Festivales de cine. San Sebastián I

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Los Festivales de cine muestran una marcada tendencia a iniciarse los viernes.

 

Espectador

 

Esto se hace para que el Festival, nada más empezar, caiga directamente en el fin de semana y la cruce a nado, la semana, de este primer impulso. Una brazada abarca el tiempo y el espacio, juntos y que se ignoran.

 


Zhang Yimou: One second.

Un segundo.

Un rostro que ocupa veinticuatro fotogramas. Uno cualquiera de ellos es la hora que da al día sentido, de la que el día vive. De veinticuatro, la vida es esa hora. Un fotograma que el Destino ha venido a robarte. Como si no se fuera a quedar todo, al final: el Destino no tiene paciencia. Desde la primera imagen, un hombre a pie en mitad del desierto, la película atrapa a Espectador. Lo maravilla (¿Cinema Paradiso?, lee Espectador luego y Espectador se dice: “¡Para nada, Cinema Paradiso!: es de otro nervio”). Película de la que se construye la trama, que la nutre, con la que hasta se hacen pantallas para lámpara, que se hurta, que se pierde y se pierde y se pierde y se encuentra y se encuentra, que separa y que une y es un western, no hay personajes lineales, excepto los comparsas del guiñol, los del porrazo y tentetieso y cierto que recuerda todas las dictaduras y todas las penurias y el dolor de que nunca se encuentre la manera de salir de las unas sin entrar en las otras: parece que la dictadura es el Plan B de los que mandan. Para mí, o para nadie. Todo es mío. El cine, cuando menos, nos saca de ahí un rato. Y nos mete, otro rato.

 

Apresurada NOTA a pie de sala:

Dentro de One Second, epopeya, el ejército chino acude en auxilio de Corea contra la agresión norteamericana, Hijos heroicos, Wu Zhaodi, 1964. Una película que el pueblo ve, prácticamente, casa vez que va al cine. Y la disfruta. Como se disfrutó siempre, si se disfruta, el cine.

 

Hijos heroicos, Wu Zhaodi, 1964

 

(Agradecimientos a Alberto Quintanilla)

 

Festival de Cine de San Sebastián

 

Un Festival y las historias se hablan entre ellas.

Más allá de la oportunidad rara, preciosa, de, si quieres, no tener la menor idea de lo que vas a ver, antes de verlo. Más allá de ese delicioso escalofrío. Ese meter la mano en una caja sin saber qué habrá dentro.

Es la misma persona a quien le suceden, una tras otra, las películas.

Espectador, lo conocimos arriba, sentado en butaca de entresuelo, no ha visto todavía One Second, la película de inauguración. La verá cuando toque. Espectador se ha levantado temprano esta mañana, a las seis y media, porque a las siete sale el cine a la lonja y hay que pujar antes de que te quiten el título que quieres, que son todos, pero es que todo el mundo quiere todos.

Espectador se ducha a toda prisa.

A las siete menos cinco ya ha abierto el espacio de peticiones, que no responde aún, pero del que no puede salir, a riesgo de perder su lugar en la cola. Espectador ha elegido, al azar, cuatro películas. Sin saber cuáles son. Sin ninguna opinión preconcebida. Se hace trampa: de las cuatro, tres corresponden a la Sesión Oficial. Espectador, encantado, asume el riesgo de lo desconocido, pero no el de lanzarse al vacío. Más turista del cine que viajero, Espectador va sobre seguro.

Consulta. Las 8:30. Earwig.


Earwig . Lucille Hadzihalilovic

 

Sobre el papel, lo que a menudo tiene una película es que es libro. Viendo Earwig, Espectador se pregunta qué y cómo cuenta eso la novela de Brian Catling. Ya la directora ha advertido que a ella lo de la narración no le interesa. De hecho, prefiere que la narración la pongan quienes ven su trabajo. ¡Claro que pasan cosas! y cosas fascinantes pero, qué, no queda siempre claro. Espectador, que es persona de orden, reclama planteamiento, nudo y desenlace. Su propia vida se la refiere Espectador como una narración a la que, precisamente, narrarla da sentido. De la pintura, Espectador no quiere sino cuadros que le propongan una historia, de lo que Espectador deduce que lo que le gusta no es la pintura: son los cuentos. Otro tanto le ocurre con la música. Claro que, si no hay palabra, la música no cuenta nunca nada: es como el animal doméstico, a cuya mirada los sentimientos se los pone quien lo mira. ¡Anda, caramba!: Espectador dispone ahora de una clave: veamos Earwig como quien oye música. En Earwig las imágenes son especialmente poderosas. Magritte explicado al cine, pero en lo cotidiano de Magritte. Esa grisura. Esos verdes, marrones, mortecinos, ese difuminado belga. Es la Pauvre Belgique de Beaudelaire y la Bélgica a la que se refiere el preazraelista Rudi en Lanzarote de Houellebecq o el sepulcro blanqueado, Bruselas, de Conrad en El corazón de las tinieblas. Es Simenon. Y Bélgica, hoy, no es eso, mucho más divertida. La luz belga lo es. Es eso la luz belga. Una luz como de rebotica o de desván o de escalera estrecha. Abrigos húmedos que se dejan en la percha al entrar en el café y quedan allí, humeando, desprendiendo el tejido un vapor agrio. Encima, la película ni está ambientada en Bélgica. Estética e hipertrofia del sonido, asimismo muy cuidado, Earwig. Y personajes fuertes, inolvidables. Espectador se reconcilia con el día que empieza.


Eles transporten a morte. Elena Girón y Samuel M. Delgado

 

Al ser humano los viajes lo han traído siempre de cabeza. Véase Peckinpah y Quiero la cabeza de Alfredo García, documéntese Oscuro y Lucientes, de Samuel Alarcón, recuérdese el partido de polo en El hombre que pudo reinar, de Houston, léase El corazón de las tinieblas, de preferencia a Apocalypse Now (sin que esté mal ese viaje tampoco), éntrese en la Revolución Francesa o en la inglesa. Viajar enseña. Con Cristóbal Colón y las tres carabelas, España aprendió mundo. Aunque, al llegar los españoles al Nuevo Continente, al asentarse, iban más a enseñar que a aprender. Hinchada en las velas la cruz. Dicho lo cual, aprendieron de lo que allí había más que los ingleses, los franceses, los holandeses, pero cierto que estos a enseñar tampoco iban. Muchos, puritanos, hugonotes, a huir de la opresión a costa de quien fuese. Unos y otros, españoles, además, también, o portugueses: a llevarse todo lo que pudieran. Sangre y fuego y el filo de las armas.

La visión alucinada, los paisajes sobrecogedores (Herzog, tocado por la poesía), los sonidos, los silencios, el tiempo y las esperas. Lo que no se cuenta y se sabe y está. Espectador sale a la calle con los ojos detrás, mirándolo salir, prendidos todavía en la pantalla.

En la calle, Espectador se tropieza la noticia: seísmos en La Palma. ¿Habrá erupción? Abiertas. Siete bocas. Evacuación masiva. En las redes, alarma: se señalan culpables. “Esta erupción”, afirman, “ha sido provocada”. “Es el gobierno”. Presa del pánico, Espectador asalta la taquilla y se mete, de rondón (aún hay sitios vacíos), en la sala que le queda más cerca. El mundo es un pañuelo: coincide con la entrada programada. No logra concentrarse. Mañana será el día. El asfalto lo devuelve a los ríos de lava. Espectador recuerda que, justo, se ha traído, de Houellebecq, Lanzarote, en traducción de Javier Calzada y que, al final del libro, hay una descripción de cuando, en esa isla, “se abrió la tierra” el 1 de septiembre de 1730 y hasta el 25 de diciembre. Lee: “Un torrente de lava (…) se precipitó sobre Timanfaya, el Rodeo y una parte de la aldea de la Mancha Blanca (…) continuó su curso por las tierras del norte, fluyendo (…) con tal velocidad que parecía una catarata de aguas incandescentes”. Lee: “Ríos incendiarios, envueltos en espesísimas humaredas, surgieron de todas las fisuras abierta en las laderas de las montañas”. Lee: “se transformó en un brasero inmenso (…) detonaciones (…) resplandores azulados y rojos (…)”. Es la crónica del padre don Andrés Lorenzo Curbado, cura párroco de Yaiza. “¡Hay que ver lo bien que escribían los curas por entonces!”, murmura Espectador. Y se mete en la cama.


Krakatoa: East of Java. 1968. Bernard L. Kowalski.

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