Iliana Ortega: la búsqueda de los sueños infinitos

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Iliana Ortega nació en la Ciudad de México, pero estudió en Yale, donde obtuvo su título de master de Bellas Artes en la especialidad de pintura en 2011. Desde entonces vive en el Lower East Side de Nueva York, donde tiene un estudio en El Clemente, una antigua escuela pública que hoy es un centro de arte local. Actualmente su trabajo se centra en fotografías en blanco y negro de paisajes marinos y pequeños pueblos, algunos muy conocidos, y otros no tanto; Long Island e Islandia son algunos de los lugares que aparecen en sus imágenes. Ortega también crea imágenes más complejas técnicamente, fotos embellecidas con lápiz, pintura, etcétera. Su imaginería tiende a un profundo romanticismo, donde los juegos de luces sobre la oscuridad del agua y las olas sugieren una interpretación visionaria de la naturaleza, que contempla un escenario apocalíptico y sobrecoge al público de la artista con su dramatismo y su alto contraste visual. El romanticismo, en términos generales, no goza de predicamento en el mundo artístico estadounidense; nos entregamos a la política y a las cuestiones sociales mucho más que a los sueños infinitos. Así que tiene sentido que Ortega provenga de otra cultura, en la que una arcaica visión cargada de romanticismo se deja sentir en su propia obra, aunque esta no muestre señales de particularidad de la cultura mexicana o como artefacto mexicano de la época.

Es un tópico que el arte actual evita la determinación cultural y geográfica; las obras tienden a centrarse en torno al individuo, y a hacer hincapié en detalles explícitos que transmiten una diferencia. El arte de Ortega no comunica esas inquietudes en absoluto; su conjunto de fotografías, en particular, presenta una comprensión y una visión de la naturaleza en la que no se alude a la influencia y el impulso humanos. La visión etérea de sus inquietudes refleja una preocupación utópica por la naturaleza como una fuerza dinámica de extraordinario poder, secundada por la luz que capta Ortega cuando se enfrenta con la superficie del agua. Es sumamente difícil, de hecho casi imposible, retratar hoy un paisaje con toda su expansiva belleza; cuando se tomaron las grandes fotografías modernistas estadounidenses de la naturaleza en la primera mitad del siglo pasado (recordemos que Ortega desarrolla su vida y su carrera en Nueva York, en vez de haber vuelto a México), la naturaleza no había alcanzado el presente grado de deterioro. Como consecuencia de esa historia, es evidente que la belleza deliberada de Ortega se mantiene al margen de la orientación social de mucho de lo que vemos hoy. En particular, las fotos del mar y las puestas de sol tienen que esforzarse mucho para distinguirse del aire kitsch que se ha impuesto sobre buena parte del arte popular actual dedicado a la misma temática. Hemos de felicitar a Ortega por su voluntad, al reproducir sus maravillosas imágenes del agua, de trabajar en un ámbito muy analizado. Lo cierto es que las imágenes poseen una extraordinaria gravidez que trasciende del peso de otras obras de arte y escenas contemporáneas anteriores que simplemente repiten lo que se ve. Ortega encuentra un gran placer al revisitar escenas que podríamos considerar con facilidad agotadas por los precedentes históricos.

A veces, sin embargo, el género pictórico al que hace referencia el arte contemporáneo es lo suficientemente fuerte para resistir la repetición que al principio iguala, y después transforma, trabajos anteriores. Sin duda, un paisaje marino es una imagen que ya hemos visto antes, pero eso no significa que su potencial icónico esté completamente agotado. Hoy, en todos los campos del arte en general, volvemos a las visiones basadas sobre todo en el modernismo y sus innovaciones formales. Pero el tropo de las olas, o de un plano liso de agua que se extiende hacia el horizonte, no es solo uno de los grandes temas de la fotografía del último siglo; también es uno de los centros de la pintura en el arte romántico europeo, en particular del siglo XIX. Esto significa que el artista contemporáneo que se aproxime al mar como tema debe estar seguro de que su versión de la masa de agua destaca como interpretación independiente del tema. Es cierto que no podemos cambiar demasiado la propia imagen del agua, pero podemos percibirla de una forma nueva, o que construya de nuevas maneras sobre la base que ya tenemos. El don de Ortega es que su obra recorre conscientemente líneas formales que ya hace algún tiempo que se desarrollaron: ¿Qué otra cosa se podría hacer? Pero, al mismo tiempo, su sentido de la composición y los contrastes tonales son lo suficientemente logrados para ser interpretados como arte contemporáneo y no como una simple reelaboración del pasado. Sin duda, es difícil determinar qué hace que algo dé la sensación de novedad; las obras realizadas con tecnología informática afirman claramente su innovación en virtud de las máquinas que se utilizan. Pero es más difícil poner una foto al lado de otra, tomadas desde la misma perspectiva, pero separadas por más de cincuenta años, y sostener que una de ellas es nueva y la otra no.

Las fotos de Ortega no tratan de forma activa o consciente este problema; simplemente ella hace la obra que hace, y espera una lectura comprensiva de lo que hace. El problema no reside en la excelencia de la fotografía, sino en el tema tratado, que para muchos podría estar irremediablemente desfasado. ¿Cómo se podría actualizar un paisaje marino? A estas alturas, es un vacuo lugar común que ya se haya hecho todo en el arte; para una joven artista como Ortega la necesidad de hacer algo nuevo sigue siendo la misma que tuvieron artistas anteriores a ella. Ella tiene el mérito de haber revigorizado sus ideas con un sentido dramático de la estructura, que hace hincapié en el juego de la luz a lo largo de la superficie del agua. Es cierto que esto ya se ha hecho antes. Pero el talento de Ortega es que retrata el agua con mucha viveza, de forma dramática. No es que haga énfasis solo en el agua; en la serie de fotografías tomadas en Islandia, por ejemplo, vemos las casas del lugar, las tiendas de las calles y otras estructuras construidas por el hombre. Además, Ortega se interesa por otras imágenes de la naturaleza, aparte del agua: rastros sobre la nieve, primeros planos de cañas de trigo o bajas colinas vistas desde la distancia. La cuestión es que tanto la artista como los espectadores estamos pisando caminos muy transitados. Le corresponde a Ortega justificar una nueva visión de lo ya conocido: esa es la tarea que han de afrontar los artistas de hoy. Ella tiene el mérito de hacer que su visión funcione.

Por detenernos con más atención en algunas imágenes: Montauk nº 2 (2014) es un bello estudio en blanco y negro del mar del este de Long Island. La imagen está compuesta por bandas de luz y oscuridad, con un área de formas discontinuas que contrastan con el mar negro en el centro del campo compositivo. La imagen transmite una sensación tenebrosa, incluso apocalíptica, dramática por su presencia general y por los detalles que hacen que el conjunto resulte vivo. Es una fotografía donde solo hay naturaleza; la mayoría de las imágenes de Ortega excluyen a las personas. Su alto dramatismo, sin embargo, perdura en el recuerdo tiempo después de que el espectador haya visto la imagen. Big Sur—Summer Light (2016) es un gran paisaje de agua que se asimila mucho a una alfombra ondulada, en el que un par de rocas se yerguen en la parte inferior derecha. Sobre el horizonte, en la franja superior de la imagen apaisada, las nubes angulosas recuerdan a un cuadro de Clyfford Still. La luz del cielo flota sobre el agua en la esquina superior izquierda de la composición. Es una imagen que se apodera de las expectativas del espectador; la mayoría no nos damos cuenta de lo grande que puede ser Big Sur. En ambos casos, la imaginería abruma a su público sin perder su batalla con la forma, inmensa pero embrionaria. Ortega nunca desatiende la visión estadounidense, que es grandiosa y a veces roza la majestuosidad, pero siempre se sitúa en la perspectiva correcta de la raya.

Binary Drawing, nº 1 (2018) es una bella y extraña imagen de dos formas orgánicas blancas, una romboide y la otra esférica, que habitan la mitad derecha de un fondo oscuro y reticulado. Una imagen parecida a una ameba, transparente, conecta las dos formas. La obra empezó siendo una fotografía, pero fue embellecida por la artista con lápiz y ceras de color. El resultado es que ocupa el maravilloso terreno que existe entre los géneros, donde la particularidad de la imagen fotográfica se realza a mano. Mucho buen arte reciente se ha desarrollado situándose a medias en una parte y a medias en otra, y esta pieza de Ortega ilustra la complejidad de un lenguaje compartido. Loading Houses (2018) es otro dibujo-fotografía que consiste en dos formas irregulares, semitriangulares, que flotan en lo que parece un espacio abierto en el área superior de la superficie. En ambas obras, el contraste entre oscuridad y luz justificaría por sí solo un exhaustivo estudio. Ortega es una maniquea visual, que trabaja con marcados contrastes entre la oscuridad y la luz. Las diferencias quizá no sugieran un mundo gráfico del bien y el mal, pero sí insinúan las consecuencias de la diferencia, al menos en un sentido visual, si no moral.

De hecho, la presencia de valores tonales extremos es fundamental en la estética de Ortega. Las acusadas diferencias entre la oscuridad y la luz animan y dramatizan el punto de vista de Ortega, que se mueve en la dirección de un delicado equilibrio entre los grados de iluminación o su ausencia. Como conozco a Ortega por nuestras conversaciones me resulta imposible adscribir su perspectiva a un punto de vista religioso, y estaría forzando mi interpretación si atribuyera un sentimiento religioso a las obras de que disponemos. Sin embargo, sí hay una espiritualidad en estas imágenes, que es el lugar más cercano a la religiosidad convencional al alcance de los artistas contemporáneos. Pero, aún así, es sumamente difícil reconocer ese punto de vista, que para la mayoría es ligeramente incómodo como tropo, como principio de fe en el que creer. Puesto que nos encaminamos cada vez más en la dirección del arte creado por medio de la tecnología, tiene sentido que las materias etéreas –como el mar y el cielo– importen cada vez menos. Pero persiste la necesidad de algún tipo de trascendencia, como demuestra la sensación de satisfacción que generan las fotografías de Ortega.

Atman (2018) es una palabra que se refiere al principio básico del universo. Ortega opta aquí por desarrollar una serie profundamente densa de marcados blancos que cubren la superficie de la obra. Aparece una forma de diamante dorada en la mitad superior de la imagen, bajo la cual hay un rectángulo gris, ligeramente a la derecha. Dos franjas más bien finas conectan el rectángulo con el fondo, y en cada uno de ellos un fragmento dorado profundiza la imagen que nos encontramos. Es justo decir que el punto de vista de Ortega es normalmente cósmico, aunque resulta difícil decir dónde se origina en su arte, y en su pensamiento, tal lectura de la energía. La palabra cósmico es difícil; sugiere, de manera bastante libre y desorganizada, la presencia de poderosas energías que van más allá de nuestra percepción. Pero el arte de Ortega sí apunta en realidad a ese sistema. Hace que su obra sea grande en general, y conmovedora en su sentido de arreglo ajeno a nuestra consciencia. La impresión cromógena titulada Vertical Land (2016) muestra cuatro imágenes horizontales que, de arriba abajo, son el cielo, una cresta de árboles y follaje verde oscuro, el océano y un zócalo que se eleva, casi completamente reverdecido, y se proyecta sobre el agua por encima de él. Esta fotografía, atípica por su empleo del color, inspira grandeza por medio de la forma y los diferentes tonos, en vez de por la limitación del blanco y el negro. Una y otra vez, vemos que Ortega sugiere mucho más de lo que vemos en las fotografías y dibujos que se fusionan con una naturaleza más grande que la cultura de la que provenimos.

¿Qué significa esto? ¿Es Ortega una mística que tiene unas profundas raíces en la naturaleza? ¿O es, más precisamente, una artista que intenta crear un lenguaje de originalidad y profundidad? La mayoría de los artistas no se proponen a conciencia hacer lo que hacen; es el proceso creativo lo que los lleva a lugares que los críticos de arte deben criticar y explicar. Los escritores pueden hacer la lectura correcta o no respecto a una obra como esta, tan aliada con la magnificencia de la tierra y el mar que establece una expresividad propia, casi sin intervención artística. Dicho de otro modo, uno no tiene que tomar demasiado de la elevada belleza de la naturaleza. Aun así, se debe elegir la imaginería, y en bastantes casos, Ortega recurre a las modificaciones de la imagen fotográfica para realzar la fuerza icónica de lo que vemos. Es decir, la mejora a partir de la naturaleza, aunque sea eligiendo una perspectiva visual concreta que es especialmente llamativa para su espectador. Tanto en el arte como en la vida, siempre estamos mejorando el paisaje con la esperanza de que nuestros cambios produzcan una experiencia más elevada. Esto puede ocurrir o no, pero es algo que se ha intentado una y otra vez.

Ortega nos ofrece una visión de la naturaleza que mantiene una grandeza épica, en un momento en que los paisajes se están viendo devorados por el desarrollo. Es su intento de mantener vivo el mundo exterior. Pero que esto se pueda hacer con éxito es otro asunto. La creación del buen arte y la preservación del mundo exterior son dos cosas distintas, aunque uno espera que exista la posibilidad de un puente o lazo que las unan. Quizá la obra de Ortega es tan potente porque permite la otredad del mar como naturaleza, en vez de exigirle que se convierta en parte de su propia imaginación. Hacerlo daría lugar a unas imágenes de extraordinaria elegancia y autonomía; también, en teoría, acabaría con la mano de la artista. Esto casi nunca ocurre del todo; incluso las rocas esculturales chinas mejoradas se exponen en una condición supuestamente intacta. En realidad, lo que Ortega ha hecho en las imágenes citadas es encontrar una forma de que la tierra y el mar se registren como arte, sin perder su cualidad independiente, no cultural. Por eso las imágenes son tan bellas: se les permite respirar por sí mismas. La mayoría observamos el mundo exterior como algo que debe ser gestionado, pero este enfoque daña profundamente la naturaleza, y es una forma de desprecio cotidiano. Lo cierto es que sus elevaciones se pueden hacer permanentes por medio de la documentación artística y la intervención. Ortega forma parte de un grupo verdaderamente reducido de personas que buscan la realidad e intentan mantener una distancia de lo que registran y hacen, aunque acepten su papel como intérpretes culturales. Se dedican a embellecer, y a veces transformar, lo que existe en el mundo exterior, pero nunca se olvidan de la augusta divergencia de la naturaleza.

 

Traducción: Verónica Puertollano

Original text in English

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