Hablemos de dinero (y del periodismo de investigación). El ‘caso Theranos’ y la caída de Elizabeth Holmes

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Buscarle un sentido a la vida

Todo empieza y termina en Elizabeth Anne Holmes (Washington, 1984), descendiente por parte de padre de los Fleischmann, una de las familias más ricas de los Estados Unidos a comienzos del siglo XX. Su tatarabuelo, Christian Holmes, creó el Hospital General de Cincinnati. Así, Elizabeth heredó genes empresariales y médicos. Lo que va a ser determinante en esta historia.

Al poco de ingresar en la universidad de Stanford (y contra la idea de su padre que era la de que se sacara un doctorado), Elizabeth decide dejar los estudios y dedicar todos sus esfuerzos a montar su empresa (incluso deja al novio que tenía por aquella época, diciéndole que necesita todo su tiempo para su proyecto). Se llamaría Theranos y su idea era la de comercializar un dispositivo que, con una sola gota de sangre, fuese capaz de detectar múltiples enfermedades.

Le llamaron el “Edison”.

Básicamente se trataba de que el paciente pudiera tener en su casa una suerte de cartucho (del tamaño de una tarjeta de crédito gruesa) en el cual debía colocar la muestra de sangre. El cartucho se insertaría en una máquina más grande llamada lector y, de ahí, se obtendría un resultado que, a través de la antena que tendría el lector en su interior, sería enviado al ordenador del médico de cada paciente, en aras de que este pudiese realizar los ajustes necesarios en la medicación. La promesa de Holmes era que, con una sola gota de sangre, su sistema sería capaz de realizar múltiples pruebas de diferentes enfermedades y a un precio muy asequible.

La base del negocio no era tanto la venta de estos dispositivos como el intento por ceder la tecnología a las empresas farmacéuticas y generar ingresos rápidamente. Resumiendo: toma el dinero y corre.

Gracias a las conexiones familiares, la adolescente de 19 años consigue recaudar, en un tiempo récord, seis millones de dólares de diversos inversores para este primer proyecto.

Estamos a finales de 2004.

La estrategia de Elizabeth fue la de rodearse de viejos hombres de negocios, muchos de ellos con conexiones políticas de alto nivel. A la larga, pensaba, le serviría para eludir las regulaciones de la FDA (la agencia del gobierno de los Estados Unidos responsable de la regulación de alimentos, medicamentos, cosméticos, aparatos médicos, productos biológicos y derivados sanguíneos).

Que nadie sepa lo que hace el vecino, solo yo

La megalomanía de Elizabeth Holmes, decidida a triunfar en la vida a cualquier precio y rápido (y siguiendo el consejo de su padre de darle con ello algún sentido a su vida), se manifestó ya bien desde el comienzo de su empresa Theranos. Solo ella tenía una visión completa del sistema. A los grupos de investigación (que funcionaban en paralelo) no se les incentivaba a que se comunicaran entre ellos; trabajaban de manera independiente. A Elizabeth le gustaba que la información estuviera compartimentada.

El departamento de ingeniera funcionaba 24 horas al día siete días a la semana. Comienza enseguida la rivalidad entre los equipos de trabajo. La gente se quema y se va. Holmes comienza a amenazar a aquellos que marchan o son despedidos, por miedo al robo de propiedad intelectual, por miedo a que difundan información interna (verdadera) de la compañía.

Quiero ser como mi ídolo

Elizabeth quiere emular a su ídolo, Steve Jobs. Contrata a extrabajadores de Apple. Lo imita: vestía casi todos los días con pantalones y un jersey de cuello alto negros. Y para rematar convence a Avie Tevanian, uno de los amigos más antiguos y cercanos de Steve Job, para que invierta en su empresa, Theranos, un millón y medio de dólares.

Como Jobs, su ideal de vida siempre había sido el de dormir poco y trabajar mucho.

Pero, os preguntaréis, ¿dónde está el truco? Porque por el momento Elizabeth no tenía más que un dispositivo que ni estaba aprobado por el gobierno para ser comercializado ni tampoco había sido comprobada su eficacia con estudios contrastados. Pues bien, lo que hacía Elizabeth era presentar a los inversores proyecciones de ingresos muy optimistas que nunca se materializaban (ni materializaron). Y juega con las apariencias: la empresa se muda a principios de 2008 a un caro edificio de Palo Alto. Y, más tarde, al edificio donde habían estado las oficinas de Facebook.

Las apariencias lo son todo en el mundo de la ideología californiana.

Pero, aún más, os preguntaréis, ¿cómo hacía Elizabeth Holmes para que los inversores se convencieran de su sistema? Pues muy fácil, trucaba los resultados. Cada vez que hacía una demostración para inversores o potenciales clientes traía ya los resultados óptimos, que había cocinado previamente para que dieran los valores esperados.

Otro de los trucos a los que recurría Theranos era el de procesar las muestras no en su prototipo sino de manera tradicional, en la maquinaria clásica de los laboratorios corrientes, o sea, que era tarea de terceros y no de su empresa. Al fin, el número de pruebas que ofrecía el prototipo era ínfimo.

Pero sucede que no todos estaban contentos con este estado de cosas y surgen las dudas. Así, la gestión de Elizabeth Holmes (consejera delegada de la empresa en este momento) comienza a ponerse en cuestión: a los accionistas les disgusta su secretismo, su inexperiencia, que los deje a un lado. Por ello le quitan su puesto de directora ejecutiva. Mas entonces se produce el gran truco de magia que será la tónica de la carrera de Holmes: se reúne dos horas con los accionistas y logra convencerlos de que cambien de opinión. A decir de John Carreyrou, autor de Mala sangre (Capitán Swing, 2019) es que “tenía esa manera intensa de mirarte mientras hablaba que te hacía creer en ella y desear seguirla”. Ejem.

Holmes aprovecha para afianzar posiciones: pone a trabajar en Theranos a su novio, Ramesh Sunny Balwani, como ejecutivo de alto nivel. Un tipo de fuerte personalidad, y no particularmente agradable, con un estilo de gestión provocativo y agresivo. Fanfarrón y condescendiente con los empleados, el ambiente se vuelve irrespirable, conspirativo y de constante intimidación. A Elizabeth, Balwani le sirven de brazo ejecutor.

Una coyuntura favorable

Y entonces llegamos a 2010, cuando Estados Unidos seguía padeciendo las devastadoras consecuencias de la crisis financiera, pero sin embargo ve desatarse un nuevo auge tecnológico. Un boom que no se entiende sin los bajísimos tipos de interés, obra de la Reserva Federal para rescatar la economía. Y el dinero de los inversores (que ya no encuentran rédito en las inversiones tradicionales) comienza a fluir hacia las startsups de una manera desaforada, coyuntura que Holmes aprovechará sobradamente hasta recaudar 165 millones de euros para su empresa.

Pero el prototipo de Theranos no funciona. Los datos no son fiables, además la extracción de sangre debe hacerse aun de manera tradicional (extrayéndola del brazo). Así que Holmes decide intentarlo con otro prototipo, al que llama el “minilab” y que debía incluir en un pequeño espacio un espectrofotómetro, un citómetro y un amplificador isotérmico. El único valor de este prototipo habría de ser su pequeño tamaño, pues ya existían analizadores de sangre portátiles en el mercado. Pero este prototipo tampoco funcionará nunca (y las promesas iniciales de Theranos de realizar múltiples análisis con una sola muestra pequeña continúan siendo eso: promesas).

La muerte de Steve Jobs

A pesar del esfuerzo titánico de los equipos de investigación de Theranos, el minilab sigue sin funcionar adecuadamente; da resultados incorrectos. Es impreciso.

Pero Elizabeth Holmes sigue con su huida hacia delante.

Para ello contrata a la agencia Chiat/Day (la misma que trabajaba para Apple) por un anticipo anual de seis millones de dólares, para que les confeccione una campaña de mercadotecnia: identidad de marca, página web y una aplicación para teléfonos inteligentes antes del lanzamiento comercial de sus servicios de análisis de sangre. Las reuniones creativas con la agencia, de hecho, se celebran los miércoles (el mismo día que lo hacía Apple).

Como el minilab no estaba listo para ser comercializado vuelven a su prototipo inicial, el Edison, que presentaba, empero, los mismos problemas. El velo sedoso y brillante, espectacular del marketing, piensa Holmes, vendrá a compensar lo que el producto es incapaz de ofrecer.

Y llega el día del lanzamiento. Y lo mismo: el dispositivo sigue sin funcionar correctamente. Así que deciden engañar a sus potenciales clientes. La empresa sale a ofrecer servicios comerciales con un producto que no solo no funciona, sino que no ha sido autorizado por las autoridades reguladoras competentes, ni tampoco ha sido probado eficazmente y garantizada su fiabilidad con ningún estudio científico válido.

Theranos comercializa un producto cuyos resultados (que tienen que ver con la salud de los pacientes, no se olvide) son, cuanto menos, problemáticos (la desviación de los resultados con la realidad era, en ciertos casos, dramática, y peligrosa; sobre todo en los casos de enfermedades contagiosas –sífilis, hepatitis, etcétera–). Además, apenas el 10% de los tests se analizan en el Edison, el resto se mandaban al laboratorio y se realizaban con maquinaria convencional de Siemens que Theranos había comprado e instalado en su laboratorio. Y, en muchas ocasiones, diluían las muestras de sangre para obtener la mayor cantidad que requieren las máquinas convencionales de laboratorio para obtener resultados.

El altavoz de la prensa

Elizabeth Holmes niega la mayor y, frente a sus empleados díscolos, adopta la táctica de “o conmigo o contra mí”. Y despide a todo aquel que ponga en duda el prototipo de Theranos y les amenaza y advierte de que tienen prohibido hablar de la empresa en ningún ámbito (para ello se cubre las espaldas con unos abogados carísimos).

Como siguiente paso en su campaña de imagen de empresa consigue, a través de George Shultz, ex secretario de Estado y que será quien firmará el artículo, el compromiso del Wall Street Journal de publicar un texto laudatorio de su figura y su empresa. Shultz, quien, por cierto, era miembro de la junta directiva de Theranos, la presenta como “la nueva Steve Jobs o Bill Gates”.

Theranos pasa ipsofacto a tener una cotización de seis mil millones de dólares.

Se convierte en un unicornio.

El sueño de Elizabeth Homes se ha cumplido. ¿Qué más da que no funcione correctamente su prototipo? ¿Qué mas da que el Edison no cumpla con las promesas que vende Theranos? Ya funcionará, algún día. Eso es lo que piensa Elizabeth: fake it until you make it.

Al artículo del Journal le sigue uno de portada en Fortune (con el lema “Esta directora ejecutiva está sedienta de sangre”), otro en Wired y uno más en Forbes. A los dos meses sería portada de la edición nacional de Forbes. Y de ahí al USA Today, Inc., Fast Company y Glamour. Además de meterse en los bloques informativos de la NPR, Fox Business, CNBC, CNN y CBS News. La revista Time la nombra una de las cien personas más influyentes del mundo, el presidente Obama la nombra embajadora de los Estados Unidos para el emprendimiento global y la Facultad de Medicina de Harvard la invita a unirse a su prestigioso consejo de miembros.

Elizabeth se sirve de la prensa para crear su mito: cuenta que un tío suyo murió de cáncer, habla sobre su fobia a las agujas (“uno de los miedos humanos elementales, por encima del miedo a las armas y el miedo a las alturas”) y repite una vez tras otra su mantra de que los análisis tempranos de sangre de Theranos (y sin más necesidad que una sola gota extraída de la yema del dedo) iban a garantizar que “nadie tendría que despedirse de sus seres queridos demasiado pronto”.

La gente compra su historia, se emociona con una chica que con 19 años fue capaz de crear una empresa ahora billonaria y que va a –supuestamente– revolucionar la sanidad norteamericana. Los datos, al fin, parecen lo de menos. Nadie los cuestiona (ni apenas se pregunta por ellos).

La conexión emocional con Ellizabeth Holmes (primero de los inversores y ahora del público) obra el milagro.

El artículo que lo iba a cambiar todo

Pero entonces aparece un artículo en The New Yorker que lo iba a cambiar todo (se publicó el 15 de diciembre de 2014); artículo que iba a acabar con los sueños de Elizabeth Holmes.

Y lo que pasó es que lo leyó un bloguer llamado Adam Clapper, un patólogo en ejercicio en Columbia (Misuri), que pensó que todo era demasiado bueno para ser verdad. Que con una sola gota de sangre extraída por un pinchazo en la yema de los dedos resultaba poco creíble que se pudieran hacer los montones de pruebas que aseguraba Theranos, pensó. Por ello, Clapper escribió un post donde dejaba en evidencia a Theranos: su base científica se basaba en un único análisis de sangre realizado en un total de seis pacientes, publicado en una revista online, dijo (y pagado por Elizabeth Holmes, quien además firmaba el artículo).

Richard Fuisz era vecino de toda la vida de los padres de Elizabeth y, al saber de la startup de esta y tras visitar su página web (siendo un médico experimentado) se había dado cuenta de que al dispositivo de Theranos le faltaba un mecanismo incorporado que alertara a los médicos cuando los resultados fueran anormales. Y lo patentó. Theranos le había demandado y finalmente Fuisz hubo de claudicar. Pero Fuisz era un hombre rencoroso y no olvidaba nunca los agravios. Así, tras encontrar el post de Clapper se puso en contacto con el exdirector de laboratorio de Theranos, Alan Beam (quien se había marchado de Theranos en muy malos términos) y juntos fueron a dar con John Carreyrou, del Wall Street Journal.

Carreyrou se pone a investigar, pero se encuentra con intimidaciones, con abogados que obstruyen su trabajo y amenazan a sus fuentes y con la negativa de Holmes a concederle una entrevista. Incluso un día se topa con un artículo de la propia Elizabeth Holmes en su periódico jactándose de que el instrumento de Theranos había pasado la aprobación de la prueba del herpes de la FDA (una prueba que apenas se realizaba). Pero esto tenía su explicación: debido al cortafuegos entre las secciones de noticias y la editorial, sus compañeros no sabían que estaba trabajando en un gran reportaje de investigación sobre la empresa. Theranos celebra esta pequeña victoria como si fuera un gran éxito.

Y una nueva paradoja. Rupert Murdoch, el magnate de los medios que controlaba el Wall Street Journal a través de su matriz, News Corporation, se había convertido en accionista de Theranos. A él se le había unido el mexicano Carlos Slim o John Elkann, industrial italiano que controlaba Fiat Chrysler Automobiles, entre otros muchos accionistas.

En total y en este punto, tras una década de vida, Theranos había recibido casi mil millones de dólares de dinero procedente de sus accionistas. La empresa estaba valorada en nueve mil millones de dólares y Elizabeth Holmes era propietaria del 50%; esto es, su fortuna estaba valorada en 4,5 mil millones de dólares. Daba trabajo en Theranos a más de ochocientas personas.

Parecía que Carreyrou no iba a ser capaz de finalizar con éxito sus investigaciones, ni de luchar contra este monstruo.

Pero lo consigue y, después de muchos meses de indagaciones, descubre los engaños e irresponsabilidades de Theranos y se consuma el escándalo, debido al último error trágico de Elizabeth Holmes al negarse a hablar con Carreyrou (y, sin embargo, estar concediendo entrevistas a muchos otros medios nacionales, lo que colma la paciencia del periodista de investigación). Pues lo que hace esta es mandarle, por el contrario, una falange de abogados que se reunieron con Carreyrou, su editor y un abogado del periódico en las oficinas del Wall Street Journal. La reunión que duró cinco horas. Estaba claro que si necesitaban una defensa legal (e intimidatoria) de tal calibre es que Carreyrou iba por buen camino y que algo estaba escondiendo Theranos. De haber hecho Elizabeth Holmes en este punto alguna declaración admitiendo al menos una parte de culpa en el engaño quizá pudiera haber salido airosa y salvar su empresa. Pero no lo hizo (pues se creyó capaz de disuadir a Carreyro con sus estrategias primero de evasión y luego de intimidación).

El artículo del periodista de Wall Street Journal se publica el 15 de octubre de 2015 con este titular: ‘Las dificultades de una empresa respetada’. Revelaba Carreyrou en el texto que Theranos ejecutaba la mayoría de sus pruebas en máquinas convencionales, que la empresa estaba llena de chanchullos con las pruebas de validación, planteaba serias dudas sobre la precisión de sus dispositivos y, por último y más importante, evidencia que la empresa había colocado a sus pacientes en un importante riesgo médico, debido a la falibilidad de sus resultados, que indicaban al médico que debía recetar unas soluciones que no eran las adecuadas. La historia, como señala el propio Carreyrou, “provocó una tormenta de fuego”.

Theranos intentó contraatacar con varias notas de prensa, al estilo de una “negación sin negación”, pero la historia era ya un escándalo en toda regla. A la voz crítica de Wall Street Journal se le unieron otras de figuras prominentes de Sillicon Valley. Elizabeth Holmes, en un acto desesperado, esgrime la carta del sexismo, asegura haber sido agredida sexualmente cuando era estudiante en la universidad y acusa a Carreyrou de misógino (y lo hace, encima, en contra de la opinión de sus asesores). Craso error.

Al final, a Holmes no le queda más remedio que admitir que sus análisis de sangre no eran fiables. Entonces entra en juego la oficina del Fiscal de Estados Unidos que abre una investigación criminal. Y la FDA les prohíbe que usen comercialmente sus dispositivos y clausura sus laboratorios.

Fingirlo hasta conseguirlo (o no)

Aun habría de tener una última oportunidad de redimirse. Elizabeth Holmes intervino en la reunión anual de la Asociación Americana de Química Clínica (ACCC). Ya no vestía con jersey negro de cuello alto. Al ver cómo se le señalaba que las capacidades de su prototipo estaban muy por debajo de las afirmaciones originales que ella había formulado, ni se disculpó ni admitió culpa alguna. Al abandonar la convención alguien le gritó: “¡Has hecho daño a la gente!”. Ella ni se inmutó.

Comienzan a aparecer los artículos críticos. Y sus accionistas comienzan a demandarla.

Holmes y su exnovio, Balwani, se enfrentan ahora a una petición de cárcel de hasta veinte años.

En cuanto a Theranos, se quedó sin dinero en septiembre de 2018 y se disolvió.

Este caso sirvió para que a los empresarios de Sillicon Valley les quedara un mensaje claro: “ya no se tolerarían faltas de conducta graves so pretexto de innovar”.

Rupert Murdoch nunca interfirió en las investigaciones de John Carreyrou. A pesar de que podía haberlo hecho, a pesar de que era su dinero el que estaba en juego, como accionista de Theranos. Pero no lo hizo.

Tan sonado fue su caso que en 2019 la HBO le dedicó un documental: The Inventor, out for blood in Sillicon Valley.

La conclusión de esta fábula moral es que, en ciertas ocasiones, y contra todo pronóstico, el periodismo de investigación es (todavía) posible. Y la verdad sale a la luz.

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