Estoy en algún lugar entre un orgasmo y un cáncer

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Esta tarde me he sentido un poco Bolaño: en el parque, rodeado de niños jubilosos, leyendo a Emilio Martín Vargas; un incendio en los ojos. Y ha durado poco mi ensimismamiento, lo justo para sacudirme la tristeza de un día confuso. Porque pronto viene la gente a hablarte. A sacarte de tu rebeldía silenciosa.

 

Esta tarde me he sentido un poco Bolaño: en el parque, rodeado de niños jubilosos, leyendo a Emilio Martín Vargas; un incendio en los ojos.

 

Y ha durado poco mi ensimismamiento, lo justo para sacudirme la tristeza de un día confuso.

 

Porque pronto viene la gente a hablarte. A sacarte de tu rebeldía silenciosa.

 

Y lo digo sin acritud.

 

Me gusta la gente, pero más me gusta la poesía, sin embargo.

 

Dice Adam Zagajewski que “por doquier se esconden unas reservas inconmensurables de crueldad y de maravillas y esperan pacientes nuestras miradas que puedan liberarlas y extenderlas”.

 

Así yo, esta tarde.

 

Una lánguida charla chispeante.

 

Me ha hecho pensar en la verdad, la apariencia y los complejos.

 

Hay un tipo de inteligencia callada, servil, que se basta a sí misma. Que no necesita ese restallar de las miradas ajenas. Una inteligencia que se sirve a sí misma y que con eso (le) basta.

 

He estado yo muy acostumbrado en los últimos años a otro tipo de inteligencia, una que necesita de manera imperiosa la censura de los otros, el respaldo de algunos hooligans de la razón (aunque con uno basta) y que, además, necesita imponerse sobre otras inteligencias (o mejor, sobre otras inculturas) como para darse lustre, para convencerse a sí misma de su valía.

 

Una inteligencia que dinamita puentes, que es aislamiento y no ofrenda. 

 

Así que ahora en la madrugada, en la que ando un poco desvelado (la confusión del día, los restos de un cansancio antiguo), recojo menos las palabras de esta tarde que los gestos livianos que las acompañaban (porque este tipo de inteligencia segunda, más reciente, a la que me refiero se expresa mejor en el cuerpo que las palabras).

 

Y pienso en que es este tipo de inteligencia la que a mí más me interesa ahora: la que genera amplitudes y se desliza con suavidad por entre los pliegues más afilados de la existencia. 

 

Y encuentro que hay unos versos de Emilio Martin Vargas que resumen esto muy bien.

 

Dicen así:

 

“Tal vez se pueda renunciar a querer

Pero cómo renunciar a que te quieran

Sólo por no renunciar a escribir

                                       otro

                                       maldito

                                       poema”.

José de Montfort (Castellón, 1977) es graduado en Estudios Ingleses por la Universidad de Barcelona, así como diplomado en Literatura Creativa por la Escuela TAI-Madrid. Es miembro de la AECL (Asociación Española de Críticos Literarios) y autor del libro de relatos Fin de fiestas (Suburbano, 2014). Escribe sobre arte, cultura y tendencias en The Objective, Canibaal, Mondo Sonoro y Ruta 66, entre otras.