¡Hagamos política, dejemos en paz la moral!

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Los dos meses que tenemos por delante en nuestro país van a ser eminentemente políticos. Difícil será abstraerse de esa necesidad. Puesto que a los ciudadanos se nos planteará juzgar y decidir el voto, vale la pena que sepamos orientarnos. Lo que sigue a continuación no es sino alguno de los aspectos que tomo en consideración para saber qué hacer, y que someto a los lectores por si lo consideran oportuno.

 

Los dos meses que tenemos por delante en nuestro país van a ser eminentemente políticos. Difícil será abstraerse de esa necesidad. Puesto que a los ciudadanos se nos planteará juzgar y decidir el voto, vale la pena que sepamos orientarnos. Lo que sigue a continuación no es sino alguno de los aspectos que tomo en consideración para saber qué hacer, y que someto a los lectores por si lo consideran oportuno.

 

Creo que hay una confusión permanente entre moral y política que no ayuda a determinar con claridad los criterios con los que juzgamos. Maquiavelo fue el primero en llamar la atención acerca de que se trataba de dos territorios diferentes. Va por delante que Maquiavelo no era maquiavélico: ni un aprovechado, ni un maquinador, ni un oculto pergeñador de trampas y emboscadas. El sentido de la palabra “maquiavélico” fue inventado por la Iglesia Católica para defenderse del que consideraba un enemigo temible. En efecto, Maquiavelo deseaba hacer entender que la política era un arte propio, que precisaba gobernantes conscientes de querer ejercerlo y que había que separar, en la Italia del siglo XVI, a los hombres religiosos de las esferas del poder político.

 

La moral, nos dice Maquiavelo, habla del bien y del mal, de la felicidad, de las virtudes y de los vicios. La política en cambio habla de la vida compartida, de las reglas de convivencia, de las iniciativas públicas, de la construcción de las comunidades. Las virtudes del ser humano moral no pueden ser las mismas que las del humano político. Y su argumentación, como nos descubre Hannah Arendt, es muy poderosa: el bien, para serlo, ha de ser invisible; en cambio la política se basa en una exposición pública permanente. Si un político hace una buena acción (en términos morales o religiosos), esta no debe ser hecha pública, de lo contrario entra dentro de un juego de intereses.

 

Sin embargo, hemos dejado de lado esta reflexión de Maquiavelo cuando en los debates de hoy en día, a propósito de los humanos que hacen política, ponemos por delante determinadas condiciones morales. Ya no son las mismas de las que hablaba la Iglesia Católica en tiempos de Maquiavelo, pero siguen siendo morales. Queremos saber si son buenos políticos, pero los juzgamos con arreglo a virtudes morales: para unos será importante que sean simpáticos, agradables y bien intencionados; para otros que sean brillantes e incisivos.

 

No propongo que nos situemos en el lado opuesto a la consideración de las personas concretas que hacen política, esto es, que digamos que lo único importante es el programa y que da igual quien lo aplique. Decir que los políticos no deben ser juzgados moralmente no significa que no tengan que tener virtudes políticas. Pero eso, como dice Gramsci, “políticas” y no “morales”. Y la principal virtud política es que el político sepa llevar a cabo en la acción aquello que se propone, que sea eficaz, que logre sus objetivos.

 

Muchos periodistas se inclinan por el modo moral de valorar. Para muestra, las opiniones vertidas en torno al debate Iglesias/Rivera con Ébole en Salvados. Gustó más Rivera porque más arrollador, rápido, seguro de sí mismo; menos Iglesias porque más pausado, más reflexivo, más serio incluso. Entre los dos -parecen decirnos-, Rivera está más cerca de encarnar la figura del presidente del Gobierno que Iglesias.

 

Los periodistas en general confunden el aparecer con la apariencia. El político se muestra en la esfera pública, se expone a ser juzgado por lo que dice, por lo que hace a la luz de todos: y en eso consiste el aparecer. La apariencia del político, su revestimiento externo -simpático, brillante, incisivo, etc- no puede tener la misma importancia que sus acciones. Sería como confundir la foto fija con el movimiento.

 

El mejor presidente del Gobierno será aquel político que sepa gobernar en el interés de la mayoría. Eso lo dicen dos cosas: el programa y la personalidad política, la eficacia personal en llevar adelante el programa. Los periodistas tienen que ser rápidos y lo más rápido es quedarse con la foto del momento. Los votantes podemos ser más reflexivos y tenemos el tiempo de analizar las imágenes en movimiento, o sea la película entera.

Maite Larrauri es escritora y profesora jubilada. En FronteraD, donde mantiene el blog Filosofía para profanos. Libros de fronterad ha editado (con dibujos de Max) ocho libros: El deseo según Gilles Deleuze, La creación según Henri Bergson, La felicidad según Spinoza, La creación según Henri Bergson, La libertad según Hannah Arendt, La amistad según Epicuro, La guerra según Simone Weil, La educación según John Dewey y La potencia según Nietzsche, distribuidos por Librerantes. Este artículo inaugura una nueva serie de reseñas que aparecerán en su blog con el título Para leer el mundo.