Introducción a la poesía

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La vieja discusión sobre qué fue antes, la tortuga o el esturión, no es nada comparada con la discusión sobre las capacidades objetivas de la poesía. ¿Es la poesía un mero ornamento, un acto de belleza perpetrado en el cuerpo de las palabras, o por el contrario un instrumento capaz de hallazgos reales, objetivos y empíricos? En otras palabras, ¿posee el poeta un modo propio de conocer? ¿Es la poesía un instrumento apropiado para investigar la realidad, o sólo puede moverse en el cielo relativo de las impresiones y de las fantasías de la psique?

            Lo más extraordinario de la poesía, como de cualquier actividad artística (y todas son, en realidad, variedades de la poesía) es que permite a los seres humanos una forma de conocer que no proviene directamente del mundo de los sentidos ni tampoco del de las categorías y de los conceptos. Si desde el siglo XVII hemos soñado un ser humano cuyo “interior” ha sido creado, en realidad, desde el exterior, a través de las impresiones de los sentidos y de las enseñanzas de una determinada cultura, la poesía sigue postulando la idea de la magia renacentista, y presupone que entre el ser humano y el mundo existe un vínculo que nos permite saber cosas reales y comprobables, objetivas y empíricas, de un modo inmediato, sin concurso de los ojos ni de los oídos.

            Seguramente muchos encontrarán esta noción ofensiva, pero ¿qué sentido tendría leer poesía si no estuviéramos convencidos de que esta, como la música, la pintura, la danza o el teatro, nos dicen algo absolutamente real sobre nosotros mismos, y que podemos utilizarla, por así decir, para comprender cosas que de otro modo nos resultarían incomprensibles? Paul Ignaz Vitalis Troxler, el autor de la famosa frase, “hay otro mundo, pero ese mundo está en este”, afirma que la única manera de conocer el mundo exterior de la física es buscando en el interior de nuestra psique, ya que entre ambos, el mundo de fuera y el mundo de nuestro interior, existe un vínculo real y empírico.

            Este es Henry Corbin: “La imaginación activa no produce construcciones arbitrarias, aunque sean líricas, que se interpongan ante lo “real”, sino que funcionará directamente como facultad y órgano de conocimiento, tan real, o más, que los órganos de los sentidos” Y afirma que la imaginación activa posee “una función noética o cognitiva propia”. Proust: “el amor es el espacio y el tiempo hechos sensibles al corazón”. Píndaro: “Sabio es el que sabe por naturaleza, pero los que han aprendido, a revoloteantes cuervos que croan se asemejan.” Aristóteles, en la Ética a Eudemo afirma que “el principio del razonamiento no es el propio razonamiento, sino algo más poderoso”. Este algo más poderoso es el dios, que es accesible “a los melancólicos y a los que sueñan la verdad.” Rudolf Steiner: “Sólo se debe considerar el conocimiento como algo real cuando se dice a sí mismo: lo que conformo en mi espíritu como conocimiento debe estar antes previamente contenido en las cosas.”

            La posibilidad de conocer directamente que es propia de la poesía es común a todos los seres humanos, y es lo que solemos llamar vagamente “inspiración” o “intuición”. Pero se trata de un órgano de conocimiento OBJETIVO, capaz de percibir realidades que están más allá de las meras creaciones psíquicas tales como opiniones, creencias, fantasías o puntos de vista. En este carácter objetivo del órgano de investigación poética está la verdadera fuerza y el verdadero valor de la poesía.

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Andrés Ibáñez
Madrid, 1961. Escritor. Estudió Filología Española en la Universidad Autónoma de Madrid y piano en el conservatorio. Fue pianista de jazz y profesor de español. Vivió en Nueva York durante unos cuantos años y en la actualidad reside en Madrid con su mujer y sus dos hijos. Es autor de las novelas La música del mundo, El mundo en la Era de Varick, La sombra del pajaro lira, El parque prohibido y Memorias de un hombre de madera y del libro de cuentos El perfume del cardamomo. Ganó el premio Bartolomé March por su labor como crítico literario. Ha sido además crítico de música clásica del diario ABC, en cuyo suplemento cultural escribe desde hace varios años su columna Comunicados de la tortuga celeste. Su ópera Dulcinea se estrenó en el Teatro Real en 2006. Acaba de terminar una novela titulada La lluvia de los inocentes.

1 COMENTARIO

  1. A mí la poesía me parece que

    A mí la poesía me parece que vale para entrar en un estado de consciencia o conciencia distinto. Lees una página y, zas, eres otro, como diría Rimbaud. Otros emplean las drogas o el alcohol, se tiran en paracaídas o circulan en sentido contrario por la carretera.

    Contra lo que la gente suele creer, lo importante de la poesía no son las metáforas, ni la métrica, ni (esto lo cree menos gente a estas alturas) la rima. Menos aún es necesario que el poema sea un soneto o una lira. Hombre, es cierto que cierta limpieza formal, cierta gracia rítmica o fonética es algo interesante, pero lo primordial es que vivamos lo intenso y lo inmenso que otro ha dispuesto para nosotros sin necesidad de ser otro verdaderamente.

    Se me ocurre que la poesía, y el arte en general, son el modo más eficaz de alargar la propia vida.

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