Huida semanal

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A-4, A-43, AP-36, A-31. No me gusta conducir, pero me gusta escuchar música o programas de entrevistas en el coche —Dios aprieta, pero no ahoga—. Lo malo es que el viaje sea de unas cinco horas, porque entonces el aburrimiento siempre termina prevaleciendo. Salvo que vayas acompañado. Eso ya es otra cosa.

Nos incorporamos a la autovía y, con la aceleración, sentimos la huida. Aunque nos dirigiésemos al mismo lugar de siempre, aunque gritásemos las mismas canciones de siempre. Escapábamos de la semana, que ya es bastante. Y encima nos esperaba un fin de semana de los de volver a vernos después de demasiado tiempo.

Cuando llegamos, dejamos el equipaje y nos fuimos directamente a cenar. Las ganas de ponernos al día eran superiores a las de comer, así que nos costó elegir la comida: la carta de los restaurantes, a veces, estorba. Al terminar la cena ya sabíamos que lo importante seguía igual, y que lo demás cambiaba como de costumbre.

Después nos fuimos de copas, pero la segunda fue la última. Restando el tiempo de viaje, el fin de semana se reducía a unas cuarenta y cinco horas, así que era mejor apostarlo todo al sábado y no caer en el cortoplacismo. Nuestra vida se reduce a los días libres, así que nos jugamos el pellejo cuando los gestionamos.

A la mañana siguiente, intenté ser productivo un par de horas; era una ordinariez, pero cada vez soy más mis obligaciones. Así que, mientras los demás paseaban, me quedé en casa estudiando. Recuerdo que fui a la cocina a por un vaso de agua y, al reparar en el calendario que había junto al horno, tuve que reprimir el impulso de persignarme.

A la una salí disparado hacia el paseo, hacia lo que quedaba de sábado: sol, mar, cerveza. Por primera vez, fui al Nou Manolín. Arroz caldoso, arroz seco, pescado frito. ¿Postre? Postre. ¿Copa? Copa. Y la conversación cada vez más cercana al acto creativo. Y qué lástima no saber cómo detener el tiempo.

Apuramos la tarde y la noche, y el domingo por la mañana intentamos aprovechar el mar que nos quedaba. Paseamos por el puerto, pero con la idea de la fugacidad ya en la cabeza.

A-31, AP-36, A-43, A-4. La resaca es estupenda para convertir un viaje en coche en una tortura. Aun así, acepté sin queja la penitencia. En la radio, Mara Torres le preguntó a Maribel Verdú qué era para ella el mar, y nos entró la risa.

Lo abarcamos todo, pero solo atrapamos viento.
Michel de Montaigne

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