Este grandioso club

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La tribuna norte del Estadio Nacional de Lima. Foto del diario Líbero.

Me alegra enormemente
ser un hincha ferviente
el más apasionado
de este grandioso club.

La tarde en que ella le colgó, él juró que se transformaría en otro. Que no sería más el llorón, el derrotado. Que se volvería parte de otra locura: de la tribuna norte del Estadio Nacional de Lima. De la trinchera.

Caminó disfrazado de crema por las calles somnolientas del barrio de Los Ingenieros. Gritó desde los microbuses en que los cobradores lo dejaban subirse, dudando si cobrarle. Marchó por la Avenida Arequipa, la Avenida Javier Prado y las calles cerca del estadio, afiebradas de cerveza, de licor barato, de drogas. Insultó a los peatones que caminaban alrededor del coloso de José Díaz: Así se le llamaba entonces a esa mole de cemento viejo, a esa estructura adornada con unos pocos laureles deportivos, todos ellos empolvados y ennegrecidos.

Él cantaba los himnos mientras se dejaba llevar por la tribuna –de arriba hacia abajo, de abajo hacia arriba sobre las gradas, como en un trance, abrazados– mirando tal vez aquella vieja torre de transmisión desde donde se gritaron los goles de Lolo Fernández, de Toto Terry. Esa torre con todos los vidrios reventados.

Fueron muchas semanas así hasta que una tarde –el corazón hecho un puño– saltó el enrejado de la tribuna norte, para desprenderse sobre la grama. Él y otros muchos. Vio perros. Vio a la policía lanzando bastonazos. Corrió y se abrazó con algunos jugadores (¿Juan Carlos Letelier?¿Álvaro Barco?). Fue aquella tarde en que Universitario ganó y se fue a la siguiente ronda de la Copa Libertadores.

En los fragmentos de su memoria parece ser esa misma noche (¿o fue la siguiente?) cuando se sentó frente al Sony Trinitron de 12 pulgadas del cuarto de sus padres. Ahí esperó a que la pantalla le mostrara los mejores goles de la fecha –y tal vez unos instantes suyos corriendo sobre el pasto seco–cuando la imagen se fue del Estadio Nacional de Lima hacia los estudios del canal 13.

El presentador miró fuera de cámara, como esperando una confirmación. Y entonces dejó caer aquella noticia que él recordaría para siempre.

–Nos avisan nuestros compañeros de redacción que la Policía Nacional ha capturado a Abimael Guzmán. Este ha sido conducido, bajo un fuerte resguardo policial, hasta la sede de la DINCOTE.

Repetimos: Abimael Guzmán ha sido capturado, dijeron los de 90 Segundos.

Y él volvió a saltar. La familia se abrazó de alegría. Todos vieron un futuro con más luz.

Una canción le recordó años después –entre los acordes de un estribillo pagado con el dinero de los Servicios de Inteligencia– la consigna que se repitió aquella noche de 1992. De peruano a peruano: ¡Oe, oe: Agarraron a Abimael, oe!

Algunos países tuvieron el derribamiento de un muro. Otros a Maradona, a Pelé (y ustedes a Casillas: señoras españolas, señores españolos) los brazos en alto, sosteniendo la Copa del Mundo. Los peruanos solo tuvieron esa imagen de un hombre barbudo, con lentes, de gris, sorprendido por la policía, sentado en el sofá de su escondite, en una casa de Lima.

Tal vez Abimael también estaba mirando el fútbol. De repente ese día el camarada Gonzalo –la Cuarta Espada de la Revolución Mundial– celebraba los mismos goles que el hombre anónimo que aquí he descrito: el que se volvió un hincha para olvidar a una mujer.

Si bien años después, él y el resto del país supieron que Abimael Guzmán Reinoso era un cobarde como cualquier otro. El asesino no era sino otro hombre endiosado, en su noche más oscura.

Dice Internet que fue la noche del 21 de septiembre de 1992. Dice que Sendero Luminoso había causado la muerte de 48,000 personas, el desplazamiento forzado de 600,000 peruanos y daños a la propiedad por 42 mil millones de dólares. Hoy Abimael Guzmán sigue en prisión, en la Base Naval del Callao, cumpliendo una condena de cadena perpetua.

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