Infancia italiana

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Me dispongo a hacer de Heródoto de mí mismo, pues como el Señor de la Montaña, yo ─o más bien mi mirada─ soy la materia de este libro. Italia entra en mi vocabulario, y por consiguiente en mi vida, a través de un libro de estampas sobre episodios de historia medieval, gran parte de ellos, sobre todo los que más me atraían, ambientados en Italia. Mezclado sin demasiado orden ni concierto con El halcón y la flecha, que debí de ver algún sábado en sesión de tarde, viene a mí memoria el episodio de la humillación del emperador Enrique VI en Canossa ante el papa Gregorio VII (Canossa en la actualidad está en la región de Emilia-Romagna, pero por entonces, el siglo XIII, pertenecía al mastodóntico Ducado de Toscana que se extendía por gran parte de Italia Central). Ildebrando de Soana, Gregorio VII en religión, es otro hombre recio de la Maremma. Un tipo de carácter: tuvo al heredero de los emperadores romanos, Rey de Alemania, de Arlés y de Italia, durante tres días al raso haciendo ostentosa penitencia. ¿Y qué decir de la batalla de Legnano (29 de mayo de 1176), el gran combate de los comuni de la liga lombarda contra el emperador Federico Barbarroja, en la que jugara un papel tan relevante el carroccio de origen longobardo defendido por la Compagnia della Morte y su legendario caudillo, Alberto da Giussano, quienes juraron luchar hasta la última gota de su sangre? Un perfil de ese guerrero es el símbolo de la Lega Nord, el movimiento separatista de Lombardía y del norte italiano. Es una lástima que tanto Alberto da Giussano como la compañía de la muerte sean solo meras leyendas. Pero sobre ese tipo de leyendas vagamente inspiradas en un episodio histórico se construyen las mitologías nacionales y la de la Padania no iba a ser una excepción. O las guerras civiles entre güelfos y gibelinos o las industrias y andanzas del gran Federico II, stupor mundi. O la infame ejecución de su joven heredero Conradino en la plaza del mercado de Nápoles. O las vísperas sicilianas. O el peregrinaje por Italia de Dante. O el arte de la guerra de los grandes condotieros: Colleoni, Gattamelata, Juan el de las Bandas Negras. O, por no hablar solo de la Edad Media, la gran ilusión napoleónica en Italia, la epopeya de Garibaldi y el Risorgimento. O las batallas de la Segunda Guerra Mundial en la península itálica, sobre todo la de Montecassino. Me detengo. Mi infancia fue, queda dicho, una sucesión de diapositivas de episodios de la historia italiana. Algunas veces creo que lo único que he hecho en la vida ha sido repasar y actualizar aquellas diapositivas.

La primera vez que viajé a Italia fue también por carretera, cuando en las excursiones de fin de estudios se estilaba ir a Italia, no a Punta Cana o a Cancún. Nada más cruzar la frontera desde Francia de pronto me deslumbró el fogonazo que ahora ha vuelto a tener lugar al hacer lo propio: Ventimiglia. El apellido del protagonista del ciclo de novelas de Emilio Salgari El Corsario Negro: Emilio de Ventimiglia y Roccanegra. No fue esta la única epifanía de esta índole, todas ellas vinculadas inextricablemente con las primeras lecturas de la infancia, aquellos tebeos de Joyas Literarias Juveniles que me traía mi hermana Marianela cada vez iba a Santander. Con aquellos tebeos fui echando troncos al hogar de mi mitomanía y comenzaron a armarse amores que aún me acompañan, entre ellos Italia y naturalmente el sueño de viajar a Italia.

En su libro sobre Venecia, Fondamenta degli Incurabili, Joseph Brodsky escribió nuestro destino: L’Italia è un sogno che continua a ripresentarsi per il resto della vita. Un sueño que comenzó, muy atrás en el tiempo, en la infancia, donde a estas alturas del partido ya sé a ciencia cierta que comenzó todo. A través de aquellos libros de estampas, de aquellas películas de sesión de tarde, de aquellos tebeos y de aquellas hazañas bélicas mi imaginación se incendió y yo comencé mi modesta aventura personal de peregrino de la belleza. Cuando leí el hermoso libro de María Belmonte di en pensar que en ese censo de peregrinos estaba mi genealogía.

El viaje a Italia, sin prisa, con innúmeras paradas, como en el poema de Cavafis, preferentemente desde el sur de Francia ─el mejor preludio posible para dirigirse a Italia─, atravesando Liguria, la Toscana, con parada final en Roma, donde terminarán estos sepulcros etruscos, no se acaba nunca. Porque Italia y Roma no se acaban nunca. Primero se sueña y se vive el viaje de antemano. Después se disfruta del viaje en una suerte de expansión de los sentidos que redunda en condensación vital. Además, se vive vicariamente lo que otros sintieron a través de la literatura. Literatura que convoca a la vida y que se convierte en vida propia. Al final, tras el regreso, se vuelve a soñar y recrear lo vivido e incluso se escribe algo acerca de ello. Ante nuestros ojos se desliza el eterno presente de Italia del que hablaba Joseph Brodsky.

Como escribió Stendhal, el encanto de Italia es el encanto de amar. Su rostro es cambiante, el pulso de las pasiones que suscita también se ve sometido a cambios y nosotros, quienes nos miramos en ese espejo, no somos los mismos cada vez que contemplamos el mar italiano de belleza. Pero hay algo que permanece inalterable desde aquella infancia italiana tan lejos de aquellas tierras: la evocación de la melodía de Italia siempre hace que mi corazón lata más deprisa. Yo también estuve en Arcadia. Et in Arcadia ego, aunque de sobra sepa ya que todo paraíso tiene la pesada hipoteca de la mortalidad. Pero si es posible en un sepulcro etrusco.

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