Federico García Lorca y la ley de la gravitación universal

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NEWTON

En la nariz de Newton
cae la gran manzana,
bólido de verdades.
La última que colgaba
del árbol de la Ciencia.
El gran Newton se rasca
sus narices sajonas.
Había una luna blanca
sobre el encaje bárbaro
de las hayas.

PREGUNTA

¿ Por qué fue la manzana
y no
la naranja
o la poliédrica
granada?
¿ Por qué fue reveladora
esta fruta casta,
esta poma suave
y plácida?
¿ Qué símbolo admirable
duerme en sus entrañas?
Adán, Paris y Newton
la llevan en el alma
y la acarician sin
adivinarla.

El gran Federico García Lorca dedicó un poemón a Isaac Newton, aquí aparecen únicamente la primera y la última estrofa. Sir Isaac Newton debía ser un tipo rarito; a mí tras leer el poema me gusta imaginármelo como un científico con duende, con pellizco y rodeado de adelfas, sortijas, zumayas y todas esas cosas que los críticos literarios llaman universo lorquiano, en un expresión muy de este blog.

Si alguien dijo con acierto que Dios hizo a los antiguos griegos para que los profesores del porvenir pudieran (pudiéramos) vivir, quizá se hizo a Lorca para que los críticos taurinos y flamencos del porvenir tuvieran un vocabulario adecuado. La última y forzada relación entre la manzana de Newton y el mundo flamencote y sureño de Lorca es el consejo con que muchas academias de sevillanas enseñan el movimiento de las manos: “Cojo la manzana, me la como y la tiro”

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