España en Regional. Capítulo decimosexto: Valencia-Barcelona

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Casi todo el mundo va en Talgo o en Euromed, pero todavía quedan algunos locos, o despistados, que van en el regional, en el único regional que circula entre Valencia y Barcelona. Es un viaje muy largo, tan largo que cuando el pasajero de mi lado le pregunta al revisor si falta mucho, él revisor se encoje de hombros y, lacónico, se limita a decir: “Hasta la noche no llegaremos”. Hemos salido a las dos de la tarde. Y no llegaremos hasta las nueve. O puede que más. Nunca se sabe. Este tren es un tren muy extraño. Para empezar va muy lento, porque cada dos por tres se para a esperar que pasen los Talgos o los Euromed o incluso los mercancías. Y luego llegamos a L´Aldea-Amposta, la primera parada nada más pasar el Ebro, y el tren se da la vuelta. Sí, eso mismo, empieza a ir marcha atrás (para susto de unos cuantos viajeros), pero no, no volvemos a Valencia, simplemente estamos tomando el desvío hasta Tortosa. Y Tortosa está cerca, pero cuando llega a Tortosa se tira, no se sabe bien porqué, unos veinte minutos parado en la estación, que es una estación que se ha quedado muy grande para un sólo tren. Antes estaba en la vía principal, pero con el nuevo puente del Ebro los trenes ya no pasan por aquí. El único que pasa por aquí es este regional, que parece que no tiene ninguna prisa por llegar a Barcelona. Bien, al final salimos de Tortosa y volvemos a L´Aldea-Amposta, cambiamos de vía, dejamos pasar a otro Talgo y nos volvemos a poner en marcha. Casi hemos perdido una hora.

 

De todas maneras mejor no quejarse, porque puede ser peor. La mayoría de los trayectos tienen trasbordo en L´Aldea. Haces lo mismo, pero tienes que bajar de tren y esperar en un andén, donde no hay nada que hacer, a que el tren se vaya a Tortosa y llegue otro, que en realidad muchas veces es el mismo, con lo cual el trasbordo se podía haber evitado. ¿O no? Este regional es muy extraño, ya lo he dicho. Por suerte, no sé porque, en este viaje no tengo que hacer trasbordo. Y mientras estamos parados en Tortosa me pongo a hablar con otros pasajeros. Al final son tantas horas que iniciar una conversación o al menos un intercambio de palabras es inevitable.

 

Por cierto, otra curiosidad de este tren es que es el único regional (me lo confirman en la estación) que funciona con billetes de cercanías. Sólo el trayecto de Valencia a Castellón. Pero eso no deja de ser otra anomalía, o incluso otra excentricidad. Esto harto de oír por megafonía eso de “Con este tren no son validos los billetes de cercanías”, y ahora resulta que CON ESTE TREN, únicamente con este tren, sí se puede ir con un billete de cercanías. Al menos hasta Castellón. ¿Por qué? ¿Porqué va tan lento como los cercanías?

La verdad es que no lo sé.

 

Lo que esta claro es que aquí no hay que venir con prisas. Para las prisas ya están los Talgos y los Euromed, que van y vuelven de arriba a abajo a todas horas. “El corredor mediterráneo”, eso será esto algún día. De momento hay una parte que aún tiene vía única, y hay mucho tráfico, y hasta el Talgo y el Euromed son más lentos de lo que deberían ser. Y luego están las obras, porque siempre hay obras. El Ave hasta Castellón o lo que sea, pero siempre nos paramos en algún sitio. Por suerte hoy no tengo prisa. Y puedo mirar el paisaje sin ninguna preocupación. Y el paisaje es estupendo, sobre todo cuando nos acercamos al mar, cuando vemos las playas de Tarragona y de Barcelona, cuando nos metemos por los túneles de las montañas del Garraf y entre túnel y túnel el tren casi toca la arena de pequeñas playas que ahora en verano están llenas de bañistas, y que en invierno las vemos vacías y tranquilas, con, muy de tanto en tanto, alguna pareja paseando de la mano o algún hombre jugando con su perro. Y el mar está azul y sereno y parece un espejo infinito, un espejo al que el tren va a mirarse cada pocos metros.

 

Pero antes del mar, tenemos el río. Vuelvo a cruzar el Ebro y cruzar el Ebro, como cruzar cualquier gran río, es una frontera psicológica. Sobre todo si haces la “ruta del norte”, la ruta del exilio, la ruta del emigrante. Hace dos años, yo hacía esta ruta todas las semanas. Ir a trabajar a un pueblo cercano a Barcelona, luego volver el fin de semana a casa, esa era mi vida hace dos años. Tenía suerte, para algunos la “ruta del norte” no acababa en Barcelona, y allí cogían otro tren, y luego puede que otro. Y yo sé lo que es cruzar el Ródano y el Rin y el Danubio, y sentir que cada río que pasas estás más lejos de casa, y que vives en dos sitios sin vivir en ninguno, que vives dos vidas sin vivir ninguna. Esta lección la aprendí dos veces. Hace muchos años, con una mochila a la espalda, viajé por Europa. Y aunque yo lo hacía por placer, conocía gente que lo hacía por necesidad, porque no tenía más remedio. Y luego, la vida es así, a mí me toco irme a trabajar lejos de mi familia. En mi caso fue Barcelona, otros se iban más lejos. Y todos cruzábamos los largos puentes sobre ríos caudalosos y nos inquietaba pensar que los puentes se pueden romper y te dejan incomunicado, y nunca se sabe a qué lado te va a pillar la riada.

 

En eso pienso en Tortosa, mientras espero que el tren vuelva a ponerse en marcha y hablo con mis vecinos de asiento, que son jóvenes y van, como yo iba, a Barcelona por trabajo. Y hablamos de los alquileres y de la zona por la que viven. Y nos intercambiamos consejos, como buenos viajeros y buenos emigrantes. Y hablamos, sin hablar, de la vida que hemos dejado detrás.

 

Y ya nos entendemos con el metro, que al principio a todos nos costó. Pesadas maletas y larguísimos pasillos calurosos. ¿Cómo puede hacer tanto calor en el metro de Barcelona? Y no saber qué dirección tomar y todo lleno de gente pero ninguna señal a la vista. O sólo señales difíciles de entender. Sí, hablamos de los cambios, de la adaptación a una ciudad nueva, que deja de ser hostil cuando empiezas a manejarte tu solo en su sistema de transporte. Y hablamos de los trabajos y de los planes de futuro. Y luego, cuando el tren roza la playa, miramos el mar y miramos a los bañistas. Y algunos niños nos saludan con la mano. Y dentro de poco llegará la noche y ya se verán las lejanas luces de los pueblos de las afueras de Barcelona.

 

Un día después llamo a un amigo que vive en uno de estos pueblos. Yo ya no trabajo allí. Él sí. Le cuento que quiero escribir sobre este tren. “Nos conocimos en ese regional, camino de Tortosa”. Me recuerda. No lo he olvidado. Por supuesto. Los trenes te llevan de una vida a otra. Y a veces encuentras amigos a mitad camino.

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Alfonso Vila
Nací en 1970 en Valencia. He vivido en Orihuela, Madrid, Bruselas, Alicante, Barcelona y Debrecen (Hungría). He escrito en muchas revistas, como: “Cuadernos del matemático”, “Hypérbole”, “Papel de Periódico”, “La Soga” , “Le Miau Noir”, “Circe”, “Kopek”, y “Jot Down” . También he ganado algunos premios, como “Miguel de Cervantes”, “Jaume Roig”, “Vila de Canals”, “Diputación de Castellón”, “Ciudad de Getafe”, “Cortes Valencianas”, “Marco Fabio Quintiliano”, “Dionisia García”, “Mariano Roldán” y “Villa de Cox”). He publicado novelas, libros de poesía, de relatos y de ensayo. También hago fotos.

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