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© Noé Sendas. Crystal girl nº 100 (2010).

 

Según los datos de la Agencia del ISBN conocidos hace escasas fechas, el sector editorial español publicó en todos los formatos más de 88.000 títulos en 2012 –el 82% en castellano– de los cuales los libros de ficción y temas afines, representaron un 18%, esto es, por encima de los 15.600 títulos. Si sus intereses les llevan, además, a demandar obras de temáticas como puedan ser Sociedad y Ciencias Sociales, Humanidades o Literatura y Estudios Literarios, sepa que tendrá a su disposición otros veinte mil títulos entre los que elegir. Repetimos: sólo en España, sólo en un año.

 

Los datos son bastante impresionantes y contrastan, como con frecuencia se subraya, con los hábitos de lectura de los españoles –que pese a haber aumentado en los últimos años, se sitúan todavía a siete puntos de la media europea–, y muy especialmente, con el descenso de la facturación, aquejado, no me imagino en qué proporción, tanto por la piratería como por la angustiosa situación económica del país. Pero, con independencia de cuál sea la situación del panorama editorial en España, la realidad es que cada año, nos enfrentamos como lectores al reto tan estimulante como a veces abrumador, de tener que elegir entre miles de novedades, que no cesan de acumularse, envejeciendo tan pronto han llegado a los estantes de las librerías, sabiendo de antemano que a lo largo de nuestra existencia sólo tendremos la posibilidad de leer una ínfima parte de esa montaña de posibilidades que a poco que dejemos volar la imaginación pronto nos devolverá la inconcebible imagen vislumbrada por Borges (y que él mismo se encargará de refutar autoparódicamente más tarde en su célebre cuento) de esa “vasta Biblioteca contradictoria, cuyos desiertos verticales de libros corren el incesante albur de cambiarse en otros y que todo lo afirman, lo niegan y lo confunden como una divinidad que delira”. De acuerdo, tal vez, exagero. Pero, hagamos un cálculo rápido. Supongamos que alguien lea de media un par de libros a la semana, lo que no está nada mal, y supongamos que lo hace a lo largo de 60 años ininterrumpidos de práctica. ¿Qué obtendríamos? Pues que a este lector imaginario sólo le daría tiempo a dar cuenta de unos 6.000 títulos a lo largo de toda su vida. Puestos uno al lado del otro formarían una biblioteca bastante menos epatante que la descrita por el escritor argentino pero, no obstante, seguiría siendo una colección más que interesante, muy superior en todo caso a la que habría podido soñar poseer cualquier hombre culto antes de la invención de la imprenta, incluso en los siglos inmediatamente posteriores. Sin embargo, si ponemos este dato en relación con la oferta disponible, la realidad es que la cifra resulta irrisoria.

 

Se dice que Ronald L. Hubbard, fundador, al parecer, de la cienciología, y un conocido, se comenta, autor de ciencia ficción –no podía ser de otra forma–, escribió más de 1.000 libros y bastaría añadir la bibliografía de Lauran Paine, Prentiss Graham, George Simenon, Jozef Ignacy Kraszewski, Isaac Asimov, Enid Blyton y Corín Tellado, por citar algunos ejemplos de escritores sumamente prolíficos, para superar entre los ocho ampliamente la cantidad de referencia apuntada arriba.

 

Luego hay que contar con el hecho de que llegado a un cierto punto de la vida, en el que reconozco que yo me encuentro, el amante de los libros comenzará también a releer con cierta asiduidad. Resulta un placer impagable pero sabemos que el tiempo que invertimos ahí se lo quitamos a algún otro libro que nunca leeremos. Si cuento todo esto, bastante evidente de por sí, es precisamente para subrayar la importancia que tiene saber elegir qué leer. Del mismo modo que el creador, como señaló en cierta ocasión George Steiner, a quien las soluciones se le antojan “mendigos comparadas con la riqueza del problema”, también a los lectores nos acompaña con frecuencia esa sospecha de si no estaremos tomando decisiones insatisfactorias o desacertadas. No basta con aprender a abandonar un libro si pasadas las cincuenta primeras páginas (a veces se necesita mucho menos) no nos dice gran cosa. Además de nuestro tiempo, generalmente está en juego nuestro dinero, y si es adicto al papel, el espacio que habrá de ocupar en la estantería. Pues, seamos sinceros, ¿quién se desprende de un libro aunque no le haya gustado, aunque piense, tal vez por proceder de un regalo poco afortunado, que nunca lo leerá? No podemos olvidar que el lector casi siempre es también un fetichista.

 

Evidentemente, con las cifras en la mano, resulta fácil inferir que cada año salen al mercado miles de obras mediocres, pues una cosa es haber prácticamente erradicado el analfabetismo y otra que todos seamos unos góngoras o unos galdoses. Parte de mi afán como lector pasa por intentarlas esquivar, y esto necesariamente nos lleva a responder con cierta solvencia a la pregunta “por dónde empezar”. Porque cada vez que cerramos un libro, y mientras nos abandonamos al eco que deja en nosotros cuando este realmente nos ha permeado, empezamos a ser conscientes de que esta interrogación volverá de nuevo a asaltarnos.

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Durante años, utilicé una táctica, bastante conservadora, lo reconozco, para seleccionar mis lecturas sin temor a equivocarme. Procuraba no leer a ningún autor vivo. Y si había muerto hacía más de medio siglo, mejor que mejor. De este modo, profundizando en ese “gran misterio de las letras” que los escritores consagrados por la tradición ponían a mi alcance, se me abría la posibilidad de entablar conversación, como Fernán Pérez de Oliva señalara ya en el siglo XVI, “con los ausentes y de escuchar ahora los sabios antepasados las cosas que dijeron”. El mérito de los grandes autores reside precisamente en esa capacidad para dialogar con sus lectores futuros en un presente perpetuamente renovado. “Escribo no sólo para el lector de hoy –dijo Flaubert–, sino para todos los lectores que puedan presentarse mientras la lengua exista”. De este modo, conseguía ponerme a salvo de los sirenas de la industria cultural que con sus cantos publicitarios aprendidos en las mejores universidades americanas –así más o menos se me debía de presentar la cosa– trataban de hacerme sucumbir, desviándome del camino recto.

 

Luego, no sé en qué momento, algo cambió. Pensé que si el escritor, como señaló Sartre, hablaba “a sus contemporáneos, a sus compatriotas, a sus hermanos de raza o clase”, resultaba algo desconsiderado no prestarle alguna atención. Yo mismo hacía mis pinitos con la pluma y aunque, obviamente, escribía para la posteridad, empezaba a dudar de si podría mantener indefinidamente una estrategia como la mantenida hasta el momento, no ya a riesgo de no operar contra mis propios intereses, sino sin saltarme a la torera algún imperativo kantiano. Al fin y al cabo, ¿cómo podía aspirar a que un día alguien me leyera a mí si yo mismo mostraba tal desdén por los más cualificados representantes de entre mis contemporáneos? No, algo fallaba. Estaba a punto de comprender que los mejores y, entre estos, los más afortunados de entre los escritores de hoy, serían los clásicos del mañana.

 

Aquella modificación de mis preferencias no supuso tampoco, he de confesarlo, una conversión radical. A día de hoy siguen sin obsesionarme las novedades o las modas literarias, aunque algunas, como la de publicar a Thoreau me resulten mucho más agradables que otras, la del porno para mamás –¿de verdad esta imagen no les espanta o es cosa de mi superyó?–, sin ir más lejos. De hecho, como otros muchos, comparto la idea de que el vertiginoso ciclo de reposición de la cadena del libro puede resultar a la larga un mecanismo devastador que más que a un lector atribulado sólo beneficia a las grandes empresas, que no suelen dar prioridad, con honrosas excepciones, a los valores netamente culturales. No se trata aquí y ahora de hacer una crítica radical de la industria cultural en los términos esbozados por algunos de los más eximios frankfurtianos, ni de lanzar un anatema sobre el sector editorial, cuya actividad, según datos de los editores españoles, contribuye con 41.000 millones al PIB español (el 3,6%) y da trabajo a más de 625.000 personas. Porque, entre otras razones, no se lo merece. En España se publica mucho, ya lo hemos dicho, pero también muchas veces bien.

 

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Sin embargo, una cosa es leer y otra bien distinta, aunque todos llevemos un crítico dentro, es escribir sobre lo que uno lee pensando que eso pueda interesarle a alguien más. Serle de utilidad, con mucha suerte, incluso producirle algún placer. Y no puedo evitar que estas dudas me asalten cada vez que me enfrento a una reseña o cuando, como en este caso, te llaman desde un medio que quiere distinguirse por su rigor, y al que tú mismo acudes para conocer algo más de tu mundo, para que hables de libros. Cómo hacerlo sin titubear cuando el propio Azorín se encarga de recordarte que “El misterio de la obra literaria no será jamás por nadie enteramente esclarecido”. ¿O no dejó escrito Schiller mucho antes en la carta primera de La educación estética del hombre que “El encanto de la belleza estriba en su misterio” y que, por tanto, “si deshacemos la trama sutil que enlaza sus elementos, evapórase la esencia toda”.

 

Sin embargo, algo nos empuja a intentarlo, a no aceptar que la literatura, como Bertrand Russel dijo de las matemáticas, pueda definirse como “una materia en que nunca sabemos de qué estamos hablando, ni podemos averiguar si es o no verdad lo que decimos”, obligándonos a renovar, pues, con las debidas cautelas, ese desafío cada vez que cruzamos el umbral que marca la portada de un libro e intentamos desvelar al autor que se nos oculta con la intención de “alcanzar –como apuntó Durrell en su Cuarteto de Alejandría– la auténtica fuente de sus sentimientos”.

 

Para conseguirlo sabemos, además, que no hay métodos universalmente válidos, que en última instancia, deberás prestar atención a ese demonio interior del que hablaba Virginia Woolf y que te lleva a decir “me gusta esto, odio aquello”. No faltan precisamente prescriptores –también a estos hay que aprender a discriminarlos– y cada lector ha de terminar desarrollando su propia estrategia. Y aunque, en mi caso, reconozco que igual estoy lejos de poseer esa “disciplina implícita” que alguna vez ha recomendado Harold Bloom, y a pesar de que confieso que mi propensión cierta dispersión lectora no se aviene del todo con las lindes que a veces cierta concepción de la cultura –“especialistas sin espíritu, hedonistas sin corazón”, llamaría Weber a sus más acérrimos valedores– se empeña en fijar, puedo asegurarles que me esfuerzo. Y también, aunque quizá no sea el verbo más afortunado, me divierto.

 

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Me propuse renacer como “librófago” no por arrogancia. No leo más ni mejor que nadie. Tampoco por un afán de originalidad, pues otros han usado con anterioridad el término, aunque en mi descargo diré que sólo lo descubrí más tarde. La palabra “librófago” no aparece en el DRAE, que sí comprende la acepción bibliófilo. Es la expresión correcta y recomendable, niños. Pero, si bien esta última en su segunda acepción se aplica sin más a aquella “Persona amante de los libros”, en su primera y más extendida alude a los aficionados “a las ediciones originales, más correctas o más raras” de los mismos. Y, aunque no puedo sino admirar esas ediciones y no me importa reconocerme, pese a que reconozco las virtudes de la edición digital –no podría entenderse de modo contrario mi presencia en FronteraD–, como un defensor a ultranza del libro impreso, no es mi caso. Librófago, de este modo, aunque al precio de torcerle el cuello a la lengua se acomodaba más adecuadamente a mis intenciones. Todo el mundo entiende su significado a la primera y además, por paronomasia, evoca a los lotófagos (y por extensión a La Odisea), entendidos no en el sentido de desmemoriados sino, precisamente, de quienes abandonados a la lectura se olvidan de los afanes y trajines de la vida, de la que no pretenden en ningún caso evadirse, aturdiéndose en una “orgía perpetua”.

 

“El único consejo que una persona puede darle a otra sobre la literatura es que no acepte consejos”, decía también Woolf, a pesar de lo cual ella misma se encargó de ofrecer algunos realmente valiosos. Al lector virtuoso ella le recomendaba imaginación, perspicacia y juicio. Personalmente, no sé si más modestamente, o todo lo contrario, me gusta recordar una definición si se quiere bastante elemental de un manual que en las últimas décadas han manejado miles de estudiantes de filología. Hablo de Introducción al estudio de la literatura, de Brioschi y Di Girolamo. Allí se nos dice: “La crítica no tiene sólo la finalidad de ofrecernos análisis e interpretaciones de los textos literarios, que nos servirán para leerlos mejor, cuando los leamos; el fin último es persuadirnos a leerlos, para que no se interrumpa la cadena del uso repetido”. De algún modo nos recuerda que quienes tenemos la osadía de actuar como intérpretes, como mediadores, formamos parte de la misma familia que aquellos “hombres libro” que en Fahrenheit 451 memorizaban textos enteros para salvarlos de la destrucción. Pese a los miles y miles de títulos que se publican cada año, hoy la verdadera amenaza no es que los libros sean prohibidos o censurados, ni siquiera quemados (aunque nunca está de más tener presente aquella admonición de Heine: “Allí donde queman libros, acaban quemando hombres”), sino que, entre la inmensa y globalizada oferta de productos presentados con envoltorios casi idénticos, acaben por resultarnos triviales, innecesarios.

 

Dentro de mis posibilidades, y procurando no decepcionar las expectativas de quienes como Alfonso Armada, Emilio López-Galiacho o Israel Suárez Medina, me han traído hasta aquí y me han facilitado el aterrizaje, intentaré al menos no contribuir a la inflación verbal reinante, hablando de aquellos libros que más me han llamado la atención de cuantos van cayendo en mis manos.

 

Cuento, por supuesto, con la complicidad, que no necesariamente la aquiescencia, del lector que decida acompañarme en este viaje. Por el momento me conformaré con que a aquellos que se acerquen a este blog no les venga inmediatamente a la cabeza aquella humorada, menos exagerada tal vez de lo que pudiera parecer, que escribió una vez uno de nuestros más sagaces lectores, Alfonso Reyes:

 

¡La crítica, esta aguafiestas, recibida siempre, como el cobrador de alquileres, recelosamente y con las puertas a medio abrir! La pobre musa, cuando tropieza con esta hermana bastarda, tuerce los dedos, toca madera, corre en cuanto puede a desinfectarse!”.

 

[Imagen: © Noé Sendas. Crystal girl nº 100 (2010)]

José María Matás nació en Vélez-Málaga un poco más abajo de la casa en la que María Zambrano dio sus primeros pasos, lo que, sin suponer ningún mérito, siempre ayuda a decorar cualquier perfil biográfico. Y, además, es verdad. Debe a Verne y a Ibáñez sus primeros grandes gozos como lector, aunque probablemente ningún otro libro de su infancia le marcaría tanto como aquella espantable antología de relatos que “la señorita Charo” le obligó a leer, titulada Los cuentos de la calle Broca.   Apasionado de la política (siempre acarreará el lastre de no haber podido votar en el referéndum de la OTAN con la absurda excusa de que sólo tenía nueve años) y periodista frustrado, vocacional y autodidacta (el orden de los factores no altera el resultado), terminó estudiando Filología Hispánica en la Universidad de Málaga - donde cursaría estudios de doctorado dentro del programa Tradición Clásica y Modernidad Literaria en Hispanoamérica- y años más tarde, acaso como postrero desquite, Ciencias Políticas en la UNED.   Fundador de la extinta revista cultural La Pluma y el Tiempo y autor, entre otros, del libro de poemas Cristales rotos y de la obra teatral Un mar de fondo, con la que fue finalista del III Premio Internacional de Teatro para Autores Noveles Agustín González, viene colaborando desde hace más de una década con artículos sobre crítica cultural y reseñas de libros en diferentes publicaciones y medios digitales.   Piensa, con Kafka, que “un libro debe ser como un pico de hielo que rompa el mar congelado que tenemos dentro” y, con Sartre, que “El mundo puede prescindir perfectamente de la literatura, pero puede prescindir del hombre todavía mejor”.   De vez en cuando habla de sí mismo en tercera persona, pero solo por pudor.   No tiene e-reader, pero sí un limonero.