todo el mundo felicita por su rápida reacción, que le cuenta a Pelayo que finalmente han expulsado del colegio a los chavales de los que iban hablando cuando ocurrió el atropello.

Al margen del drenaje y las sondas, lo peor para Pelayo es el aparatoso collarín, que le molesta cada vez que hace algún movimiento en la cama. Y la comida. O más bien, la falta de ella, ya que al principio no le daban nada más que agua para empezar a probar la tolerancia y, por ahora, solo le dejan comer lo que le dan en el hospital. Casi todo fruta y verdura, que no le acaba de gustar, y el resto todo sin sal. Nada de azúcar.

Por la noche, sueña con escaparse y meterse en un restaurante a comer una hamburguesa con patatas fritas.

*    *    *

Por lo demás, todo parece ir bien salvo que, a veces, Pelayo se queja de que le duele en la zona operada, aunque los dolores suelen remitir cuando le administran calmantes. También que le molesta la espalda. Le dicen que es normal, de estar tanto tiempo tumbado sin poder moverse de la camilla. Pero esa mañana no acaba de encontrase bien del todo. No ha querido acabarse el desayuno y se le nota caliente al tacto y un poco adormilado, quizás por las pesadillas de la noche, que no le han dejado descansar. Y el dolor, que no se le acaba de ir del todo. Cuando pasa por su habitación en su ronda matutina, el enfermero le toma la temperatura y constata que tiene algo de fiebre.

—Después de lo que has pasado, eso será cualquier tontería, ya verás… Es lo que nos faltaba, que también te hubieses acatarrado con el aire acondicionado –le dice su padre quitándole importancia al asunto. Ha llegado pronto por la mañana para que su mujer pueda irse a casa a ducharse y dormir un rato después de pasar la noche en el hospital. Mientras Pelayo descansa, se pone a trabajar en el ordenador portátil que se ha llevado para aprovechar los tiempos muertos.

El enfermero vuelve poco después y le toma la tensión que, aunque normal, resulta ser un poco baja. Cuando, más tarde, la doctora pasa su consulta diaria acompañada de un par de residentes, en la exploración detecta que Pelayo tiene la zona un poco hinchada. También le ha subido la fiebre. Decide hacerle un análisis de sangre y una ecografía abdominal.

El análisis de sangre demuestra un aumento anormal de leucocitos y proteínas de fase aguda, datos sugestivos de una infección. Cuando vienen a llevarse a Pelayo para hacerle la ecografía, su padre está hablando por teléfono con la oficina y no puede acompañarles. La prueba revela la presencia de un absceso en lecho quirúrgico, una colección de pus en el costado derecho a la altura de la cicatriz de la operación. Los médicos se inquietan, porque a Pelayo ya se le están suministrando antibióticos de amplio espectro por vía intravenosa. Van a tener que practicarle otra laparoscopia.

Cuando les informan, los padres de Pelayo, que no le han visto desde que se lo llevaron para hacerle la ecografía, reciben la noticia con incredulidad. Pero no tienen mucho más que decir. Quizás porque siempre han confiado en que el dinero resolvería todos sus problemas de salud y no saben nada de infecciones al margen de lo que hayan podido leer en la prensa o de lo que hayan hablado con amigos o compañeros del trabajo. Ninguno de los dos cuenta con familiares cercanos que trabajen en el ámbito sanitario.

—¡Por amor de Dios! ¿Pero cómo nos pueden tener así, sin informarnos de nada? Cariño, estoy un poco asustada. ¿Qué hacemos? ¿No conoces a alguien que nos pueda dar una segunda opinión?

Él no contesta. Se sienta en una de las butacas de la habitación y cruza las piernas. Se pasa las manos por la cara y se recuesta. Cierra los ojos. Da un profundo suspiro y niega con la cabeza. Está bloqueado.

Cuando meten a Pelayo en quirófano para drenarle el absceso le sacan 600 mililitros de bilis purulenta y mandan varias muestras al laboratorio para identificar qué es lo que está causando la infección. Pero antes de que esto se llegue a saber, a Pelayo le da una abrupta bajada de tensión y se produce un shock séptico que le empieza a afectar varios órganos, entre ellos el propio hígado, los pulmones y los riñones. No está claro si por las propias bacterias o por los mediadores de la inflamación, que han estado viajando sin control por la sangre, pero el caso es que se empiezan a producir insuficiencias funcionales en un órgano tras otro. A partir de ese momento, todo se complica rápidamente.

Para los médicos se trata de una carrera contra el reloj para estabilizar el estado de salud de Pelayo. Sueros intravenosos, ventilación mecánica, más análisis, más medicación, otros antibióticos. Para sus padres, una pesadilla de la que difícilmente sabrán despertar.

*    *    *

En el laboratorio de microbiología no dan crédito. A las 72 horas de la segunda laparoscopia y del cambio en el tratamiento antibiótico, en las que Pelayo no parece haber mejorado, se dispone de la sensibilidad in vitro de la bacteria que ha producido el absceso. El cultivo sobre placa Petri sale positivo para una cepa de la bacteria Klebsiella pneumoniae productora de una betalactamasa capaz de destruir todos los antibióticos de la familia de los betalactámicos, los que matan a las bacterias inhibiendo la formación de su pared bacteriana. Entre ellos se encuentran incluidos algunos de los considerados de última línea de defensa, como son los carbapenémicos. La enzima que produce es una carbapenemasa del tipo NDM, muy poco frecuente en España y descrita por primera vez en 2008 en Suecia, en un paciente procedente de India. De ahí el nombre NDM, que significa Nueva Delhi metalo-betalactamasa. Es una bacteria muy difícilmente tratable con el arsenal terapéutico disponible, y por eso no había estado haciendo efecto el tratamiento inicial con amoxicilina-ácido clavulánico, ni parece que lo haga tampoco el nuevo con cefepima, una de las cefalosporinas de cuarta generación que le administran a Pelayo por vía intravenosa a través de uno de los tubos que le salen de los brazos.

Pero los microbiólogos observan que, de alguna diabólica manera, la bacteria también porta genes de resistencia a otras familias de antibacterianos frente a los que la testan. A los aminoglucósidos, que inhiben la producción de ciertas proteínas esenciales para las bacterias y también a las fluorquinolonas, que interfieren en el metabolismo de sus ácidos nucleicos. Esto deja a los médicos con escasas opciones de tratamiento. Casi ninguna. Y el tiempo no para de correr en su contra. En concreto, aproximadamente cada media hora se duplica la población de bacterias en el organismo de Pelayo.

Más tarde, ante lo inesperado del caso, el jefe de servicio de microbiología sube a la UCI para hablar con los padres de Pelayo, despeinados, la ropa arrugada, ojeras, arrasados por la preocupación y la incertidumbre, y explicarles la situación. Les pide que le acompañen, junto al jefe de la UCI, a una sala con una mesa de madera y varias sillas de oficina, donde puedan hablar a solas.

—Voy a intentar aclarárselo para que lo entiendan –empieza el microbiólogo en tono suave y didáctico una vez que se han sentado todos. —Las personas convivimos con muchas bacterias en nuestro cuerpo. Es lo que llamamos microbiota y, en algunos casos, pueden incluso ayudar a nuestro organismo a llevar a cabo muchas de las funciones que realiza. Sin embargo, existen lugares anatómicos que podríamos llamar “santuario”, a los que no deben acceder las bacterias, por muy de la microbiota que sean, como por ejemplo la sangre o el líquido cefalorraquídeo que hay en el cerebro y la médula espinal. Cuando alcanzan esos lugares, generalmente debido a una disminución de nuestras defensas naturales por otras patologías de base, como puede ser una intervención quirúrgica, pueden producir infecciones graves –en ese momento el médico les mira fijamente. —Es lo que está ocurriendo con Pelayo. Las bacterias llegaron accidentalmente a su sangre, sospechamos que a raíz de la primera laparoscopia, y, a través de ella, se han dispersado por otros órganos, donde se han asentado impidiendo que funcionen correctamente.

—¿Y qué están haciendo para solucionarlo? –el padre de Pelayo intenta que sus palabras suenen cortantes, reprochadoras, pero después de tanta tensión y tanto tiempo en el hospital, han perdido su dureza y suenan más como una súplica. La madre de Pelayo hace horas que no abre la boca.

—En el caso de Pelayo, como han podido comprobar, estamos haciendo todo lo posible por mantener las funciones de los diferentes órganos de las que habla mi colega y ayudar a su organismo a luchar contra la infección –se defiende el jefe de la UCI. —En la unidad de microbiología se ha identificado que la bacteria en cuestión es Klebsiella pneumoniae, lo cual es fundamental para ajustar el tratamiento antibiótico. Pero para elegir el tratamiento antibacteriano adecuado en cada caso, debemos conocer el tipo de infección, las características de cada antibiótico, incluyendo su forma de actuación y su distribución por el organismo y, sobre todo, las peculiaridades de cada paciente, la especie bacteriana implicada y su prevalencia de resistencia a antibióticos, así como las formas más frecuentes por las cuales puede resistir en su presencia. Esta es la única forma de lograr la máxima eficacia posible de un tratamiento en particular reduciendo al mínimo los efectos indeseables de su uso para…

—Perdona que te interrumpa, Ramón –le corta el microbiólogo, ahora que ve que la conversación vuelve a su terreno. —Aunque habitualmente Klebsiella pneumoniae es una bacteria que se encuentra en el intestino humano formando parte de la microbiota, como les comentaba antes, también suele presentar una gran capacidad de producir infecciones nosocomiales, es decir, aquellas que se producen estando en el hospital. No es infrecuente que una misma cepa produzca infecciones a diferentes pacientes ingresados en un único servicio hospitalario, como por ejemplo esta misma Unidad de Cuidados Intensivos, generando lo que llamamos brotes. Y hablamos por experiencia de casos anteriores, se lo puedo asegurar. Pero eso no ha ocurrido ahora –aclara el médico. —No se han producido más casos desde que Pelayo estuvo ingresado, así que, aunque la tasa de infección en hospitales puede ser elevada, dadas las características excepcionales de esta bacteria, creemos que Pelayo ya estaba colonizado por ella antes de su ingreso.

—¿Características excepcionales? ¿De qué características están hablando? –pregunta el padre, sintiéndose ahora atacado y cuestionado.

—La bacteria presenta lo que denominamos una resistencia extensa a los antibióticos. Hemos detectado que es resistente a la gran mayoría de ellos. Se trata de un perfil de resistencia muy poco frecuente y, aunque ya convivimos con este tipo de bacterias en los hospitales, es bastante inesperado que ocurra fuera de ellos, por lo que no tenemos forma de saber de dónde proviene. Se sabe de algunos casos de otros pacientes en Asia, Europa y Estados Unidos, pero, por lo que nos han comentado ustedes, Pelayo no ha viajado en los últimos cinco meses, ¿no es así? –los padres de Pelayo niegan con la cabeza. —Creemos que pudo adquirir la infección a través de la comida o por tener contacto con alguien que ya pudiese ser portador de la bacteria –el médico coge aire. —De hecho, nos gustaría hacerles unas pruebas a ustedes también… De cualquier manera, lo que estamos haciendo ahora es probar con un medicamento llamado colistina, un antiguo antibiótico que se mantiene reservado para tratar infecciones especialmente peligrosas y resistentes al grupo de fármacos llamados carbapenemas, como es el caso que nos ocupa. Estamos confiados en que surta efecto y su hijo se pueda ir recuperando poco a poco…

El médico sigue hablando, pero el padre de Pelayo ya ha dejado de escucharle. En ese instante, una luz roja se enciende en algún lugar de su cerebro y se va haciendo más y más brillante, más y más incómoda, a medida que este va encadenando pensamientos aparentemente inconexos. Se acuerda del plan de Obama que escuchó por la radio, de su operación de apendicitis en India, de su padre y de lo unido que estaba con Pelayo cuando estuvo ingresado en la residencia, de sus amados cerdos tratados con colistina, que eran los más sanos de la comarca…

Para cuando llega a una conclusión y quiere hablar, ya ha dejado de tener sentido. Además de una neumonía que se complica por momentos, haciendo cada vez más difícil mantener estable la respiración de Pelayo, la sepsis bacteriana ha afectado ya a demasiados órganos. El fracaso general es inminente.

*    *    *

Ella necesita que se despierte. Necesita hablar con él. Tiene que decirle otra vez que le quiere, que él es lo más importante, que, ahora se da cuenta, sin él nada tiene sentido. Tiene que pedirle que le perdone por el tiempo perdido que no le ha sabido dedicar.

En un determinado momento, la expresión de Pelayo parece relajarse y suavizarse. Abre ligeramente los labios y una última exhalación sube por el tubo que sale entre sus dientes apretados. Empieza a sonar un pitido agudo.

 

Este relato, una tímida imitación de otro de Raymond Carver aparecido en su obra Catedral, es ficticio y cualquier parecido de alguno de sus personajes con la realidad es pura coincidencia. Lo que no es imaginario, sin embargo, es el estado de indefensión, ante la amenaza de las bacterias resistentes a antibióticos, a la que la sociedad va a tener que enfrentarse en los próximos años. Según los últimos datos, las infecciones por estas bacterias causan ya en torno a 33.000 muertes al año en Europa y unas 700.000 en el mundo. Y no parece que vayan a disminuir, al menos a corto plazo. El escenario que manejan los expertos en sus estudios es que, de no cambiar drásticamente la tendencia en el abuso de antibióticos, esta cifra llegará a 10 millones en el año 2050.

Nos estamos quedando sin tiempo. Nos estamos quedando sin recursos para combatirlas. Y ya existe el elemento genético que podría crear bacterias inmunes a todos los antibióticos.

 

Agradezco a David Molina y a Enrique Ferrer sus valiosos comentarios médicos.

 

Los fundamentos microbiológicos sobre los que se sustenta este texto proceden en su gran mayoría, aunque no exclusivamente, del libro de Jesús Oteo Iglesias La resistencia a los antibióticos. La amenaza de las superbacterias. El caso clínico real en el que se basa este de Pelayo, puede consultarse aquí.

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