Festivales de cine. Sitges II. Apoteosis de la impuntualidad

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VA SIENDO HORA

Dos años después, Espectador y quien escribe están de nuevo en Sitges.

Está usted en Sitges

En el confinamiento Espectador y quien escribe han aprendido a ser prudentes. Lo primero que intentan es no conocer a nadie. Se puede. El que a ti no te conozcan es más complicado. Conocerte lo hace gente que viene del pasado, el suyo, donde estuviste tú, pero ya no te acuerdas. A veces sí. Y peor: la memoria se aleja de los hechos cada día que pasa y, cuando esa señora te da una bofetada, cuando aquel hombre te besa entre sollozos, ellos saben por qué. Tú no lo sabes. Al pasado hace tiempo que no vas, así que ignoras qué está pasando allí, qué ha seguido pasando desde entonces. Los encuentros son un salto a lo desconocido, que te cae por su peso.

Notas de Festival.


Eloise. Barry Ryan. 1991 en la ZDF

Miras a la manzana y esta se desprende del árbol. Ley de la Gravedad y, además, por lo que hace que lleva allí, colgada.
Para el tiempo, un pasado cercano.
¿Te acuerdas de Eloise?
Eloise estuvo en Last Night in Soho, que se hizo, lo hemos señalado, para que la protagonista se llamara así y poner la canción. Aunque apenas se oye: irrupción breve y el volumen de la música bajísimo. De hecho, Espectador y quien escribe (no siempre están de acuerdo, en esto sí), se preguntan el por qué de tanta alharaca con la música de Last Night in Soho: están, sí, The Kinks, está Downtown, está La tierra de las mil danzas, está World without love. Pero Espectador y quien escribe quieren más. Quieren, con esas, otras. La maldición del tiempo. Easybeats, Hollies, Troggs, lo sustancioso de The Kinks: You really got me, All day and all of the night o, afín al tema de la moda, Dedicated Follower of Fashion. A Espectador y a quien escribe, lo que les gusta de Last Night in Soho es la película. Y Eloise. Aun amputada de la parte lenta. Aun no entendiendo lo que le dice el presentador a Arnold Schwarzenegger. Con Barry Ryan, se añora a Barry Ryan, de señor más mayor y manteniendo el tipo. Los que mejor se lo pasan: el batería y el dispensador de tubos, platillos, panderetas y timbales. No Arnold Schwartzenegger, que en ese momento ya no está. Arnold Schwarzenegger, que será el próximo año un icono de Sitges, Jorge Sanz y Nadiuska, Conan el bárbaro. Ese título que a Espectador le gusta y, quien escribe (hay fotos que los muestran a los dos en la sala), detesta casi tanto como Barbarella. ¿Por qué?: porque la ha visto. A quien escribe no le gusta que se sepa.


Barbarella. Roger Vadim. 1968

¡Que no pare la música!
Hay momentos en la vida de uno inconfesables. Esos son los que quedan. “¿No eras tú?” “Sí era yo”. En la butaca: Barbarella. El órgano sensorial. Hace cincuenta y tres años y contando. Por entonces, magnífica, Jane Fonda (“¡No la aguanto!”) Entonces, a mitad de pijama, Doris Day (“¡Peor, mucho peor!”).
El cuidado del cuerpo.
El optimismo americano.
Los libros de autoayuda.
La apariencia.


Belle. Mamoru Hosoda. 2021

¿Qué más da lo que seas?: “¡conviértete en quien eres!” En las redes. La existencia, un dibujo animado. El mundo de los like y de los followers. Un año después de Barbarella, el hoy estaba ya cantado. No era Eloise. No era All day and all of the night. Era Sugar Sugar.
“¡Me encanta Sugar Sugar!”, exclama Espectador.
(“¿Por qué te traigo?”)


Sugar Sugar. The Archies.1969

Con cinco mil millones de usuarios. “U”. O sea: tú. El universo paralelo de Belle. Agradable de ver, en cualquier caso.

Los reversos de Belle.


Limbo. Soi Cheng. 2021

Vértigo en la basura. En blanco y negro. Sórdida. Agobiante. Cruel. Ir a Sitges sólo para meterse en Limbo. Hay unas cuantas más. Pero sólo por esa. El vertedero omnipresente en el que se acumulan, también -y la cámara se detiene a mirarlas-, imágenes religiosas. El seco retrato de los personajes. La fuerza desesperada de la chica que cometió un error (el pasado no pasa). Lo angustioso de la persecución. No hay un momento de respiro. Se va al cine a sufrir, que es divertirse.


The Trip. Tommy Wirkola. 2021

Fin de semana en la casa de campo. La gente de ciudad viaja a matar el tiempo. Pero el tiempo no se deja matar tan fácilmente. En eso se parece el tiempo a las personas. Noomi Rapace, que convence allí donde la pongan. Aksel Hennie, el marido. Atle Antonsen, Christian Rubeck y André Eriksen, los visitantes de la noche anterior. Sucesión de peripecias, gamberrada sangrienta, en un juego de ingenio con aportes fétidos -esa escatología tan del gusto de quienes la celebran doblados por la risa-, donde todo ha sucedido ya cuando nos pasa.


Tres. Juanjo Jiménez. 2021

Supongamos una persona aquejada de desincronización. Con la rara dolencia de que, cuanto sucede, una voz, una palmada, un choque, ella lo escucha unos segundos después. Supongamos que esa dolencia se agrava y lo que eran segundos de retraso se convierte en minutos. Exponencialmente, tablero de ajedrez y granos de cereal en la cara del tiempo. Un minuto el primer día, dos el segundo, cuatro el tercero, ocho el cuarto, dieciséis el quinto. El sexto día son treinta y dos minutos lo que tarda en oír esa persona lo que sonó hace treinta y dos minutos. Supongamos una persona condenada a oír los ruidos y las voces que le llegan del pasado. En la tarde del día 32 habría retrocedido 2.500 años. Quien, la noche del día 31, escuchó a los romanos, oiría ahora a los griegos. Sabría cómo suenan el latín y el griego clásicos. El día 33, vencida la mañana, le hablarían los egipcios. Con suerte. Esto es: viajando. De Bolonia, Baelo Claudia, el 31, a Denia, Hemeroskopeion, el 32 y, de Denia, el 33, a Menfis, al ladito de El Cairo. Un guirigay de voces. Y tú, que no puedes moverte, porque, cuando te preguntan para dónde quieres el billete, vas a oírlo dentro de 1.800, o 2.500, o de 5.000 años. Supongamos que no sólo es oír: que con retraso ves lo que ya ha sucedido. Suplantándote siempre. Que te ves cuando entrabas por la puerta. Que en la puerta te ves viniendo por la calle. Que en la calle te ves saliendo de tu casa. Que en tu casa te ves en casa de tus padres. Que en casa de tus padres te ves en la clínica naciendo. Que, naciendo, ves a Heliogábalo, a Pericles, al faraón Menes (¡qué menos, donde estés, que una buena familia y buenas relaciones!) En la vida cotidiana, la broma no hace gracia. En la pantalla atrapa. En Tres sólo es sonido. Suficiente.
Con una historia familiar que, pese a lo estupendo de la madre, ¿qué le aporta?, Marta Nieto, arropada por Miki Esparbé, se enfrenta a la anticipación y a los retrasos: no pueden vivir los unos sin la otra. La palmada, un rayo y, desfasado, el trueno. De nuevo, como en Limbo, The Trip, Lamb, Nitram, Las Night in Soho, Espectador sale de Tres agradecido, mientras que quien escribe espera a que le llegue cuanto ha visto.
Espectador y quien escribe llevan dos semanas en Sitges. Según suben al coche de regreso a Madrid, escuchan“¡bienvenidos!”, violencia compartida, desperdicios, aldeas infantiles, Eloise, la madre del cordero, el turismo en canal, Nitram al alucílep donde desde el principio ya nada puede hacerse.
Se ven, los dos, llegando. A Sitges.
Y uno, que los conoce. Y que los para.

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