Henry Churches

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«Shou Fi Bi Lebnen?”, y que significa algo así como “¿Qué hay en Líbano?”, es la última campaña de este país para intentar atraer algo de turismo en lo que resta de verano. Pues sí nos preguntamos todos al unísono, ¿qué hay en Líbano aparte de mierda por un tubo en los arcenes y desguaces, auténticos mojones arquitectónicos y sirvientas apaleadas?, ¿qué hay además de animales de bellota con Hummers preparados como si fueran a cazar antílopes por la sabana africana?, ¿qué hay aparte de memas que miran su iphone con la misma profundidad con la que Rimbaud oteó los mares que lo llevaron del melancólico puerto de Livorno a Adén…? Pues hay conciertos como el de nuestro Enriquito Iglesias, que aunque no sea libanés, se le paga para hacer creer a sus chillonas admiradoras que es un orgullo haber nacido aquí.

 

Enrique se las mete en el bolsillo en cuestión de minutos, es un tío simpático, dice que la Kurni lo ha dejado y que está dispuesto a todo para regocijo del público mariquita que lo jalea, se fotografía el paquete, de entre toda la caterva de melones desaforados elige subir al escenario a un nerviosísimo chico al que le tiemblan las manos solo de sujetar el mismo micro que su ídolo y afirma, el muy cabrón, que las libanesas son las mujeres más guapas del mundo, aunque sean tan caras de mantener. Saluda tímido con la manita, como si aún no supiera que al 70% del público le chorrean las bragas y el otro 30% ansía que le siente la gorra igual que a él. En persona no produce la decepción de otros famosos quienes por su tamaño y peso parecen recién salidos de un centro de detención de Damasco.

 

El público masculino heterosexual no se sabe muy bien que pinta allí, resulta desconcertante verlos decir “We love you Enrique”, con su bronceado perfecto y sus ojos verdes, se saben las letras de memoria, y ponen cara de que huele a sudor… ¿Pero cómo coño van a hacer estos una primavera árabe…? La inmensa mayoría de los asistentes tiene menos de 20 años, grita, lloriquea, se sienten extraños, todos nos sentimos extraños al oír bajo la luna “cómo me gusta Beirut”, como si Beirut pudiese ser el nexo de unión de todas aquellas personas con sus pasaportes franceses, brasileños, australianos, canadienses y sus denodados intentos de no parecer árabes. Beirut suena a palabra hueca en las noches de verano, un artificio para designar algo que no existe: el sueño de ser libanés.

 

Los miembros de seguridad tienen que abrir un pasillo para evacuar a las primeras desmayadas cuando comienza a cantar el pegadizo “Tonight I´m fucking you”. Hay más lipotimias que cuando Hassan Nasrallah anunció en 2006 que le habían ganado la guerra a Israel, las gradas, hasta los topes, se vienen abajo. Mi amiga, contenida hasta el momento ante la presencia de su hijo pequeño, se lleva la mano a la cabeza en señal de reverencia y pronuncia un entregado “Alarasi”, a tus pies, tras cada fucking you que repite el Iglesias.

 

Enrique se despide protegido por el ejército libanés, que tanto sirve para dirigir el tráfico como para no poder matar a gente armada que da por el culo en los checkpoints y amenaza la estabilidad del país. Promete volver pronto. Beirut, o lo que quede de él, lo recibirá con los brazos abiertos.