Hojas en agosto

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El amor no me volvió. Oh, qué lejos queda el amor de la envidia, del miedo, de la rabia. Qué poco necesitan del amor los hombres. El amor regresa cuando ya han renacido los demás sentimientos humanos.

 

 

El cielo es azul. El amor no mueve el mundo. Agosto es el primer mes de otoño. No tengo forma de hacer que las palabras sean mías, de ser yo quien hable. La gramática es pesada, torpe, solo ofrece préstamos y la poesía se halla muy lejos de mi alcance. Hay que conformarse con esto, sea lo que sea…

 

Sopla un viento frío, los nubarrones se agolpan empujándose unos a otros en el firmamento. Sí, los impertinentes pájaros insisten en demostrar que la vida se cuela por todas partes, al acecho de los que solo desearían que el mundo los dejara en paz. Las ramas de alerce enviadas por correo desde el lejano este a Moscú son aún capaces de despertar, con un aroma débil, en un bote de vidrio impasible. El alerce le recordó lo inolvidable al hombre decía Varlam Shalamov en sus sobrios y bellísimos Relatos de Kolyma. El alerce, ese árbol serio, respiraba para traer a la memoria de los hombres su deber de hombres, para gritar que nada había cambiado, ni la suerte humana, ni su odio, tampoco su indiferencia.

 

Es un espejismo. Historias de una noche, de dos días, de cinco, quince, veinte años… el amor no enseña nunca nada: acompaña la soledad, excita, se yergue orgulloso, provoca confusión, agita los sentidos, protege como escudo frente al terror de un océano sin diques ni contención, calma a los necesitados y pedigüeños, proporciona una tan respetable como hedionda ciénaga en la que recostarse cada noche pero a lo único a lo que realmente aspira es a ser revivido, representado eternamente, una y otra vez, en un teatro que desconoce ignorante a la verdadera protagonista…

 

“El amor no me volvió. Oh, qué lejos queda el amor de la envidia, del miedo, de la rabia. Qué poco necesitan del amor los hombres. El amor regresa cuando ya han renacido los demás sentimientos humanos. El amor llega el último, es el último en regresar, aunque ¿de verdad regresa…?”, se preguntaba en 1965 Shalamov, doce años después de ser liberado de un campo de trabajo estalinista.

 

No sé como se habla de la muerte. Me faltan los recursos. No tengo un por qué para ella, es mil veces más grande e impenetrable que todo y vanas las palabras que intentan atraparla. No hay explicación, no hay acercamiento, no hay descripción, incluso las mismas preguntas carecen de sentido. Pero la suya es, tal vez, la única herida que puede infectarnos y sanarnos, el único lugar a través del cual podría viajar la luz. De dentro hacia fuera.

 

La muerte no llega con pequeños pasos de paloma. No es un invitado lejano que aparece en el horizonte para quedarse. No llega, no, siempre ha estado ahí. Desde el principio, desde el primer día. Siempre estuvo ahí. No era un final de trayecto, una bajada de telón, no era el cierre magnífico de una carrera de obstáculos humana. No esperaba su momento agazapada en la oscuridad. Su momento ha sido, es, siempre. Ahora. Desarrollándose poco a poco, como un árbol que desde el día de su nacimiento hunde sus raíces en la carne y prosigue su crecimiento de manera silenciosa, invisible a los ojos testigos que no quieren verla, sentirla. ¿Cuál sería su melodía si pudiésemos escuchar…? Se retuerce cada vez más, sus raíces son largas y profundas, sus hojas de un verde oloroso y vivo, sus frutos maduran con lentitud… No es el reverso de una vida en la que cada célula avanza sin propósito, quizás aplastada por su pasado, pero no siendo ya él. No es la enemiga. Soy también yo, yo muriendo cada día.

 

Adiós. La vida grita adiós permanentemente, sin mirar nunca hacia atrás. Todo es para ella. Todo lo que has sido hoy se lo entregas a ella. La vida con tanto ahínco desperdiciada, a la que te aferras con uñas y dientes porque eres un gran cobarde, es para ella. Y aunque solo haya aprendido a tener miedo, me pregunto si, en lugar de enfrentarme o de intentar burlarla como si fuera un contrincante más débil, podría, algún día, confiar… Sentarme plácidamente en un jardín, observando las estaciones, esperando a que los primeros frutos cayeran a la tierra. Dentro de mí. En medio de un infinito silencio.