James Joyce y su caricatura. La obra del irlandés despertó interés en España, pero cayó en el olvido y el desprecio durante cincuenta años

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César Abín. Caricatura de James Joyce. 1932

El centenario, hace unos meses, de la publicación en París de uno de los libros seminales de la literatura contemporánea, Ulises, de James Joyce, ha suscitado la aparición de algunas obras de interés en un universo narrativo muchas veces encallado en el chascarrillo o la glorificación gratuita. Lo más interesante y novedoso, tal vez, es el volumen Cuentos y prosas breves, editado por Páginas de Espuma y anotado y traducido con gran solvencia por Diego Garrido. Reúne textos muy reveladores, como Giacomo Joyce, que Tusquets editó por primera vez en versión bilingüe en 1970, poco después de que su propietario accediera a divulgarlo, escritos de juventud, cuentos infantiles, fragmentos, borradores y una nueva versión de Dubliners. De Ulises se remozan las tres traducciones más conocidas –que no la únicas–: la de José María Valverde en Lumen, publicada por primera vez en esa misma editorial en 1976, que supuso la normalización de Joyce en España; la de Salas Subirat, particular por tantos motivos y que ya fue actualizada por Eduardo Chamarro, en esta ocasión en una edición lujosa con las ilustraciones de Eduardo Arroyo (Galaxia Gutenberg), y la de Francisco García Tortosa y María Luisa Venegas para Cátedra, a mi modo de ver la más completa y fiable, aunque solo sea porque actualiza las anteriores y contiene un prólogo-guía de cien páginas esencial para enfrentarse a la peripecia de Leopold Bloom y Stephen Dedalus un día corriente de Dublín en junio de 1904.

Joyce quiso, a toda costa, tener el primer ejemplar de Ulises en sus manos el día de su cuarenta cumpleaños, el 2 de febrero de 1922. Es sabido que era amigo de la numerología y de la astrología y daba a las fechas un poder mágico, especialmente al día en el que había nacido. Su abnegada editora Sylvia Beach tuvo que organizar un envío especial y plantarse en la Gare de Lyon de París a las siete de la mañana para recoger el paquete que le entregó el revisor del expreso de Dijon con los dos primeros ejemplares del famoso libro de cubierta azul. Uno de ellos se lo llevó al autor; el otro, expuesto en su librería Shakespeare and Company, congregó a una gran cantidad de curiosos que acudieron a verlo durante todo el día.

El antojo del irlandés había obrado el milagro de poner fin a un libro inacabable. Durante años, desde la publicación de los primeros capítulos en The Little Review en 1918, las dificultades de Ulises se habían ido acrecentando, con manuscritos que terminaron en el fuego, mecanógrafas que se negaban a transcribir ciertos pasajes y maletas con notas de vital importancia viajando por Europa, además de los procesos judiciales y de las prohibiciones. Las 732 páginas del libro se compusieron en una imprenta de Dijon, letra a letra, por parte de cajistas que no hablaban inglés. Y Joyce seguía añadiendo texto a las galeradas y pruebas que recibía: se calcula que escribió así un tercio de la novela, más de la mitad del último capítulo, el monólogo de Molly Bloom. Las últimas correcciones llegaron a la Imprimerie Darantière el 31 de enero.

Joyce se había instalado en París a mediados de 1920 dispuesto a dar el impulso definitivo a una obra que hasta entonces no había salido del ámbito anglosajón. Un año más tarde se quejó de que la prensa francesa no había publicado ni una palabra sobre él, pero el lanzamiento definitivo estaba a punto de llegar de la mano de Valery Larbaud, que se ofreció a dictar una conferencia a comienzos de diciembre de 1921 que luego sería publicada en la Nouvelle Revue Françoise. Larbaud gozaba de gran predicamento en España y lo que presentó como una revolución literaria tuvo traslación en el extenso artículo, ‘James Joyce en su laberinto’, que publicó Revista de Occidente en noviembre de 1924. Su autor fue Antonio Marichalar, marqués de Montesa, encargado de la literatura anglosajona en la revista, que se carteó con Joyce y Sylvia Beach.

Se habían publicado algunas noticias previas, sobre todo de los escándalos y pleitos del irlandés, pero fue el aldabonazo de Marichalar, confirmado por la mención a Joyce de Ortega y Gasset en La deshumanización del arte (1925) –como uno de los ejemplos de superación del realismo a base de extremarlo–, lo que le puso en el candelero. En enero de 1925, de forma precipitada, Jorge Luis Borges se declaró en la revista Proa de Buenos Aires como el primer aventurero hispánico que había arribado al libro de Joyce. Alentado por el grupo de Ortega, un joven Dámaso Alonso publicó en 1926, con seudónimo, una de las primeras traducciones de A Portrait of the Artist as a Young Man. Al año siguiente, la carta de protesta por la edición pirata de Ulises en Estados Unidos contó con la firma de Azorín, Jacinto Benavente, Ramón Gómez de la Serna, Juan Ramón Jiménez, Antonio de Marichalar, Gabriel Miró, José Ortega y Gasset, Miguel de Unamuno y el mexicano radicado entonces en España Alfonso Reyes. Por indicación expresa de Joyce, se fechó el día de su cumpleaños: el 2 de febrero de 1927.

Las letras hispánicas habían sido sensibles al fenómeno literario anunciado por Larbaud, pero ninguno de los grandes escritores de la época acusó influencia, ni siquiera interés. Baroja tacha a Joyce de dislocado, absurdo, incomprensible y disparatado; Antonio Machado le considera el último e intransitable representante de una novela acabada: “un canto de grajo”; ni Valle-Inclán ni Gómez de la Serna se sintieron concernidos. Solo Ramón Pérez de Ayala confesó que Joyce le había provocado “cierta preocupación estética y literaria”, pero no era posible tomarle en serio. Tras la Guerra Civil, el realismo le orilló aún más, y cayó a menudo en el desprecio o la burla. Con la misma fogosidad, medio siglo después de la publicación de Ulises cambiaron las tornas, y Joyce se erigió en uno de los instrumentos para enterrar al realismo. Luis Martín-Santos y Juan Goytisolo fueron los abanderados, con el trabajo de algunos críticos como Ricardo Gullón y Juan Ramón Masoliver. En 1976 se publicó la traducción de Ulises de José María Valverde –la primera en España tras la argentina de Salas Subirat en 1945– que desató definitivamente el furor joyceano.

Con ocasión de su cincuenta cumpleaños, los amigos de Joyce quisieron ofrecerle un regalo especial, conscientes de la significación de la fecha. No atravesaba una buena época: los problemas de la vista se habían agravado y acababa de morir su padre, John Joyce; estaba en tal estado de postración que consideró confiar la redacción del final de Work in Progress (finalmente Finegans Wake) a otra persona. El 2 de febrero de 1932 su hija Lucía tuvo un nuevo brote violento y George, el hijo mayor, se la llevó a un sanatorio mental. Joyce apenas abrió la boca cuando, en casa del matrimonio estadounidense Eugene y María Jolas, le sacaron una tarta con cincuenta velas y la reproducción de la cubierta de Ulises en azúcar con otras diez velas encima. Quisieron publicar en la revista de los Jolas, transition, donde habían aparecido las primeras entregas de Work in Progress, un retrato para la posteridad, pero no una fotografía más, sino una obra artística que mostrara la complejidad del genio irlandés.

Para ello contrataron a un artista español, César Jenaro Abín, nacido en Cabezón de la Sal (Cantabria) en 1892, que triunfaba en la prensa parisina como caricaturista y había retratado a las principales figuras del mundo del arte. Abín realizó un primer boceto de corte clásico, la imagen del escritor rodeado de libros con la pluma en la mano, pero a Joyce no le convenció y durante quince días no cesó de dar indicaciones. El retrato debía mostrar que estaba abatido, andrajoso, cubierto de telarañas y de luto por la muerte de su padre, con un sombrero de hongo negro con el número 13 inscrito en él. Un amigo le dijo que asomado a una esquina para cruzar la calle parecía un signo de interrogación, y esa es la forma que debía tener; otro le llamaba payaso de nariz azul y quiso que le dibujara una estrella en la punta para iluminarla. El punto de la interrogación podía ser una bola del mundo en la que solo se viera Irlanda y un borrón de tinta: Dublín. De su bolsillo asomaba la partitura de una heroica canción, Let Me Like a Soldier Fall, que se menciona en el relato ‘Los muertos’.

La caricatura, una verdadera indagación en el universo del autor, se publicó bajo el epígrafe ‘Homenage to James Joyce’ el mes de marzo de 1932 en la revista transition. De vuelta a España a comienzos de los años cuarenta, Abín la recuperó con motivo de la muerte del autor (13-1-1941) para el semanario madrileño Tajo. En una breve nota recuerda que Joyce le pidió que le retratara tal y como era: “que se vea mi ceguera, mi falta de dientes, la endeblez de mis piernas, mi desidia y mi abandono”. También evocó su comentario cuando vio la caricatura: “He enseñado esta caricatura al dueño del bistro donde acostumbro a comer. No ignorará usted que los dueños de los bistros son los mejores críticos de arte que existen en el mundo, y puedo decirle que la caricatura le ha satisfecho mucho”.

Carlos García Santa Cecilia (Madrid, 1957) es doctor en Periodismo por la Universidad Complutense de Madrid. Ha trabajado como redactor y ha sido subjefe de la Sección de Cultura de El País (de 1982 a 1990), ha sido redactor jefe del Área de Cultura de Diario 16 y escribió una sección diaria durante un año en El Mundo (1998). Actualmente colabora con Abc Cultural, entre otras publicaciones. Impartió clases de historia del Periodismo durante cinco años en la Universidad San Pablo-CEU, es autor de una decena de libros y ha comisariado varias exposiciones, entre ellas 'Joyce en España' y 'Corresponsales extranjeros en la Guerra Civil española'. Ha sido director de Comunicación de ‘Madrid, Capital Europea de la Cultura, 1992’ y de la Biblioteca Nacional. En la actualidad es responsable de la editorial del grupo, 'Los libros de fronterad', y coordina varios proyectos como las jornadas anuales que dedica Ámbito Cultural de El Corte Inglés al Hotel Florida.   El mundo de los libros impresos y el de las bibliotecas (entendidas como grandes centros dinámicos depositarios del saber) se diluye ante el empuje de las nuevas tecnologías, como se derrumbaron en la Edad Media los scriptoria de los monasterios con la expansión de la imprenta. Tal vez a uno de esos desnortados monjes se le ocurrió recoger la pulsión de la atmósfera plácida, culta y decadente que había conocido con el ánimo del ángel psicopompo. Y hablar De libros raros, perdidos y olvidados.

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