Intimidades perdidas

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Hay ese poema de Bolaño donde está con su hijo en el wáter y piensa cómo pronto esa intimidad con el hijo habrá de desaparecer.

Duran muy poco tiempo, esas intimidades.

En el amor paterno filial son más de apego, de no querer alejarse. De que el vínculo esté presente y parezca indestructible. Sirve para que se afiance y construya la incipiente intimidad del hijo, de la hija.

En el amor de pareja es diferente.

Tiene más con el descubrir lo prohibido que voluntariamente se desea compartir. Es una forma, al fin, de darle gasolina a ese mismo deseo. El querer construir un espacio nuevo de comunicación a través de lo sagrado, lo misterioso; hasta cierto punto es una forma de darle nombre a lo inefable, de permutarlo por lo (des)conocido privado.

No obstante, también se pierde.

Y es quizá en ese momento, cuando la familiaridad se construye fuertemente (y se olvida del deseo) que las parejas se rompen, se diluyen o acaban en colegueo.
Será porque toda vida y todo asunto relacionado con la vida, con nuestra vida, tiende al origen (a su aniquilación); así la muerte de todas las cosas.

Intimidades incluidas.

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