Invención de los recuerdos. Una galería de cuatro cuadros y algo más

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La infancia se quedó en una tarde, el día que caminó con su madre por una callecilla naranja, y supo que las personas viajaban a los Estados Unidos en busca de la felicidad. Fue el día que vio partir a su padre en una vieja motocicleta de montaña, con un pequeño maletín sobre la espalda, una mano extendida en señal de despedida, y una silueta que se difuminó con el aire. Fue una mañana de llovizna.

La vida parecía entonces un extenso sueño, y el mundo no era más que las paredes, patios, animales y plantas de la casa familiar; una modesta cabañita campestre hecha de adobe, tejas de barro y puertas de madera, donde él y su familia habían hecho su hogar en las montañas hondureñas, “lejos del mundanal ruido”. Era feliz siendo niño, tanto como podía serlo un pequeño de escuela en una casa modesta en un país rural.

Pero aquella es una casa del pasado. Las paredes se agrietan, y los patios olvidan que los colibrís aleteaban sobre la vieja buganvilla que aún se llena de flores. Todos se han ido, excepto el mar de recuerdos y aquel primer dibujo –ingenuo como él– que aún se aferra a la puerta como prueba irrestricta de una vida lejana. La memoria de los suyos se hace presencia. Llega la evocación.

De pronto todo es claro: la infancia es ahora y la casa familiar está repleta. Su padre ha traído una televisión y todos en la aldea han llegado para verla. Es una pequeña pantalla en blanco y negro de catorce pulgadas que funciona con antena y una perilla manual. A veces, para cambiar de canal, hace falta una tenaza. Y es cierto que en el resto del mundo aquel es un aparato del pasado, pero en una casa como la suya, resulta toda una novedad, y es, además, una inocente forma de estar juntos.

Después es una tarde de frío. Los arreboles se anidan en el firmamento, y mamá ha llegado por él hasta la escuela “José Arcadio Pineda” (adonde asiste); lo ha librado del pesado bolso escolar, lo ha tomado de la mano y han partido juntos por la misma callecilla naranja, llena de barro, por donde siempre transitan para llegar a la colina donde está la casa. A medida que avanzan, una sombra delgada y suave va quedando tras ellos…

Luego está la imagen del abuelo Sebastián. Es un hombre callado, buen cristiano y no demasiado viejo para ser su abuelo. Tiene mirada honda y trabaja en su taller de madera. Trae un medidor al cinto, un lápiz de marcar sobre la oreja derecha y una curtida ropa llena de polvillo, Resistol y brea. Ejerce el oficio de los sabios, y antes de trabajar en ellos, habla con los árboles.

El taller está en silencio. No hay ruido de máquinas, martillos o lijas. Pero él y sus hermanas –que han ido a visitar al abuelo– corren por todos sus rincones; jugando, gritando, y dejando huellecillas en el suelo, donde el aserrín entremezclado con el polvo, forma gruesos colchones con los restos de maderas.

Ya le parece que salta sobre esos viejos colchones. Ya le parece que siente, repentinamente, el aroma indescriptible de la madera fresca, de los olores de la cocina una noche de frío, de la tierra mojada alguna tarde de lluvia, de las flores silvestres en los húmedos campos.

Le asombran todos esos recuerdos. Vuelven a su cabeza como viejos espías de su vida, como adorables intrusos de un pasado nebuloso e inconstante. Quizá los recuerdos no son más que una invención –como afirmó De Quincey–, una imposibilidad del deseo. Porque algunos recuerdos son capaces de distorcionar el pasado, de transformar el tiempo y la memoria.

Ahora, él, niño injustamente crecido, es inventor de recuerdos; un pintor de la infancia y la memoria, un poeta del color cuya obra está llena de él; un escapista nostálgico para quien –según la idea de Isaiah Berlin– todo lo sucedido es más hermoso que la realidad del presente.

Sus cuadros son memorias del instante, recuerdos levemente insinuados, palabras que llegan desde el propio silencio, y emergen, hondamente, como el agua del agua del fondo de la tierra. Son testigos sigilosos, fotografías que cuentan episodios queridos, añorados; sucesiones de imágenes sobre la transparencia de la ingenuidad, el misterio de la infancia y la nostalgia de una vida posible en otro tiempo.

Su obra es un mural fraccionado donde lo inaparente y lo cotidiano cobran vida. Sus protagonistas son personas del campo, paisajes rurales, escenas de una vida hondureña a veces dolorosa, a veces triste; historias que cuentan toda la geografía de un país.

Imaginemos esta galería:

Cuadro primero: Aquí hay una mujer sentada. Es una joven de apariencia modesta y facciones indígenas. Lleva el cabello suelto y un vestido de colores. En su abdomen hay un hijo que crece. Ella lo protege, lo contempla, lo acaricia. Y apenas se distinguiría, pero tiene un rostro triste; puede adivinarse por las comisuras de su boca y las cuencas semihundidas de sus ojos. Atrás, como un guardián, está una sombra, quizá como testigo del tiempo y de las cosas.

Cuadro segundo: En algún lugar de Honduras hay dos niños taciturnos. Tal vez dos niños que descansan de los trabajos diarios durante la temporada de café en algún pueblo de Lempira. El mayor está sentado, y el más chico, duerme sobre el pecho del más grande. El mayor –que apoya su espalda contra un muro imaginario y se auxilia con su brazo derecho para soportar el peso del otro– hace descansar su frente sobre la frente del durmiente, en una imagen cariñosa y tierna. Nadie sabe dónde están, cómo se encuentran o dónde, pero da la impresión de que ambos tienen frío. Da la impresión, también, de que entre ellos hay amor genuino.

Cuadro tercero: Él es un niño que hace ruido con la boca y juega con sus manos sobre el lavadero del patio, donde mamá lo ha puesto en cuclillas, le ha jabonado el cuerpecillo frágil y masajea su cabeza en espumosos círculos. Para limpiarlo de todo, mamá, que está de espaldas con el cabello recogido en un moño, vierte agua clara sobre su cabeza, casi como con la esperanza de lavar más que su cuerpo: el agua también limpia el alma.

Cuadro último: Una madre se abraza desgarradamente a dos de sus hijos. Junto a ellos, dos hombres observan el abrazo con rostros inexpresivos y borrosos. En algún punto, todos están rodeados por una cerca hecha de hombres con armas, armaduras y trampas; hombres-muro que no les permiten continuar con su viaje: son una familia de migrantes, una de las miles que se enlistan en las caravanas que parten desde Honduras huyendo del horror y del hambre.

Quizá al pintar esta escena, se ha recordado a sí mismo como aquel niño triste y conmovido que vio partir a su padre una mañana de lluvia hacia el mismo destino, con el mismo dolor y la misma certeza de olvido, despedida y pérdida. Toda una vida parece caber en sólo recuerdo, en una sola imagen, en un solo cuadro.

Cristian Gavarrete pinta historias de la vida sobre la vida misma, universos de color y casa recobrada. Para vivir y respirar en ellas, ha sido preciso vivir y respirar recuerdos, porque en el fondo todos estamos hechos de recuerdos, de cosas que se llevan, más en el corazón que en la memoria.

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