Jardín osario

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La afición ancestral de la raza humana por ensartar semillas o conchitas en un hilo, para convertirlas en abalorios, dio la primera Segunda Oportunidad de la civilización al corazón de los frutos y al cráneo de los moluscos. A diferencia de otros materiales orgánicos que terminaban como alimento de bestias, o en el pudridero, estos minúsculos restos se convirtieron en las primeras joyas.

 

Decidió Faba acumular sistemáticamente los huesos de todos los frutos que comiese aquel verano. Para ello se valió inicialmente de una huevera de loza blanca, donde los clasificaría por especies dentro de sus nueve vanos. Los primeros en llegar fueron los oscuros huesos de los nísperos. Son -junto con los de chirimoya- los más sensuales del año; salen de nuestra boca, brillantes como el azabache. Les siguieron los de ciruela -planos y barbudos- y los de albaricoque, algo más ásperos, y con los que algunos saben fabricarse silbatos.

 

Los huesecillos blancos de las cerezas cayeron como una lluvia de meteoritos sobre la huevera; eran tantos, que saturaron todas sus celdas. Cuando los primeros huesos paquidermos del verano -los de melocotón- empezaron a acudir en agosto, hubo que comenzar a preparar nuevos recipientes para almacenarlos. Un cenicero octogonal negro, una lata circular de conservas, y la tapadera de un bote de vidrio, fueron los elegidos.

 

En el primero se estableció el osario melocotonero; aunque también se colaron unos pistachos cerrados, un capullo de rosa, y unos pétalos de adelfa. En la lata redonda se formó el primer mosaico de huesos del semillero, al disponerlos en círculos concéntricos por especies. Mientras la tapadera se convirtió espontáneamente en fosa común sin tierra.

 

Por último, hay que señalar que unos parientes cercanos de la familia vegetal, (una piña seca y unos crisantemos blancos en su sepulcro de plástico), se incorporaron espontáneamente a esta fotografía, ya que todos vivían sobre la misma losa de mármol blanco de aquel jardín osario.