España en Regional. Capítulo decimocuarto: León-Gijón

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Se nos hace de noche bajando el puerto de Pajares y es una pena. Más que una pena: fotográficamente hablando es una tragedia. Pero todo tiene su lado bueno, y a veces hay que rendirse ante lo inevitable, dejar la cámara en la mochila y simplemente, simplemente mirar por la ventanilla, ponerse cómodos y esperar que el tren nos lleve a nuestro destino. O leer un poco o cerrar los ojos o observar a los escasos viajeros del vagón, porque estamos entre semana y este tren se llena más (o eso pienso yo) los sábados y los domingos. O tal vez nunca se llena más, porque la gente prefiere el coche o el autobús o prefiere viajar en el Alvia, que tiene más servicio que el regional. Sí, tenemos tres Alvias y sólo dos regionales. Un regional por la mañana y otro por la noche. Y punto. Y en eso queda todo el tráfico ferroviario hacia Asturias, sin contar, claro están, los mercancías.

 

Antiguamente esta línea debía tener más tráfico. Cuando se logró unir la meseta con Asturias por tren, en una fecha bastante tardía (1884), las carreteras no están nada desarrolladas, eran simples caminos de tierra o, en algunos casos, restos de calzadas romanas. Entonces el tren no tenía ninguna competencia. Ahora tememos una nacional y una autopista, y por ella “se pierden” muchos posibles viajeros del ferrocarril. Naturalmente, como no podría ser de otra forma, se está construyendo un Ave, un Ave que va bastante retrasado porque el inmenso túnel que debe servir para cruzar TODA la cordillera Cantábrica (sí, TODA, una barbaridad de túnel), está teniendo problemas técnicos, cosa bastante comprensible en una obra de esas características. Las filtraciones de agua siempre han sido uno de los principales problemas de los túneles. Y en la Cordillera Cantábrica… ¿cómo no íbamos a tener filtraciones? Otro asunto más serio es el del “trasvase oculto”, pero ese tema está muy por encima de mis pretensiones a la hora de escribir este artículo, así que lo dejamos para más adelante.  Mi pregunta inmediata es la de siempre: ¿es el Ave la solución mágica a los problemas del ferrocarril? Pero como ya he hablado del Ave en otros capítulos, la dejo en el aire y me vuelvo a mi ventanilla, donde todo está ya tan negro que no se distingue más que la alta silueta de las montañas, y muy de vez en cuando, alguna lucecita trémula tirando hacia el fondo de lo que parece un abismo sin fondo. Sinceramente yo prefiero cruzar por Pajares, aunque se me venga la noche, que pasar kilómetros y kilómetros bajo tierra, que sí, que será rápido el Ave, ¿pero y el paisaje que vamos a perder? Porque el paisaje aquí es fantástico. He recorrido esta línea otras veces, con luz diurna, y lo puedo decir: es uno de los tramos más hermosos de los ferrocarriles españoles.

 

Y además de hermoso, es un prodigio de la técnica. En su momento, fue todo un reto. Tan difícil que al principio no se creía posible realizar. Y se pensaron en otras soluciones, como, por ejemplo, los “planos inclinados” o los ferrocarriles de cremallera. Pero los asturianos querían un ferrocarril rápido y cómodo y pelearon y pelearon y al final consiguieron un tren como cualquier otro tren del país, un tren como el que disfrutaban los andaluces o los valencianos. Para eso hubo que construir más de sesenta túneles y un buen montón de puentes, y dar un rodeo gigantesco, que permita al tren bajar nada menos que mil metros de desnivel. Eso es demostrar lo que puede hacer el ser humano cuando se propone hacer grandes cosas y lo demás son tonterías. Si las primeras civilizaciones se basaron en el dominio de la naturaleza (el caso de los egipcios y la canalización de las aguas del Nilo, por ejemplo), las civilizaciones actuales se pueden seguir basando en lo mismo, aunque en este caso se enfrenten a la naturaleza para ir de un lado a otro, para transportar personas y mercancías y por tanto, como querían los ilustrados, desarrollar el comercio y la economía. Pero los pobres ilustrados pensaban en canales y caminos, no llegaron a ver el ferrocarril. Pienso en Jovellanos, que tenía grandes dificultades cada vez que tenía que volver desde la Corte a su Asturias natal. Pienso en Jovellanos y el tren baja muy lentamente, porque con las fuertes pendientes no se juega, hasta el fondo del valle. Parecía que no, pero sí, tiene fondo. Y al fondo del valle tenemos una estación: Pola de Lena.

 

Las luces de las casas y las calles me espabilan. Me estaba quedando dormido. La oscuridad y la quietud inquietante de las montañas se ha quedado atrás. De aquí hasta el final ya estamos rodeados por luz y movimiento. Las luces de los pueblos y el movimiento de los coches que van por la carretera y la autopista. Asturias tiene pocos valles aptos para las comunicaciones modernas, así que todas las rutas van por el mismo sitio. Y todas nos llevan a Oviedo.

 

¿Pero y el mar? ¿Dónde está el mar? Si uno mira el mapa de España, puede parecer que el mar está muy cerca de Oviedo. Pero luego, sobre el terreno, la cosa cambia. Oviedo nunca ve el mar. Entre la ciudad y el mar tenemos unas colinas lo suficiente altas como para que, hasta la llegada del ferrocarril, el mar quedara muy lejos, tan lejos que parecían dos mundos incompatibles. Pero eso era antes, hoy en día en un ratito y gracias a un largo túnel, en un momento nos plantamos en Gijón. Y nada más salir de la estación ya se huele el mar. Está ahí delante. Oscuro y ruidoso. Detrás de una esquina. Esperando tan paciente como siempre.

 

Mañana iremos a otra estación, la de Feve, y cogeremos uno de esos magníficos trenes que se desparraman por toda la costa norte, que lo mismo llegan hasta Galicia que se alargan hasta la frontera francesa. Son trenes muy temerarios, que se asoman a los acantilados y se meten en los desfiladeros, en busca de antiguas minas. Pero eso será mañana. Primero hay que llegar al hotel y dormir un rato. Y antes hay que asomarse al paseo, hay que saludar al mar. Hay que quedarse un momento en silencio, escuchando las olas. Cruzar el país para llegar al cantábrico hoy en día es muy fácil. Pero olvidar es terrible. Jovellanos y otros ilustrados se pasaron la vida intentando que el rey, que poderes públicos, invirtieran en infraestructuras, en mejorar una red de transporte que era muy deficiente. Tal vez ahora nos estamos pasando en esa manía constructora, sabemos que no hay río o monte que se nos resista. Tal vez… Pero, en cualquier caso, nunca hay que olvidar de dónde venimos y cuánto ha costado llegar hasta aquí.

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Alfonso Vila
Nací en 1970 en Valencia. He vivido en Orihuela, Madrid, Bruselas, Alicante, Barcelona y Debrecen (Hungría). He escrito en muchas revistas, como: “Cuadernos del matemático”, “Hypérbole”, “Papel de Periódico”, “La Soga” , “Le Miau Noir”, “Circe”, “Kopek”, y “Jot Down” . También he ganado algunos premios, como “Miguel de Cervantes”, “Jaume Roig”, “Vila de Canals”, “Diputación de Castellón”, “Ciudad de Getafe”, “Cortes Valencianas”, “Marco Fabio Quintiliano”, “Dionisia García”, “Mariano Roldán” y “Villa de Cox”). He publicado novelas, libros de poesía, de relatos y de ensayo. También hago fotos.

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