Humo rojo, Capítulo 3

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GILLES DUCRAY

 

Llegué ante el rótulo de la entrada pensando en la cantidad de dinero que se me había escapado.

–Habría estado bien… un tiempo tranquilo.

Lo pronuncié en alto, una invocación para fingir serenidad. Articulé las palabras pretendiendo que sonaran resignadas y encubrieran el enojo que me hervía en las venas. Calculaba una cifra elevada, suficiente para despreocuparme durante un año. Por un Caravaggio ese Lord inglés habría sin duda hecho una buena oferta. No se oyó mi voz, no se pareció siquiera. Era otra, cuando lo dije. Había dejado de llover, pero un brillo pálido refulgía en los adoquines. Podría ser de esa clase de hombre manso, de tanto, casi anodino; digo podría, como ejercicio voluntario. Sonreí al reflejo que me devolvía un charco, me distraje modificándolo: alteraba mi expresión facial como, imagino, harán los actores delante del espejo. Empeñándome creía poder imitar las maneras de cualquiera. Como si fueran pintura.

Adentro se escuchaban varias gargantas departir alborotadamente. Retiré el visillo con la mano izquierda y me asomé por el cristal de la puerta: conocía a aquellas personas, al menos, no me eran del todo ajenas. La diferencia entre ellos y yo estribaba precisamente en que estaban allí dentro, en que después de algún tiempo sin encontrarnos, su presencia del otro lado se me asemejaba a la de especímenes en una urna pendientes de disección. Querría creer que les llevaba cierta ventaja para lo que tendría que ocurrir en breves instantes: obtendría la información que necesito. Compartían escaparate –para mí lo era todo el local aún, hasta que entrara– con un paisaje otoñal con labrantíos en barbecho a la orilla de un río. El cuadro estaba inundado de esa luz pesada, como oro viejo hasta el estío, broncínea según avanza la estación hacia el invierno, que envuelve perenne a Roma. La luz del tramonto. Era de una manufactura similar –no podría el autor cuestionar su influencia– a los de Corot o Millet, pero indudablemente italiano. De algún pintor joven, supuse. Me produjo una mueca (¿de repugnancia?, admito que no se trata de eso) que reprimí.

–¿Será cierto? Nos honra con su visita, señor Ducray.

Satisfizo mi vanidad, en buen grado, que cuando hube entrado se relajara la controversia, que se levantaran de sus asientos y se voltearan para saludarme; y más aún que, a pesar de las relaciones de proximidad –al fin y al cabo la profesión nos impone ser colegas–, hubieran usado ese tono tan cordial, tan cauto.

Basili, el dueño de la tienda, me estrechó la mano entre las suyas. Le caían los pómulos por debajo de la mandíbula, en su cara rubicunda se adivinaba aún la marca de la almohada. Demasiado temprano para la discusión que sostenían, para que él se sintiera en plenas facultades para tomar parte. Un muchacho, discípulo del artista y revolucionario romano Nino Costa, con sus cuadros en un hatillo descansando entre las patas de la silla, siguió perorando hasta percatarse de que ya no disponía de la atención de los otros. Se calló y titubeó antes de volver a sentarse. Medía si estaría cometiendo una falta, si era yo alguien a quien se pudiera permitir ofender, y cuánto me importunaría el agravio. Dudó y luego se sentó. Saludé con la mayor cortesía al amateur Mignola, un pequeño burgués soltero. Un diletante. Se afanaba por pintar consciente de que le faltaba el talento, y no parecía pesarle la lacra; al contrario, estaba iniciándose en el coleccionismo. Paseé por la tienda con ademanes teatrales, afectando la liturgia de gestos, deambulando entre los pasillos que trazaban al azar las mesas repletas de frascos con polvos de colores y líquidos, lámparas, cachivaches y algunas pinturas de pequeño formato postergadas.

–Debo haberme equivocado de lugar.

–¿Qué dice, Gilles?

–Respóndanme, ¿llevo sotana? ¿Se parece lo que visto a una sotana?

–Me sorprendería que lo fuera.

–¡Déjense de honra! No se ofendan pero no veo entre nosotros a ningún caballero venerable. ¡Prosigan la charla!

El círculo de sillas vallaba el sucinto espacio entre el mostrador y la pared del fondo, cubierta sin grietas por carteles y cuadros. Había venido, en parte, porque necesitaba proveerme de telas y pigmentos, y sustituir algún pincel maltrecho; sí, pero era importante que ellos no lo redujeran a tal propósito, que no supusieran que el material era para mí. Cabía un beneficio mayor en que me vieran y quienquiera que hubiera podido asustar a mi cliente comenzara a temerme. Que se extendieran los rumores de que lo busco: bien podría ser que uno de los parroquianos de Basili hubiera averiguado a qué me dedico. Reposé el hombro en el marco de la sala contigua, la que servía de almacén y galería.

–Le dábamos en París –dijo Basili.

De una botella esférica cubierta de mimbre nos sirvió una copa de vino, me la tendió primero a mí y luego a los demás invitados. Apoyó la suya en el borde de la mesa más cercana y la llenó.

–Ahí es donde me hallo. ¿Han estado alguna vez en Francia? Para el buen francés su patria es cualquier lugar con un buen vino –respondí alzando la copa, invitándoles a brindar–. ¡Por Francia! ¡Salud!

–No sé si termino de entenderle –intervino el amateur divertido.

Parecía fuera de lugar, como si se hubiera acostumbrado a estarlo. La cadena de oro del reloj a la vista, su exquisito traje, el jugueteo con el sombrero; asumí que para él visitar el ambiente de aquella tienda constituía una demostración de rebeldía.

–Si en algo puedo servirle –ofrecí.

–No creo que lo que precise sean respuestas. Usted y yo somos diferentes.

–Explíquese.

–Su casa.

–Haga el favor de tener cuidado de cómo proseguir –dijo sonriente Basili–, sólo las visitas esporádicas de Gilles Ducray, además de las compras de usted, dejan algún dinero en la caja. Los demás desgraciados me pagan con cuadros. ¿Por qué seguiré aceptándolo?

–Algún día te pagaré mi deuda, Basili –musitó azorado el joven pintor.

–¿73 liras, muchacho?

Río el acreedor y con él los demás, salvo –qué extraña deformación o intercambio de papeles– el pintor insolvente, que se molestó. Cuando se hubo extinguido la carcajada Mignola resolvió insistir conmigo, no toleró que se desviara el tema; y dijo:

–Si yo poseyera una vivienda en un entorno natural como ha de ser el de Fontainebleau, no tendría la buena predisposición que a usted le veo para volver a la ciudad y viajar con tanta asiduidad hasta Roma.

–¿No la tendría? ¿Qué haría? ¿Qué tendría que hacer yo, según su criterio?

–Dedicaría jornadas enteras a planear qué hacer las siguientes. Me levantaría con los trinos y gorjeos de los pajarillos al alba, leería. Tomaría durante la mañana clases de pintura con un buen maestro, por la tarde admiraría cómo crece mi colección. ¿Puede alguien cansarse de esa vida? Embargado por la belleza, la contenida en la casa y la diseminada por el bosque. El arte es la respiración del espíritu, Gilles, lo es para los que lo sentimos. Esa sucesión de días sería para mí como detener el tiempo; no existiría nada más: no envejecería. En esas condiciones uno podría llegar a impedirse envejecer. Sería inmortal.

Según hablaba, tal como proseguía su discurso, elevaba la barbilla y buscaba con la vista el trono divino desde donde le debían estar llegando las palabras. Lo he visto muchas veces: “la inspiración”. Todas, abiertamente o en mi fuero interno, me he burlado.

–Me temo, señor Mignola, que yo no soy pintor. Vendo cuadros, y necesito de gente que me los compre. Y, los que mejor pagan, suelen estar en París o en Roma.

Apuré de un trago el vino, agarrándola por el respaldo arrastré la silla y sobre ella me dejé caer. Luego sólo quedó otra libre; Basili me miró, entendía que le correspondería permanecer de pie.

–¿Habla en serio? Esa actitud es… –me increpó sin atreverse a completar la frase el joven.

–Te ofende, supongo.

–Es cínica, muy perniciosa. Debería comprenderlo, lo comprendería si supiera pintar. Los artistas tenemos la responsabilidad de indagar.

–Responsabilidad.

–Sí, responsabilidad. No podemos eludir ese compromiso. Hemos de saber reconocer a los nuevos maestros. Por eso discutíamos: si ustedes no nos apoyan nos quedamos solos. A la intemperie. En el Caffè Michelangiolo, en el número 21 de la vía Larga, en Florencia, se reúnen desde hace unos años ciertos pintores: Giovanni Fattori, Silvestro Lega… Yo tuve la oportunidad de conocerlos, y tienen razón. El futuro estará en el plein air, en salir del estudio; ¡no puede pedirme que pinte igual que antes de conocer la obra de Ingres! ¡De Daubigny!

–Una familia es responsabilidad, no pintar.

Basili estaba atento a lo que dijera. Me levanté y le cedí el sitio, que aceptó a regañadientes. Tomando la botella ofrecí una segunda ronda a los tres; todos la rechazaron aduciendo que era demasiado temprano. Llené mi copa. El tendero estiraba la espalda, cabeceaba acomodándose.

–¿No cree que el chico lleva parte de razón? –me dijo–. Llevo muchos años al frente de este establecimiento, no sé hacia donde lleva pero en la pintura se intuye un cambio.

Basili había acudido en ayuda del pintor. Me daba voz autorizándome a arbitrar la conversación; a ello contribuyó también Mignola, que recibía clases de dibujo del joven y le profesaba algún cariño –tal vez algo más–, cuando me preguntó el porqué de mi descreimiento.

–Permítanme que les cuente, he visto lo suficiente como para saberme razonable, para haber escarmentado. Y lo harán también ustedes. Los autores (los vivos, para los que tienen la desgracia de tratar con ellos mientras lo están) no duermen, pendientes de los salones; de los nombres de los aceptados y rechazados, de saber quién se ocupa de exponer qué cuadro en cualquier parte o cuánto pagó el último comprador de alguien al que, por supuesto, desprecian por ser inferior. Por el color, por la pincelada, por el dibujo; por ser demasiado académico o un ignorante de los cánones, por abordar temas de la tradición desde exacto punto de vista, obviamente tópico. Oscilan sus cotizaciones y se precipitan o envilecen sus egos.

El aprendiz de pintor trató de interrumpirme, mascullaba que no tenía idea, que alguien que hablara de esa forma no podía tenerla, que mis palabras envenenaban el arte. Pero no se lo permití y continué hablando por encima de él, alzando el tono:

–¿Y los coleccionistas?, tenga a bien mi comentario, monsieur Mignola, pero escuche atento. ¡Ay los coleccionistas! Revisaba una vez aquí en Roma, durante una visita rutinaria, la pinacoteca de Mario Brancaglia, el banquero. De él dicen que puso en fuga a los Rothschild en Nápoles; pues bien, ese gran hombre, sin duda sagaz en los negocios, tras presumir del último lienzo que había incorporado a sus salas y percibiendo lo que mi gesto le mostraba, me preguntó, a medias jovial, si no sería el Tiziano que teníamos ante nuestros ojos el mismo cuadro que le recomendé que adquiriera en París; propuesta que rechazó ipso facto. “Confío en usted”, me dijo, “pero no podemos estar seguros de la autoría y esa pintura es lineal, muy poco expresiva”. Lo era. Claro que era el mismo. Había pagado por él, unos meses después, más del triple de su precio.

–¿Por qué no ha vendido nunca algún cuadro de mi comercio al banquero, Gilles? –Profirió Basili–. Me habría hecho un gran favor y de seguro que, tras haber errado una vez, se fiaría ahora de su consejo.

La huella de mis labios, turbia, imprecisa, se había prendido de varios puntos del perímetro de cristal. Observaba el filo de la copa porque una sensación ácida me corroía el estómago; la notaba ahora, de súbito, dejaba un malestar cuyo rastro recordaba de otras veces. Así solían manifestárseme en ocasiones los nervios o la rabia, como síntomas físicos. ¿Cuánto había de cada uno ahora? En absoluto me sentía nervioso; agitado, tal vez. Nunca me importaron las contradicciones; acepto la constante representación. La disfruto. Suelo parapetarme tras posturas que no había defendido jamás antes, ni meditado. Es una virtud. Pasé la mano por la tripa acariciándola con disimulo. Los hombres allí reunidos no sabían cómo eran mis cuadros, cómo pinto. No notarían la paradoja que suponía mi posicionamiento en esa disputa.

Para acallar lo que debía ser la rabia persistente por el negocio fallido, bebí otra copa de vino, la tercera.

–No está interesado en pintura de este siglo, Basili –le respondí, para esquivar el compromiso y porque tal aseveración era realmente verídica.

–¿Será eso posible?

–No hay uno solo de los cuadros que expone aquí, de entre todas las obras que posee, que tuviera el mínimo valor a su juicio.

–¡Como si nadie hubiera pintado más! Sospecho que no sería tan distinto de afirmar que se ha abandonado el arte pictórico o no tiene ningún mérito continuarlo.

–Eso es, Basili. Eso pasará.

–Es imposible, señor Ducray, una auténtica sandez. La majadería más grande que he oído; ¿le interesa acaso difundir esa idea?

–No pueden aceptarlo pero es cuestión de tiempo que suceda, no será hoy ni mañana, pero sobrevendrá ese día. Si demasiados artistas creen correr por delante del resto: de la tradición, de los maestros antiguos; llegaremos indefectiblemente a una frontera. Un borde que si sobrepasáramos terminaríamos cayendo al abismo. Eso es todo, se agotarían las formas.

–¿Ahora es profeta? ¿Así debemos tratarle? –me reprochó Mignola.

–Pueden creer lo que gusten. Yo soy un simple mercader, un marchante de pintura, y persigo garantizar un rédito con mi mercancía. Aprendí a ser precavido.

–¿Existe de verdad alguna garantía, Gilles? –Me inquirió Basili–. Míreme, mire a su alrededor, a cualquier punto de esta tienda. ¿Puedo yo tener fe en bienes con ganancia garantizada? ¿No estará siendo en exceso lapidario y agorero?

–¿Qué suplantará a la pintura, según usted? ¿La fotografía? –Añadió el pintor–, ¿qué más prueba necesitan de la locura de este hombre?

–Llámenlo pesimismo o dogmatismo, herencia de mi educación jesuita. En cualquier caso mi cometido difiere de los objetivos que denodadamente amparan. Recelo de los que piensan como ustedes, por una cuestión de rentabilidad: sólo comercio con pintura que habiendo pasado el tiempo, no hay crítico más severo, se conserve dentro de las costumbres, de las concepciones de belleza y buen gusto. Ésas son las más lucrativas.

El joven pintor, según me oyó, recogió su hatillo de debajo de la silla y se marchó del local refunfuñando. Ocupé su asiento y tan pronto toqué el respaldo me doblé para reír. Pedí disculpas y rieron los demás. “Volverá”, me aseguraron. “Hablará mal de usted la próxima vez que pise por aquí, eso es todo”. Había sofocado el ambiente y ahora, tras el momento tenso, nos desternillábamos sin razón. Aproveché para enumerarle a Basili los materiales que necesitaba: rollos de lienzo, cola de conejo, imprimación, varios pigmentos. “¿Puedo preguntarle para quién compra todo esto?”, me dijo mientras localizaba los encargos y Mignola se encendía, tranquilo al fin, un cigarro.

–Siempre que visito a un pintor amigo mío en Roma se encuentra encerrado en el estudio. Jamás se toma vacaciones. Si no acudiera con esas cosas probablemente ni siquiera me dejaría pasar.

Eché la mano al bolsillo. Las monedas que sacaba eran las últimas, no habría más si Ludovico no lograba cambiar el Gentileschi, si no lo vendíamos pronto. Pero era una parte necesaria de mi papel. No podía mi interpretación ofrecer fisuras. Dejé todas en el mostrador, a la vista, para pagar.

–Es usted tan generoso como siempre, señor Ducray –me dijo despidiéndose Basili.

Salía ya, había abierto una hoja de la puerta y se colaba el olor del aire húmedo. Daba la espalda al desorden, como de botica, de la tienda de Basili. En ese gesto de despedida, en el tiempo que ocupaba, residía mi oportunidad de preguntar a un Basili completamente indefenso lo que quería saber.

–Lo olvidaba –mentí–. Me resta una cuestión, Basili. Llegó a mis oídos que Lord Cunningham, un prestigioso coleccionista de arte inglés, ha visitado Roma. ¿Se ha pasado por aquí? ¿Sabe si aún está en la ciudad? No me vendría mal, ya sabe, añadirlo a mi cartera de clientes.

–No tengo noticias de ese señor, desconozco quién es. Lo siento, Gilles –me dijo. Impasible, natural. Y decidí creerle.

 

El estudio estaba vacío aún, el polvo flotando en los haces de luz; al entrar atravesé ese tejido, denso sólo a la vista. Sacudí antes los restos de barro de las botas. Dentro, me quité la chaqueta y la dejé sobre una cómoda, en un costado de la sala. De ese lado almacenaba sillas y bastidores de distintas medidas, y un barril que Ludovico usaba como mesa. Me apoyé en él notando cierto cansancio y busqué alcanzar de la repisa una de las tazas de cerámica para llenarla con otro vino, pero me arrepentí luego. No sabía si quedaría algo de comer en la alacena, en el sótano. Aunque estuvieran allí las habitaciones, los espacios para la vida diaria, apenas sí bajaba a la planta inferior. Pensé en ir a buscar café y no logré moverme, no más allá de girarme hacia la ventana persiguiendo el tacto de la mañana, del sol levantándose. Había dormido poco. Suele ocasionarme un desvelo transitorio la inquietud por que el plan se desarrolle oportunamente. Cambié de postura y miré hacia el otro extremo, hacia la hornacina de la pared de enfrente, y me topé de pronto –como si desconociera que estaba allí– con lo que se ubicaba en el medio de mi atelier: los dos caballetes.

Uno estaba desocupado; no lo había estado hacía unas horas, el día anterior, cuando corregía las últimas pinceladas del David y Goliat de Gentileschi que había copiado. Pero ahora ese lienzo, si ningún imprevisto me lo había negado –es tarde y Ludovico no ha llegado– debía estar ya colgando del segundo salón de los cuatro que componen la muestra de pintura del banquero Mario Brancaglia.

Sobre el segundo sí descansaba un cuadro. Recordé al joven pintor de la tienda de Basili, al discípulo de Nino Costa; deseé escuchar lo que tuviera que decir, si lo viera. ¿Qué era aquello? En rigor, no se trataba –nunca lo hice así– de un soporte de ensayo, la tela en blanco donde imitar los rasgos y gestos de pincel hasta haber adquirido destreza para impostarlos en la réplica. Más allá, era un auxilio, el pozo al que me asomaba para volcar mi temperamento, que a veces me impedía asumir al otro autor.

Pintaba paisajes liberando mis pulsiones, experimentando con ellas: la realidad en mis manos, bajo una óptica de inasible autenticidad; el poder de los cielos de Rembrandt, de las vibraciones cromáticas de Turner, el dibujo de Daumier o las luces de Millet. Pintaba para sentirme capaz de hallar la paz.

Sonó la puerta; una llave hurgando en la cerradura y al poco la aldaba. Todos los pinceles estaban limpios y dispuestos según tamaño, sujetaba la paleta con la mano derecha y tomé con la izquierda uno fino. Mojé las cerdas en linaza y esencia de trementina, y mezclé con los óleos un rojo intenso. Sobre la tela lo apliqué diluido, salpicando de pétalos un primer plano de matojos; según se secaba usé el tono sin variar para, en unas pinceladas, intensificar el contraste del cielo. Repicó con más viveza el golpeteo del bronce. La tranca lo mantenía fuera. Me retiré un paso, deshice la guardia de esgrima con que me acercaba para ganar distancia desde la que contemplar el cuadro: detrás de la maleza salvaje de un jardín, una figura femenina, de espaldas al espectador, alejada –aunque central–, camina hacia una villa al pie de una loma. Lo más elocuente era la luz, nostálgica. Lo miré varias veces. Aunque me transmitía calma no me abandonaba la sensación de estar produciendo una obra indigna. La voz de Ludovico me llamaba del otro lado. Antes de abrirle todavía me tomé el tiempo de colocar el cuadro dado la vuelta contra la pared. Junto a los demás.

–Son más de las diez.

–¿Temiste una desgracia?

No lo había pensado, no me había detenido a considerarlo con seriedad, me había tal vez acostumbrado a nuestra infalibilidad.

–Ciertamente, es siempre una posibilidad, Ludovico.

–Me detuvieron. Pero no sabían qué buscaban. Tardé tanto en salir que quien me paró ya daba al ladrón por perdido.

–¿Qué alternativa al plan era esa?  ¿Qué sucedió dentro? –le interrogué irritado.

–Me vieron, vieron a alguien. Yo desvié la atención de la pinacoteca; esperé en el tejado antes de escapar y cuando me asaltaron en un callejón no pudieron confirmar que fuera sospechoso.

–¿Te han retenido hasta ahora?

–Desayuné en una cafetería.

–Ya no nos queda ni una lira, Ludovico.

Vio en las jambas los lienzos, tubos, frascos de pigmento y de imprimaciones, la cola y los pinceles, y me clavó sus ojos negros.

–Has vuelto a hacerlo.

No me dejaba engañar por la templanza de su rostro, cincelado, inamovible; no se crispaba su boca ni se percibía alteración de su semblante –podría encenderse su palidez, anhelaba–; pero sabía que me dirigía un reproche severo.

–Mi método es incuestionable –le dije en cambio.

–Pintas el doble de lo que podemos usar para venta. Más. Si al menos pagaras el material con esas obras tuyas. Como los otros –dijo señalando al montón dado la vuelta.

Había más de veinte cuadros.

–Hay cuestiones que siguen sin ser asunto tuyo, Ludovico.

–No tendrías por qué revelar tu identidad, desenmascarar a “Gilles Ducray”. Podrías firmar usando tu nombre verdadero. O inventar otro alias. Yo podría encarnarlos, acudir a la tienda y traerte cuanto me pidieras.

–¿Has tenido que desmontar el marco para sacar el bastidor? ¿Mi Gentileschi está colgado como planeamos? Espero que no hayas dejado ningún rastro, ninguna huella que pudiera llevar a alguien hasta aquí, sabes que… –seguía hablando por tirar del hilo de un pensamiento que surgió entonces y cuanto más meditaba la posibilidad más seguro estaba de haber hallado la respuesta.

–No he cometido errores –me respondió soltando al aire las púas que había extraído del original–. El marco salió con facilidad.

–El marco… –repetí–. ¿Sabes si ha vuelto a abrir la carpintería Matera?

–No tengo idea. Fuiste hace meses. Solo.

–Creo que sé quién arruinó el trato con Lord Cunningham.

***