Homenaje al Sol

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Al Sol se le adora desde siempre como padre de la vida. No ha habido cultura que no tenga su danza, su monumento, su calendario o su fiesta solar. El Sol es el rey de los planetas, como su hijo el oro lo es de los metales.

 

El primer carro alegórico construido en la Huerta del Retiro, no pudo ser otro, tras haber visitado su autor los alrededores de la laguna Estigia unos meses antes. El carro del Sol de Faba era un acto de agradecimiento al destino, por haberle dado una segunda oportunidad en ese farragoso asunto de la supervivencia. Presentamos hoy sólo su corona*, cumbre del alto monumento rodante, en que se convirtió finalmente este carro solario.

 

Todo había comenzado con una lata dorada, que Faba encontró en los soportales de la Plaza Mayor madrileña una cerrada noche de invierno. Relucía en la oscuridad del suelo de granito, junto a los cubos negros de basura. Un objeto tan luminoso llamó su atención, y se sintió fascinado por su brillo como lo haría una urraca. Aquella lata grande de pepinillos en vinagre, importada de Israel, traía aún consigo su etiqueta con letras hebraicas; lo que no hacía sino aumentar su misterio.

 

El carro del Sol nació de este objeto tan poco destacable. Su tapadera -recortada con abrelatas- se convirtió en el disco solar que remata el carro. Va colgada de una aguja de maceta con forma de girasol, clavada en un tiesto rojizo, en el que crece una pita. Los sostiene una caja hexagonal de latón dorado, comprada cuando Faba era niño, en una tienda de importación de artículos orientales, en Malta. El timón dorado, (que fue en su día un presente amoroso), convierte este monolito de metales en un barco. La linterna de la cúpula de la Almudena viene a sumarse a esta torre de homenaje.

 

Las persianas blancas colgantes anunciaban la próxima Cabalgata, que habría de realizarse en la Huerta del Retiro con motivo del primer aniversario del Infarto. 

 

 

* (En la entrada de mañana, completaremos la visión y descripción del carro completo).