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Lo que sigue es un comentario levemente crítico sobre el exitoso “La imposible dedicatoria”, de Paul B. Preciado (Revista de la Universidad de México, abril de 2020). Antes del corona virus, Preciado nos cuenta que hablaba por videoconferencia con sus padres, residentes en Castilla, una vez cada dos meses. Ahora la llamada es diaria y, confiesa, una “bomba de oxígeno”. Tal vez heredó de su madre lo que él llama talento para el melodrama: “Mi padre tiene noventa años, es un hombre dinámico que antes del encierro caminaba cada día ocho kilómetros. Es también un hombre frío: un niño abandonado por su propio padre que creció sin afecto, pensando que el trabajo es su única razón de existir”. Sin embargo ahora Preciado, que confiesa que el afecto de su padre le desorientó en el último encuentro virtual, es fiel a la herencia paterna, pues también él parece creer que ser conocido gracias al “escándalo” de su cambio de sexo es su única razón de existir. Uno y otro parecen seguir una senda muy fija, aunque el padre (según el propio relato de Preciado) un poco más humana.

No sabemos en el padre, sería más bien dudoso por la época, pero en el relato de Preciado da la impresión de que “la empresa del Yo” (con un esfuerzo incesante de la voluntad de saber que Foucault tanto criticaba) incluye rechazar todo lo que moleste y fomentar todo aquello que relance el brillo de la supuesta anomalía personal, con la libertad provocativa que se deriva de ello. En resumen, según su propia descripción, el hijo ha cambiado solo en el estilo del desafecto: de estar centrado en un trabajo para sostener a la familia, tal como hizo su padre, él pasa a estarlo en tener admiradores, aparentemente más que lectores. Efectivamente, la fe en la transparencia global no conoce fronteras. A pesar de todo hay que decir que, como tantos españoles que quieren medrar, Preciado dejó a tiempo la provinciana Castilla para acabar en París, donde el escaparate tiene más ecos cosmopolitas.

Aunque tal vez lo importante del artículo es el resto. Con un estilo muy distinto al de Greta Thunberg, que tan graciosamente ha caricaturizado Agamben (Quodlibet, 18/11/2019), la alianza de ciencia puntera con una estridente libertad personal es en Preciado un buen ejemplo de lo que podríamos llamar especialización de la carne. Llevando al extremo lo que Ortega llamaba “barbarie del especialismo”, Preciado convierte su vida entera en cuerpo, y su cuerpo glorioso, expuesto y llamativo (esto es visible hasta en la foto que acompaña al artículo), en la más flexible y móvil de las mercancías. Lista siempre para estar en el escaparate de la transparencia global, la vida de Preciado es como la prisión filmada de El show de Truman, pero esta vez con una exposición estelar que es voluntaria a cada minuto.

Entender además la “libertad” como la posibilidad de intervenir sin límites en tu cuerpo, ayudado por una medicina cara e invasiva, es el no va más de la filosofía del desarraigo, con respecto a cualquier contingencia natal, que primero Simone Weil y después el Comité Invisible, entre otros, denuncian como el eje subjetivo del sistema. Preciado lleva el fetichismo de la mercancía hasta la totalidad orgánica y anímica del cuerpo. La vida entera personal es un objeto manipulable en el nuevo viraje de la biopolítica, aliada a fondo con la medicina. Le encantaría a Ivan Illich.

Hay que señalar otra cosa. Alumno y maestra, Preciado y Butler, representan además, a nivel intelectual y de imagen, lo que necesita la rancia universidad, tanto en América como en Europa, para presentarse como moderna. Incentivando en su seno toda clase de experimentos “científicos” de transformación sexual, con el discurso deconstructivo consiguiente, la Universidad parece colmar la vanguardia. No hay nada como el sexo para hacer de un tedioso departamento universitario un sitio menos hediondo. Si es cierto además lo que Preciado dice de su admirada Butler (a quien puede dedicarle el libro que, sin embargo, no puede dedicarle a sus padres), estamos ante la confirmación de otra sospecha. Ahora resulta que la famosa transexualidad de su maestra, que no quiere ser reconocida en ningún género, ha solicitado y conseguido un certificado californiano de “persona de género no binario”. Igual que Preciado lo ha conseguido, en 2017, de su cambio legal de sexo. A la pregunta del padre (“Y si no es ni un hombre ni una mujer, ¿qué es?”) Preciado contesta rotundamente: “Es libre”. Cuando el padre replica “Pues vaya negocio, para ese reca’o no hacen falta alforjas”, Preciado confiesa que los tres ríen en la pantalla.

Ahora bien, con risas y todo pasamos entonces de un problema político, esa forma ejecutiva de entender la libertad como algo netamente construido, a otro mayor. De la histeria del reconocimiento civil, que Pasolini denunciaba ya como algo humillante en los años 70, pasamos ahora a la necesidad urgente del reconocimiento legal y estatal. ¿No es un  poco contradictorio o paradójico que una vía radical y minoritaria de libertad sexual haya de reclamar el reconocimiento estatal? ¿Los antiguos desviados, que tanto admiraba Genet como signo de rebeldía, ahora han de conseguir ser parte de una interactiva vigilancia estatalizada? La alianza de sexo y biopolítica parece rizar así el rizo de su empoderamiento. Solo hace falta que Preciado pase a engrosar el equipo de Macron, como asesor en minorías sexuales, para que todos temblemos. En palabras de Foucault (No al sexo rey): “Resulta temible una sociedad de rostro sexual”.

Después hay otra cuestión discutible, que atañe de nuevo a la maestra y al pupilo. Se trata en ambos de una opción sexual “no binaria”, al menos de eso presumen. Sin embargo, curiosamente, es una opción que no puede vivir sin enemigos. Es más, los busca o los inventa continuamente. La pregunta parecerá de alta matemática (no es tan extraño, pues lo trans es muy sofisticado), pero ¿no es también binario declararse vehementemente, una y otra vez, de género no binario? Al fin y al cabo, sobre todo si se insiste tanto (hasta el extremo de buscar un certificado oficial), todo lo vulgar y popularmente binario, el estilo de vida de esa multitud que ha crecido en lazos comunitarios que la élite urbanita desprecia, queda enfrente del trans que al fin es libre con su sexo elegido. Libre, pero frente a una masa burda y convencional que el género de uno (¿un@, une, unx?) no es. No hace falta ser muy malvado, ni fiel seguidor de Debord, para ver en Butler y Preciado el signo de un nuevo clasismo urbano que solo puede vivir, como la entera sociedad espectacular, a expensas de sus supuestos enemigos.

¿Se trata en todos ellos (Butler, Preciado y los miles que les siguen) de un orgulloso binarismo trans o fluid cuya complejidad no está al alcance de cualquiera? Eso parece, pues necesita despegarse de la masa de asalariados o parados que, explotados en trabajos de mierda de sol a sol, han de conformarse con la vulgaridad “tradicional” de ser simples hombres o mujeres. Es dudoso que una empleada madrileña de supermercado, que entra a las 9 am y sale a las 10 pm, tenga el tiempo y la energía necesarios para jugar al cambio de sexo o a un binarismo trans tan complejo como el de estos nuevos elegidos por la fama. La pobre empleada ha de conformarse con un novio que la quiera y la haga reír. El poder de los nuevos mandarines es tal, dentro de lo que hoy se autodenomina izquierda, que un libro tan razonable y sensato como La trampa de la diversidad, hecho en el seno de la izquierda clásica y denunciando con detalle toda esta impostura neopija, ha sido rechazado en masa por el progresismo hipster que lleva el mando.

Resumiendo. Por la simple versión que Preciado da de las cosas (en un artículo bastante humano), es el hijo el que resulta extremadamente sospechoso de complicidades mil con el sistema. Son los padres los que resultan más indefensos y entrañables. Fijémonos que la famosa “imposible dedicatoria” termina reconociendo que, aunque ahora (en este confinamiento de abril) sus padres han logrado conmoverle, para escribirles y dedicarles un libro tendría que recurrir a una “larga perífrasis barthesiana” (Barthes es otro autor, al igual que Foucault, que Preciado no puede entender) por la sencilla razón, según él, de no poder pronunciar las 65 palabras (!) que son clave en su modus vivendi de élite. Larga lista que, curiosamente, excluye miles de palabras sencillas que eran patrimonio del más simple humanismo: “humanidad”, “afecto”, “piedad”, “sentimientos”, “fidelidad”, “costumbre”, “cariño” y un largo etcétera. Todas esas antiguallas han de ser ahora desplazadas por lo que verdaderamente importa, las nuevas etiquetas que se venden en los escaparates de Ámsterdam o París. Como se trata de una versión larga (el tamaño importa) y supuestamente “perversa” del inocente Caca culo pedo pis, se las detallo a continuación en cursiva para que la habitual letanía de la nueva (no tan nueva) ortodoxia no les haga bostezar más de lo imprescindible: homosexual, transexual, sexo, sexualidad, transexualidad, violación, trabajo sexual, prostituta, aborto, penetración, dildo, ano, erección, pene, polla, vagina, vulva, clítoris, tetas, pezón, follar, correrse, chupar, eyacular, sida, orgasmo, felación, sodomía, masturbación, perversión, maricón, lesbiana, lesbianismo, tortillera, bollera, amanerado, gay, marimacho, camionera, puta, zorra, mastectomía, faloplastia, enfermo mental, disforia de género, psicosis, esquizofrenia, depresión, pornografía, farmacopornográfico, mierda, adicción, droga, drogadicción, alcoholismo, marihuana, heroína, cocaína, metadona, morfina, crack, camello, suicidio, prisión, criminal…

El catecismo católico era más breve, pero se supone que el cielo donde Preciado ordena la larga lista de su hagiografía aun podría seguir. Como ven, gracias a las nuevas minorías sexuales, la revolución que acabará con el capitalismo está a las puertas. Una revolución que, sin salir de casa, consiste por fin en darle la vuelta a las cosas: lo que antes era malo ahora es bueno. Y viceversa. Que todo esto es revolucionario se nota además en que logra estresar a los abuelos que envejecen tranquilamente en el hogar. Es por fin la revolución del amor, pero a través de un odio refinado. Y volcado además sobre quienes no pueden defenderse, toda esa gente fea, tradicional y mayor que vive fuera de nuestro radiante campus.

Finalmente, Preciado no podrá escribir ese libro dedicado a sus padres. ¿Por qué? Como sus colegas universitarios, lo etiqueta todo. Ellos, los nuevos elegidos por el saber, no soportan el vacío, la indeterminación del deseo. Y el Otro que no se parece a ellos, pues su libertad no ha sido construida, siempre les va a hacer pedazos la empresa del Yo.

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Ignacio Castro Rey
Ignacio Castro Rey es doctor en filosofía y reside en Madrid, donde ejerce de ensayista, crítico y profesor. Siguiendo una línea de sombra que va de Nietzsche a Agamben, de Baudrillard a Sokurov, Castro escribe en distintos medios sobre filosofía, cine, política y arte contemporáneo. Ha pronunciado conferencias en el Estado y en diversas universidades extranjeras. Como gestor cultural ha dirigido cursos en numerosas instituciones, con la publicación posterior de siete volúmenes colectivos. Entre sus libros últimos cabe destacar: Votos de riqueza (Madrid, 2007), Roxe de Sebes (A Coruña, 2011) y La depresión informativa del sujeto (Buenos Aires, 2011), Roxe de sebes (Fronterad, 2016), Ética del desorden (Pretextos, 2017). Acaba de publicar Sociedad y barbarie, un ensayo sobre los límites de la antropología en Marx.

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