Felipe Benítez Reyes: «Lo que transmite un poema tal vez depende más de quien lo lee que del poema en sí»

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(Fotografía: Jesús Marchamalo)

Contemplo con serenidad el mundo. Valoro el amanecer de cada día, que me sigue pareciendo tan prodigioso. El mundo de los afectos como mejor refugio. Aprendo que somos sólo pasajeros de este mundo. Y entiendo que se escribe desde la vida y para la vida. Leo entre la vida y la poesía a Felipe Benítez Reyes que acaba de publicar Un mentido color (Visor), admirada y esperanzada, «el pasado es ya algo que está cerca y muy lejos: eterno retorno al lugar del que huimos». Y lo leo con la sensación de que todo encaja y que sus versos miran atrás con la sabiduría de que hablan desde el presente. Según Benítez Reyes, «la escritura poética atestigua», así que como tal «es memoria y es sueño, es testimonio y es fábula; nos autorretrata aunque no lleguemos a reconocernos del todo en el resultado». Entre la noche, la melancolía de las olas que rompen en la orilla -«En qué mar arrojaste por desdén el dios de oro y el cetro de la luna, la vagabunda blanca»- y el tiempo, tal vez uno de los temas que más intenta dilucidar el autor en sus poemas. Pero, sobre todo, un intenso amor por la vida, «al menos comprendí que nada es tiempo». Porque la poesía, «al ser un arte unido al rumbo y a las derivas del vivir, acaba pareciéndose mucho a la vida misma: un repertorio fantasmal de evidencias, recuerdos y abstracciones, un tanteo especulativo en torno a quiénes somos en el tiempo…», aseguraba. Un mentido color, un nuevo volumen de poesía que se añade a nuestra biblioteca desde aquel Paraíso manuscrito hasta los más recientes El equipaje abiertoEscaparate de venenos, La misma luna, Ya la sombra, y amplía una trayectoria reconocida, entre otros, con los premios de la Crítica y el Nacional de Literatura.

Creador de una extensa obra narrativa y poética, Benítez Reyes continua siendo un excelente y sabio conocedor del lenguaje por lo que no nos sonará extraño aquello que Stevenson aconsejaba: el uso preciso y sabio de nuestra lengua, su sentido de la acentuación de lo importante… Déjese llevar, pues, por esta voz honda de amaneceres, de instantes que permanecen en la memoria entre rutas llenas de emoción de la mano de Pessoa, D.H. Lawrence o Soares…  «Pero no olvides / que todo es avanzar no hacia quien eres, / sino hacia quien vas dejando de ser, / para al final encontrarte / con las manos vacías de ti mismo. / Recuerda que en ese diluirse está el secreto y el tesoro. / La respuesta final. La no pedida»

¿Cómo luce este mentido color? Me refiero a ese color de Meléndez Valdés que no es tal, esos juegos con el lenguaje como medio engaños con apariencia de verdad… ¿qué nos quiere transmitir?

No estoy seguro. Al fin y al cabo, un poema acaba siendo una formulación un tanto incierta incluso para quien lo escribe. Yo al menos nunca estoy seguro de lo que quiero transmitir. En cualquier caso, sé más o menos lo que quiero expresar. Lo que transmite un poema tal vez depende más de quien lo lee que del poema en sí. Entre un texto y su lector se produce una especie de reacción química variable. Leemos desde lo que somos.

Si tuviera que llevarse unos libros a una isla desierta supongo que el Tesoro de la lengua castellana de Sebastián de Covarrubias o el Diccionario de autoridades serían dos de ellos. ¿Qué tiene ese Tesoro de la Lengua que a usted le habría gustado escribir, como le leí en una ocasión?

Bueno, en realidad prefiero leerlo, consultarlo más bien, porque escribirlo no sabría. Aparte de su valor como joya lexicográfica, el Tesoro de Covarrubias puede leerse como una obra literaria, como un tratado erudito, incluso como un relato de aventuras en el que el protagonista es el lenguaje, las evoluciones y peripecias del lenguaje.

¿Cómo se escribe el tiempo? Se lo comento por ese verso que dice «porque los días no son ya tiempo sino palabras…»

Eso quisiera yo saber… Es posible que el paso del tiempo acertemos a medio entenderlo cuando lo traducimos a palabras, cuando relatamos su fluir, cuando lo fundimos con nuestras experiencias en el tiempo. Los enigmas nunca dejan de ser enigmas, pero al menos se aclaran un poco si intentas desentrañarlos mediante el pensamiento y las palabras. Ese es el afán.

¿Qué aporta Un mentido color a su obra? ¿Era el momento de volver a la emoción?

No sé qué aporta, si es que aporta algo. Imagino que alguna que otra inflexión con respecto a lo habitual. Tengo la impresión de que siempre escribo lo mismo aunque lo escriba de una manera diferente.

¿Dónde reside el éxito de un poema? Me gustó aquello de «que diga lo que dice y también lo que calla».

No creo que sea posible conocer la fórmula de ese éxito, entendiendo «éxito» como buen funcionamiento, como efectividad en tanto que artefacto textual. A veces un poema sale más o menos bien y otras veces sale más o menos mal. Hay un componente fortuito que uno no acaba de controlar del todo.

La última vez que hablé con usted fue a propósito de la novela La conspiración de los conspiranoicos. Es autor de un buen número de libros de poesía así como de novelas, ensayos… ¿Benítez Reyes, un novelista poeta o un poeta que escribe novela?

Cuando escribo una novela estoy en registro novelista y cuando escribo un poema estoy en modo poeta. No hay más misterio. Una especie de bipolaridad estilística.

Hay contemplación de lo que pasa en Un mentido color, ¿qué puede decirme sobre lo que observa a su alrededor? ¿Cómo le deja a usted lo que ve?

Depende de lo que vea… Pero sí, la poesía puede ser en gran medida una observación de la realidad y una reflexión en torno la realidad, una actuación más o menos imprevista sobre lo evidente, la interpretación personal de unos datos tenidos por comunes. Algo así como un ángulo de visión ligeramente inusual. Añadir un matiz a algo ya es suficiente.

Y desde las olas… Vuelven las olas, los poemas dedicados al mar. La escritura suena como esas olas que devuelven lo que le has dejado caer, lo que uno ha ido dejando en el camino ¿Qué se ha ido quedando en su camino? ¿Qué traen y qué se llevan esas olas que aún le visitan desde la infancia?

Casi toda mi vida la he vivido junto al mar, lo que ha derivado en que lo trate en muchos de mis poemas como un elemento simbólico. El mar es muy raro. Por mucho que lo observes, siempre te sorprende, porque siempre es nuevo. Cada día es distinto, siendo siempre el mismo y lo mismo. Es una especie de caleidoscopio. Cambia de color, de cadencia, de velocidad, de forma… Incluso cambia de sonido. Puede ser un paraíso o un infierno. Tiene algo de gran dragón líquido. Muy raro.

Recordar es parecido a una tempestad «porque nada hiere más y más hondo que el recuerdo», decía en el poema «La edad de oro». Y aquí habla de las cuchilladas que da la vida, como ese adiós a los que se han ido. Recientemente, Almudena Grandes y otros tantos…

La muerte de personas queridas la vivo como un proceso de extrañamiento, como una mezcla de desolación y de incredulidad. La muerte de alguien cercano produce un vacío que, sin embargo, está repleto de cosas, de emociones, de recuerdos. La muerte deja puntos suspensivos.

Es la fugacidad otro de sus temas. Caballero Bonald, del que usted está elaborando un ensayo que veremos, creo, en primavera, tituló su poesía completa como Somos el tiempo que nos queda y no podía tener más razón… Por cierto, ¿nos puede adelantar algo de este ensayo que verá la luz pronto?

Ese título me parece un gran acierto. El lema perfecto, en seis palabras, para una obra poética que, en el caso de Caballero Bonald, se funda paradójicamente sobre todo en la memoria, porque la poesía como género profético no tiene mucho recorrido. Ese ensayo mío saldrá en primavera. Me ha costado escribirlo, no técnicamente, digamos, sino emocionalmente, porque me lo encargaron a los pocos meses de su muerte, y con Pepe tuve una amistad de más de 40 años. Era mayor que mi padre, pero siempre lo vi como una especie de hermano mayor, por raro que parezca.

Respecto a la nostalgia, la soledad, no puedo evitar acordarme de ese artículo que escribía usted hace poco sobre la pesadez y la odisea que supone hacer trámites vía on line… Cada vez nos lo ponen más difícil. ¿Cómo asiste a este mundo donde cada vez somos más egoístas y estamos más solos?

Sobre todo con resignación. Y con un poco de estupor también. Hay que tener en cuenta que he conocido las llamadas telefónicas a través de una operadora, que viajar en tren desde aquí a Madrid, cuando yo era adolescente, llevaba casi 10 horas, que el fax y la máquina de escribir eléctrica me parecieron en su momento el no va más tecnológico… Pasar de eso a lo de ahora es como pasar de una novela costumbrista a una de ciencia-ficción.

Esta pandemia nos está llevando a ser más solitarios, evitamos el contacto, los abrazos y ahora ese mundo se está transformando en ese metaverso del que todos hablan, no sé qué opina de esta nueva moda…

Los tiempos cambian hoy de manera muy acelerada. Nuestra realidad global tiene algo de espejismo, de trampantojo, de fantasía virtual. Procuro adaptarme, menos por afición que por necesidad, pero me temo que en el fondo mi mente sigue siendo analógica.

Este libro lo empezó hace años, antes de todo este desastre pandémico, desde luego la vida en la que inició Un mentido color no era igual que la actual…

Sí, pero lo esencial cambia poco. La pandemia es un accidente. Nos ha cambiado de manera temporal, poniendo nuestra forma de vida patas arriba, pero no es un camino sin retorno. Volveremos pronto a lo de antes. Y vendrán otras pandemias, según dicen quienes saben de esas cosas. Pero, por si no estábamos ya lo suficientemente fragilizados, a un psicópata le da por invadir Ucrania. Hemos pasado de la fatiga pandémica al estupor bélico.

¿Cuál es la mejor fórmula para vivir?

En principio, supongo que procurar no morirse. Más allá de eso, no creo que haya una fórmula universal. Cada cual resuelve este tránsito como puede.

Uno de los ingredientes de esa fórmula, desde luego, debería ser la poesía «un buen antídoto contra el miedo», que decía Caballero Bonald…

No sé. Es posible que la poesía sólo sirva para ser poesía.

Pero se me ocurre que, al menos, esta fórmula nos sirva para que no nos suceda, cuando todo esto pase, como a Luis Cernuda, que un día se encontró con el pan amargo, la fruta sin sabor y los cuerpos sin deseo…

A lo mejor el truco básico consiste en intentar dar esquinazo a la adversidad, en la medida en que se pueda. No sé.

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