Homenaje a Félix Grande, poeta, amigo del flamenco

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Hijo de republicanos, su abuelo había tocado la guitarra y él escuchaba el flamenco como si viniese de un territorio escondido, donde la voz del cante se quedaba llena de luz y sombra, como la propia vida

 

La guitarra ha dejado de sonar, el cante flamenco llora de pena, más aún de lo que siente el cantor cuando expresa el desgarro de la vida. En un día triste de Madrid, frío de enero, la voz de Félix Grande ha dejado de sonar, ya no se ilumina el ventanal, los ojos claros de Félix, su sonrisa que nos regaló a los que fuimos sus amigos.

 

Hijo de republicanos, el poeta nació el 4 de febrero de 1937, mientras su madre trabajaba en un hospital y su padre combatía en el frente, en plena Guerra Civil española. Nació en Mérida, Badajoz, pero en seguida se fue, con dos años, a Tomelloso, Ciudad Real, donde fue enterrado el 1 de febrero de este año. Vivió allí hasta los veinte años, la Mancha, tierra de Don Quijote, cuidaba de las cabras, lo mismo  que hizo su abuelo. Como si el Miguel Hernández lo inspirara, el poeta empezó a leer versos, en el campo.

 

Su abuelo había tocado la guitarra y él escuchaba el flamenco como si viniese de un territorio escondido, donde la voz del cante se quedaba llena de luz y sombra, como la propia vida. Fue en 1957 cuando Félix se marchó a Madrid. Allí ejerció varios oficios. No tenía estudios, pero llevaba dentro el deseo de progresar. Su encuentro con Luis Rosales, en 1961, fue un descubrimiento. El poeta granadino le regaló no solo su participación en Cuadernos Hispanoamericanos, que dirigía, sino también su poesía.

 

Comenzó su carrera literaria con la poesía y obtuvo el premio Adonais en 1963, con su libro Las piedras, que nada entre las aguas de la duda existencial y que brilla con fuerza en la década de los sesenta. Explora el tema de la soledad y logra una obra memorable. Más tarde llegó su primer galardón de narrativa, el premio Eugenio D´Ors, con la novela corta Las calles.

 

Si la inspiración machadiana preside su primer impulso poético, luego prende en él la influencia de César Vallejo, al que tanto admiró, o de Federico García Lorca. El duende del poeta granadino late en los versos de Grande, sin olvidar a Luis Rosales, a quien defendió de las calumnias vertidas contra él como participante activo en la muerte de Lorca en La calumnia (1967).

 

Como narrador, destacan libros como Por ejemplo, doscientos (1968); Parábolas (1975); Lugar siniestro este mundo, caballeros (1980); Fábula (1991), Decepción (1994), El marido de Alicia (1995), Sobre el amor y la separación (1996), y su novela más exitosa, La balada del abuelo Palancas (2003), donde recrea los años cuarenta, tan cerca de su propia vida, en una familia del campo, con el abuelo Palancas como centro neurálgico de una historia acerca de la posguerra española, el hambre, la tristeza y las sombras que la dictadura dejó sobre los españoles.

 

Como poeta logró el Premio Nacional de las Letras de 1978 por Las rubáiyatas de Horacio Martín, en los cuales busca heterónimos, en la línea del portugués Fernando Pessoa, para crear un libro que crece, como un árbol.

 

Del flamenco escribió muy buenos libros, como Memoria del flamenco (1995), un tratado poético en prosa, que le llevó a ganar el Premio Nacional de Flamencología. De la amistad que trabó con Paco de Lucía y Camarón de la Isla, escribió un ensayo del mismo título, los nombres de los dos grandes del flamenco, editado en 2000.

 

El largo silencio en la poesía se rompió cuando visitaba los campos de concentración nazis. De ahí surgió La caballera de la Shoá, que incorporó a su antología poética. Además de Biografía, publicada por Galaxia Gutemberg en 2010, que recoge lo mejor de su obra, a fines de ese año editó Libro de familia.

 

La muerte de Félix Grande deja un gran hueco en la poesía española. Estaba casado con Francisca (Paca) Aguirre, poeta también de gran altura, hija del escultor Lorenzo Aguirre, fue asesinado por los fascistas en la Guerra Civil, y eran padres de Guadalupe Grande, antropóloga y poeta.

 

 

Sus mejores libros

 

Un primer libro asomó a la poesía española en el año 1961, Taranto. Homenaje a César Vallejo, donde el poeta ya escucha al niño que ha dejado en la Mancha, recrea los tiempos del ayer, el recuerdo del abuelo, que tanto le enseñó. De estos poemas se extrae la temática esencial de su obra, el amor a la vida y su evocación. Este retrato del abuelo pertenece al poema La rumia: 

 

“…y el abuelo con su pecho de tronco. / Ya no queda. / Desde mañana no he dejado de memorar / el sol aquel, la piara veterinaria, sus balidos volviendo el cuello, / el generoso macho que peleaba hasta / hasta sangrarle la testuz, filósofo cabrío…”.

 

Y el recuerdo del padre, ordeñando las vacas, como un retrato que llega de la infancia vuelve, como un eco que escuchamos al pasar el tiempo:

 

“En el establo, / tibio hacia adentro, hacia el olor, familiar y enigmático, / padre ordeñaba, depositando con unción / un puñado de yeros junto al hocico de las más lecheras, / que mimábamos, venturosos todos, y ellas”.

 

El permiso del padre para fumar en el comedor es ya la demostración del niño que se hace hombre, en un ámbito de pobreza donde vive la felicidad, tras la Guerra Civil donde tanto daño queda adentro, busca de nuevo el edén perdido es el objetivo de este libro homenaje a César Vallejo.

 

En su siguiente libro, Las piedras, vemos al poeta que busca sus raíces, pero también el irrevocable paso del tiempo. El amor de Félix Grande hacia Paca Aguirre queda reflejado en versos como:

 

“para envejecer juntos, nos tomamos las manos / yo miro tu sonrisa, tú miras mi tristeza; / irán saliendo arrugas en mi alma y tu cabeza / y canas sobre nuestros espíritus humanos;”

 

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 “tú eres ese recuerdo que he de tener un día, / yo soy esa nostalgia que poblará tu frente / cuando ya sea un anciano, amada, anciana mía”.

 

Del libro nacen poemas que ya descubren a un gran escritor, que no ha encontrado su lugar en las generaciones, algo joven para ser de los cincuenta, demasiado mayor para ser de los novísimos. En Noviembre llueve o Gravedad de la noche aparece un tema que fundamenta su poesía, como ocurría en el mundo de Manuel Caballero Bonald: la noche como espacio de descubrimiento, que espera el alma, en la línea de nuestros místicos, noche de amor que se cumple en la alborada. De esta época destaca el poema Magia

 

“En esta noche tibia / me asomo a la ventana, / por el cerebro absorto / una fusión en llamas / formada de pasado / porvenir amor nada / desolación y música: / como un bulto está el alma. / Quiero entregarme, quiero / fundirme en esta magia, / equivaler”.

 

En Las piedras escuchamos ya la música del cante flamenco. Félix Grande navega se entusiasma con el ritmo del verso, busca la cadencia de la música. Poemas como Suceder progresivo o Apacible sorpresa ya muestra ese afán de conjunción, la música y la poesía en el mismo barco.

 

Luego llega su libro Música amenazada, donde vuelve la idea de la noche como un espacio de creación, donde el poeta busca la luz. Dentro de los muchos poemas del libro sobresale ‘Oscuro’:

 

“En la alta madrugada / se diría que despiertas para siempre. / Sales del sueño como si salieras / de una placenta pobre, enferma. Emerges / de entre miseria y sangre; / de entre heridas emerges. / Y quedas como un niño mal parido / con canas en sus sienes”.

 

La fatalidad de nacer en una época de hambre, aquella que Miguel Hernández le decía a Josefina en Las nanas de la cebolla los famosos versos: “Desperté de ser niño, nunca despiertes”, late en este poema, donde se revela la miseria y la sangre que el tiempo no puede cambiar, porque las canas son muestra del devastador efecto de haber nacido en una época de guerra. El amor por la vida del no excluye la fatalidad de haber nacido.

 

La idea de la felicidad también se vuelve incertidumbre para el poeta, como dice en Ética inútil, porque la dicha no dura, se nos escapa de las manos, se derrite:

 

“Donde fuiste feliz alguna vez / no debieras volver jamás: el tiempo / habrá hecho sus destrozos, levantado / su muro fronterizo / contra el que la ilusión chocara estupefacta”.

 

Este fatalismo del poeta no elude su deseo de vivir, pero le hace consciente del dolor implícito en el destino humano.

 

De su siguiente libro, Blanco spirituals, destaca su amor por el flamenco, como en el poema dedicado a Manolo Caracol, donde se pregunta qué es el cante, una voz nacida de las entrañas, que ilumina, con su luz, el universo:

 

“Pero, ¿qué es el cante? ¿qué es una seguiriya? /¿no es algo roto cuyos pedazos aúllan / y riegan de sangre oscura el tabique de la reunión? / ¿no es la electricidad del amor y el miedo?”.

 

El cante está allí donde pervive el dolor ancestral, ese que expresa nuestro sino trágico al nacer, es el lugar de la sangre oscura, es pura electricidad, como dice el poeta extremeño. La devoción del poeta por el cante se envuelve en el tamiz de una porcelana suave, pero que desgarra también, como se aprecia en su declaración de la música:

 

“La música me araña lentamente en los huesos / se me restriega por un puñado de hojas secas / desmenuza hojas secas como minúsculas bufandas / arropando a mi calcio con el polvillo de noviembre / y con la fibra de los años, esa tan familiar urdimbre /  de paisajes y lluvia y personas lo que llamo mi corazón”.

 

Luego llegarán libros como Cuadernos de Lovaina. Inéditos de Horacio Martín, La noria (un homenaje al cante flamenco, presente en muchos de sus poemas) y La caballera de la Shoá, el libro que cierra antes de Libro de familia, su periplo por las letras y que supuso un regreso a la poesía, donde el tema central es la barbarie de los campos de concentración nazis, lugar donde la humanidad perdió su razón de ser.

 

 

 

 

Pedro García Cueto (Madrid, 1968) es doctor en Filología Hispánica y antropólogo por la UNED, profesor de Lengua y Literatura en Educación Secundaria en la Comunidad de Madrid. Crítico literario y de cine y colaborador en diversas revistas, ha publicado dos libros sobre la obra de Juan Gil-Albert y un estudio acerca de doce poetas valencianos contemporáneos que escriben en lengua castellana

Autor: Pedro García Cueto

Pedro García Cueto (Madrid, 1968) es doctor en Filología Hispánica y antropólogo por la UNED, profesor de Lengua y Literatura en Educación Secundaria en la Comunidad de Madrid. Crítico literario y de cine y colaborador en diversas revistas, ha publicado dos libros sobre la obra de Juan Gil-Albert y un estudio acerca de doce poetas valencianos contemporáneos que escriben en lengua castellana.