Examen final

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Ella

La facultad estaba casi vacía, pero tenía que esperar a dos de mis alumnos en el despacho. Me habían pedido que los examinase por la tarde, porque por la mañana tenían compromisos laborales, y me pareció justo acceder a lo solicitado.

El primero en hacer el examen sería Diego, que tenía unos cincuenta años, era abogado y siempre había querido estudiar Filología Hispánica, según me dijo. Los primeros días de clase me resultó difícil tratarlo como un alumno, porque era el único que me superaba en edad; sin embargo, su actitud propició que el curso avanzara realmente bien. Preguntaba con naturalidad y despertaba el interés de sus compañeros.

Con puntualidad, llamó a la puerta y asomó la cabeza. Desde el primer día pensé que poseía ese tipo de belleza que únicamente se adquiere a partir de cierta edad; su presencia era firme, majestuosa. Me preguntó dónde debía hacer el examen, y le dije que en mi mesa, frente a mí, pues no disponía de ningún otro sitio. Despejé la mitad de mi escritorio y deslicé sobre el mismo el examen. Tenía una hora y media para contestar a las preguntas.

Aproveché para responder algunos correos electrónicos que tenía pendientes; Diego, por su parte, empezó realizando un esquema con las ideas principales; parecía ir bien encaminado, escribía con determinación. Terminó con sus apuntes de apoyo y, al reclinarse para verlos con distancia, rozó mis piernas. Entendí que fue involuntario, pero zarandeó todo mi sistema nervioso.

Apenas transcurrida una media hora, no tenía nada más que hacer, así que decidí seguir leyendo la novela que entonces tenía entre manos, con la que cubrí mis miradas a Diego, que tan concentrado me resultaba muy atractivo. «No lleva anillo de casado», pensé, y justo en ese momento volvió a rozar mis piernas. Esta vez, en lugar de hacer como si no hubiese pasado nada, me miró y me pidió disculpas. Me sentía atraída por él, pero era su profesora.

Terminó el examen y lo acompañé hasta la puerta. No sabía cómo despedirme de él. Esperaba que tomase la iniciativa, pero no hacía nada. Finalmente, opté por estrechar su mano, y cuando ya se había girado y sujetaba el pomo de la puerta, se detuvo y pronunció mi nombre: «Beatriz», dijo con tono nostálgico. Entonces posé mi mano sobre su hombro y me acerqué a él. Quería mostrarme receptiva, que me mirara y me besara, y me miró, pero nunca sabré si quiso besarme, porque en ese momento llamaron a la puerta. Tras dos golpes con los nudillos, el segundo alumno en examinarse abrió y preguntó extrañado si interrumpía algo: había llegado su hora. Diego se sobresaltó y, sin decir nada, desapareció.

Me dolió aquel punto final, pero fingí que no me había afectado. Le expliqué al joven alumno cómo debía proceder y, mientras realizaba su examen, aproveché para leer el de Diego con la esperanza de que el mismo escondiese un mensaje oculto. No fue así.

Ambos aprobaron y nunca han vuelto a ser mis alumnos; únicamente los veo de vez en cuando por los pasillos, pero nos saludamos sin dejar de caminar.

 

Él

Como tantas veces, me preguntaba por qué me complicaba tanto la vida, siempre luchando contra mi exceso de interés. Llevaba años trabajando como abogado, pero seguía estudiando. Y no me conformaba con hacerlo en mi casa, sino que me matriculaba en la universidad: cursaba unas cuatro o cinco asignaturas por año, lo que me permitía mi trabajo. Las clases sí las disfrutaba, pero los exámenes siempre son exámenes, y durante esas fechas el ritmo al que vivía era frenético.

Había solicitado hacer el último examen del curso por la tarde, porque por la mañana tenía que trabajar, y la profesora no me puso ningún inconveniente. Se llamaba Beatriz, como mi difunta mujer, y me recordaba a ella: grandes ojos verdes, minúscula nariz, numerosas pecas. La recuerdo el primer día de clase, cuando fingía organizar documentos mientras analizaba a cada uno de los alumnos que iban entrando; abstraído en mis pensamientos, olvidé dejar de mirarla, y me avisó inclinando ligeramente la cabeza y sonriéndome. Ya no era una niña, pero su piel mostraba pocas arrugas, rebosaba turgencia aún. Sorprendentemente, tras años de impenitente tristeza, mi espíritu volvió a animarse.

Durante las clases disfrutaba haciéndole preguntas, me gustaba percibir el esfuerzo tanto físico como mental que empleaba para responder. Muchas veces desatendía sus explicaciones por observar minuciosamente sus movimientos, sus gestos, sus perfiles. Eso sí, disfrutaba de ella desde la lejanía, sin ninguna pretensión. Era la profesora.

Veía a mi mujer en ella. Posiblemente, un psicoanalista me habría recomendado elegir otra asignatura, pero por suerte no conocía a ninguno, así que me dejaba llevar, como el que no tiene nada que perder, como el que ya entendió acabada su vida.

La tarde del examen estuvimos a solas en su despacho, y, mientras lo hacía, jugué disimuladamente a rozarle las piernas. Sus mejillas se enrojecían, y ella intentaba disimular. Era bellísima luchando contra las respuestas de su organismo. Al terminar el examen, antes de salir, pensé que jamás volvería a tener clase con ella, que nunca más compartiría con ella la intimidad de aquel momento, y quise besarla. No tenía miedo al rechazo, quería arriesgarme, besarla y pronunciar mil veces su nombre. Sin embargo, cuando estaba dispuesto a ello, una milésima de segundo antes de que mi cerebro diese el pistoletazo de salida, alguien llamó a la puerta. Mi ritmo cardíaco se descontroló. No contaba con que ningún otro alumno se examinara por la tarde. Era un joven alto, fuerte, desenvuelto. «¿Qué hace aquí un viejo como yo?», pensé, y me fui sin despedirme.

Aprobé aquel examen, pero por desgracia no he vuelto a tener clase con Beatriz. Ahora me conformo con saludarla por los pasillos y con desayunar frente al aparcamiento en el que deja su coche, de donde siempre sale cargada de papeles, con sus ganas y sus prisas.

 

Un tercero cualquiera

Era el último examen que me quedaba, y me inventé que trabajaba por la mañana para poder hacerlo por la tarde, para tener más tiempo de estudio. Afortunadamente, la profesora no preguntó y me citó directamente en su despacho. Era la asignatura más complicada del curso, la más temida; aun así, me había empleado a fondo, esperaba aprobar.

Fui al despacho de la profesora pensando que el resto de compañeros se habían examinado por la mañana, pensando que solo me esperaba a mí, por lo que al llegar llamé directamente a la puerta y abrí. Entonces me encontré a Diego, un alumno con el que no había tratado porque era mucho mayor que yo, y a Beatriz, que estaba junto a él, muy junto a él. Con total seguridad, se hubiesen besado de no haber aparecido yo. Disimularon en vano, no me convencieron. Después Diego se fue y yo me hice el tonto. Los había descubierto, aquel viejo y la profesora estaban liados.

Hice un muy buen examen, estoy seguro de ello; sin embargo, saqué solo un seis y medio. En otras ocasiones hubiese ido a la revisión, pero no confiaba en la imparcialidad de la profesora, sobre todo después de ver las calificaciones del resto de compañeros, que confirmaron mis sospechas: circunstancias extraacadémicas eran tenidas en cuenta a la hora de calificar los exámenes. Lo supe al comprobar que Diego había obtenido la mejor nota de la clase, matrícula de honor.

A mí, sinceramente, no me importó que estuviesen liados, lo que sí me molestó fue que otro alumno consiguiese de esa forma su calificación, y que yo, después de tanto esfuerzo, no llegase ni al notable. Había escuchado otras historias parecidas, pero nunca las creía, pensaba que eran leyendas urbanas. Estaba equivocado: así funciona la universidad, y la vida, supongo. La meritocracia no existe.

Al menos castigué a la profesora a través del cuestionario que todos los profesores nos piden rellenar después de cada curso, para que los evaluemos. Además, conté la historia en clase e impresionó tanto que todos prometieron actuar en consecuencia. Debió obtener una puntuación bajísima. No sé si es motivo de despido.

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