Fuck the children

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Pues parece que sí. De forma inexplicable y un pelín masoquista me sorprendo una vez más a mi misma sentada junto a otros 228 desgraciados en un avión de Lufthansa que se dirige a Beirut. Mi última adquisición para que el cerebro alterne los insultos con la capacidad de raciocinio se llama “Die Kunst des klaren Denkens”, o lo que es lo mismo, “El arte de pensar claro”, una práctica poética oxidada y sepultada bajo la ciénaga libanesa en la noche de los tiempos. El primer capítulo, titulado “Por qué debería usted visitar cementerios”, explica cómo sobrevaloramos a menudo las probabilidades de triunfo cuando la vida nos demuestra de forma abrumadora que los proyectos fallidos tipo pequeños países mediterráneos escindidos de la gran Siria y los hijos que intentan emular en vano a un padre reventado en un bombazo cualquiera de un día de san Valentín son una constante que se repite una y otra vez. Siempre sin éxito. Es mejor no hacerse ilusiones. Ahí está mi país, este y el otro, para recordarnos que no se nos has enseñado a fracasar dignamente.

 

El vuelo resulta una completa pesadilla rodeada de niños que chillan y berrean como si los llevaran a un campamento de pensamiento libre en Tel Aviv o Teherán. Tropiezo con las colosales tetas de la madre de uno de los infantes taponando el pasillo del avión, esas inmensas ubres alimentadas a base de pollo hormonado y que impiden ver, además de la puerta de los retretes, el futuro inmediato, cegados por el fulgor de pedrería resplandeciente que sale de las zapatillas de su hijo. Algunos hombres que ven en la estridente criatura la única posibilidad de seguir mandando a su secta al matadero, sonríen con benevolencia a un repelente chaval que ya tiene edad como para estar quemando neumáticos a la entrada del aeropuerto de Beirut.

 

Acaricio en mi mente un viejo proyecto abandonado hace tiempo y que un día me propuso un amigo: fundar la ONG “Fuck the children”, un proyecto caritativo y humanitario, un bien necesario con el que apadrinar a cualquier pobre ciudadano de a pie que se vea obligado repetidamente a aguantar a los infantes mocosos, caprichosos y tocacojones de los otros. La mujer de la fila contigua y su aplicado marido, que le hace carantoñas a un bebé porque en un avión no hay espacio suficiente como para reanudar las luchas sectarias, se congratulan como si les hubiera caído un regalo del cielo, ignorando por completo que sus nenes, más que una bendición, causan más molestias a los pasajeros que cinco plagas bíblicas. La mujer se siente orgullosa, en menos de 20 años su pequeño Ali ejercerá de padre de una prole de desnutridos crónicos con un vital cometido en la sociedad: ser protagonistas de alguna reyerta entre varias familias de descerebrados que termine en los titulares de los periódicos con treinta y cinco muertos y un análisis de la prensa extranjera culpando a Bashar al Assad de querer exportar el raquitismo, la proliferación de armas y el conflicto sirio al Líbano.