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‘Hilo de fuego: de Albores. Suite flamenca’ o el hilo que tira del público


'Hilo de fuego: Albores. Suite flamenca' de Carlos Rodríguez Ballet Flamenco Company - Veranos de la Villa - Foto de Beatriz Mexi Molnar
‘Hilo de fuego: de Albores. Suite flamenca’ de Carlos Rodríguez Ballet Flamenco Company – Veranos de la Villa – Foto de Beatriz Mexi Molnar

No hay duda de que Carlos Rodríguez es la nueva estrella de la danza española. Por eso la noche del estreno absoluto de Hilo de fuego: de Albores. Suite Flamenca en el Patio del Conde Duque de Madrid en los Veranos de la Villa, allí estaban todos y todas los que pitan en la danza española, a pesar del calor, de ser verano y del puente del quince de agosto.

Y se entiende este fervor de los grandes que allí se encontraban, estén o no todavía en activo. Pues este coreógrafo trabaja con un cuerpo de baile magnífico. Del que gusta ver bailar. Y de los que hacen que al espectador le guste ver bailar, porque se les ve disfrutar.

También porque su innovación, si se habla de la parte de danza española, no es tanta. No es de la radicalidad de un Israel Galván o de una Rocío Molina, por poner dos ejemplos claros. Ni siquiera de Manuel Liñan, al que quizás se acercaría más.

Lo suyo es más la de la danza española en contraposición a la danza contemporánea, al menos en este espectáculo. Esto no quiere decir que la escuela bolera de estas coreografías no tenga pasos contemporáneos a pie de página, por así decirlo. Los hay y están bien integrados. Incluso, a veces, bailan sin calzado y hay momentos de conjunto que cada uno parece bailar a su bola, como si se hubiera deconstruido.

También es contemporáneo en el aspecto dramatúrgico. Un aspecto que cada vez tiene más protagonismo o peso en las coreografías de todo tipo. Pero sobre todo en las flamencas y en las contemporáneas. Y que explican, por ejemplo, ese discurso inicial de la segunda parte del espectáculo tan complejo sobre el yo, el otro y la transformación.

Con todo eso hace un espectáculo que se ve bien. Que por momentos entusiasma. A pesar de que el sonido no estuvo fino en general y alguna vez los bailarines quedaban fuera de foco o descuadrados, algo que resolvían con rapidez y sencillez.

En cualquier caso, no son pocas las veces a lo largo del espectáculo que el público no puede resistirse y aplaude. Destacando por encima de todas las cosas los bailes de conjunto. Aunque, de nuevo, hay solos que también consiguen arrancar arsas, oles, y, al estilo de la ópera, gritos de ¡brava! dirigidos a alguna que otra bailaora.

Al lado de esos bailarines, vestidos de negros, ocres y, a veces, con toques de rojo, la coreografía contemporánea pierde su fuerza, aunque está perfectamente ejecutada por uno o dos bailarines vestidos como púgiles de boxeo. Unas veces por la presencia del conjunto bolero. Otras por la contundencia de la danza española. Y otras por el uso funcional que se hace de su presencia, para mover y reunir batas de cola, colocar hilos, poner y retirar farolas en el escenario.

Con todo esto se cuenta el descubrimiento del personaje protagonista de su diferencia. El bailarín vestido de boxeador cuya forma de vestir y moverse tanto contrasta con la forma de vestir y moverse del resto del cuerpo de baile. Porque lo suyo es la danza contemporánea cercana al street dance, y lo de los otros es la danza española de toda la vida.

Una diferencia trágica. Ya que lo habitual, el emparejamiento entre hombres y mujeres para bailar, o la pertenencia a los grupos de uno de los dos géneros le es vedado. Su forma de bailar en la vida es muy distinta. Una forma que en esta coreografía adquiere la radicalidad de la danza contemporánea, frente al relativo clasicismo de la escuela bolera o del flamenco que se ve en escena.

Tanto que a veces la coreografía parece hecha para mostrar la dificultad que tiene el protagonista para ser entendido y aceptado. Y, también, de entenderse y aceptarse. Como en esa escena en la que una bailaora flamenca arranca en una esquina el aplauso del público por su energía y su forma de mover el mantón, y el protagonista muestra sus dudas. Y es que él sabe o intuye que baila un palo muy diferente de los que tiene alrededor.

Es ahí donde entra la leyenda del hilo rojo al que se refiere el título del Hilo de fuego y, en concreto, su primera parte, de Albores. Un mito asiático según el cual todo el mundo tiene un hilo rojo que le ata o conecta unívocamente a otra persona. Y que el imaginario mortalmente romántico occidental ha traducido que al otro lado del hilo se encuentra la persona a la que se ama y la persona que te ama.

Un hilo del que ha tirado tanto sin encontrar el final que ha llegado a acumular el suficiente para que cubra y rebose por el sillón de orejas donde se sienta solo a imaginar y crear coreografías flamencas o boleras a partir de la tradición, a la que estaría unido por otro hilo rojo. Unas coreografías que le hacen formar parte y confundirse con el elenco, de tal manera que no llama la atención en las fotos del conjunto, una imagen colorida pero deudora de Afanador.

Coreografías como la que cierra y pone fin en punta a un espectáculo de quien tiene algo más que maneras en lo que hace. De alguien que tiene la necesidad de contar a través del baile y la capacidad para hacerlo.

Una necesidad lo suficientemente talentosa como para arrastrar a buenos músicos, cantantes y bailarines a un proyecto como este. Involucrarlos durante los nueve meses, casi un parto, que ha llevado su preparación. Y también para sentar en el patio de butacas a un puñado de profesionales muy reconocidos en su estreno.

Aunque, tal vez, lo mágico sea que casi se llene un espacio tan grande como el Conde Duque en plena ola de calor y en un largo puente, para ver un nuevo espectáculo de danza española. Un estreno absoluto del que apenas se sabía nada excepto que es lo nuevo de la Carlos Rodríguez Ballet Flamenco Company. Parece que eso le bastaba al respetable para comprar las entradas y no perdérselo.

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