Siempre es un aliciente presenciar cualquier trabajo del grupo extremeño Teatro del Noctámbulo, del que recuerdo en el Festival de Mérida un memorable montaje del Tito Andrónico shakespeariano en 2019 y del que hace poco menos de tres meses pude ver en la madrileña Sala Mirador una propuesta formidable que, cosas de la programación, permaneció en cartel muy pocos días pese a su relevancia y enjundia: Jerusalem de Jez Butterworth, con el mismo equipo que se ha embarcado con Jasón en una soberbia aventura escénica. Aletea muy agradablemente en mi memoria su puesta en escena de Contra la democracia de Esteve Soler en 2017 y, otro bombazo, El hombre almohada de Martin McDonagh allá por 2006. Así que para mí resulta inaudito que esta compañía no tenga mayor presencia en nuestros escenarios, públicos o privados, y que un actor como José Vicente Moirón, habitual protagonista de los espectáculos de Teatro del Noctámbulo y en mi opinión uno de los mejores de España, no goce, más allá de los círculos especializados, de un prestigio acorde con su gran calidad interpretativa.
Dicho todo lo cual, creo oportuno subrayar que Jasón y las furias, que pone el broche final a la 71ª edición del Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida, es uno de los grandes montajes de este certamen y bastantes de los anteriores. Como en Tito Andrónico, el versátil Nando López firma el texto y Antonio C. Guijosa, la dirección, para encarrilar un viaje tenso y alucinado por la historia de un héroe incierto, hábil manipulador, seductor que siempre barre para casa, apasionadamente verdadero en lo que después se convertirá en mentira, osado y cruel, aunque se las suele apañar para que sean otros quienes carguen con la mala fama. Por eso, para encabezar estas líneas me he permitido utilizar el título de un libro publicado en 1977, Descrédito del héroe, que marcó la plenitud poética del recordado José Manuel Caballero Bonald; aunque también creo que me habría servido rapiñar el de una estupenda novela de Juan Manuel de Prada, Las máscaras del héroe (1996), para dibujar el controvertido perfil, tan luminoso como sombrío, de quien fue capaz de arrebatar el codiciado vellocino de oro al dragón que lo custodiaba en la Cólquida, para lo que necesitó la ayuda de la hechicera Medea, que traicionó a su propia familia para irse con Jasón del que se había enamorado.

Una historia conocida, cantada por Apolonio de Rodas en las Argonáuticas y de la que les voy a ahorrar los detalles, aunque me gustaría recordar por su calidad entrañable la película de Don Chaffey Jasón y los argonautas (1963) con los maravillosos efectos especiales del gran Ray Harryhausen, que incluían una espectacular pelea del héroe contra siete esqueletos décadas antes de que se utilizaran las virguerías digitales; entonces aplicaba una técnica de animación conocida como “Stop Motion”, lo que viene a significar que trabajaba fotograma a fotograma. Puesto a contar batallitas, no me resisto a callar que conocí a Harryhausen hace muchísimo tiempo en el Festival de Cine Fantástico y de Terror de Sitges al que acudió como invitado. Para pasmo de los presentes, el mago de los efectos especiales abrió una maleta no muy grande en la que transportaba algunas de sus fantásticas criaturillas, entre ellas un dinosaurio de Hace un millón de años (One Million Years B. C., Don Chaffey, 1966), la película que, además de las creaciones de don Ray, albergaba el portento de que Raquel Welch, a pesar de sufrir el ataque de muy diversos monstruos y tras no pocos avatares peligrosísimos, conservara indemne el sucinto bikini de piel, prehistórico por supuesto, que lucía durante todo el metraje.

Pero vayamos al asunto, porque conozco mi tendencia a las digresiones o, dicho de forma más llana, andarme por las ramas. Nando López ha urdido una estructura en la que se suceden analepsis y prolepsis –para entendernos: saltos hacia atrás y hacia delante en el hilo temporal o “flashback” y “flashforward” para quienes opten por la terminología anglosajona; allá ellos– de forma que es posible atisbar la naturaleza poliédrica del carácter de Jasón y su capacidad de adaptación a las opciones vitales que más convienen a sus propósitos. Hay digamos una primera parte en la que se desarrolla su historia con Medea siguiendo el hilo de la tragedia de Eurípides o la posterior de Séneca si se prefiere (otro excurso: en su versión unamuniana y protagonizada en 1933 por Margarita Xirgu y Enrique Borrás, fue la primera representación realizada en el restaurado Teatro Romano de Mérida). Tras diez años de matrimonio y de residencia en Corinto con Medea, Jasón acepta casarse con Creúsa, hija de Creonte, rey de la ciudad, un matrimonio de conveniencia aunque parece que el travieso amor también enreda lo suyo. La hechicera amenaza con matar a los dos hijos que tuvo con Jasón y este intenta persuadirla de que no lo haga, aunque, como se sabe, la terrible venganza vicaria en la que también perece la princesa corintia se lleva a cabo.

Arranca aquí la parte principal y más original del montaje, pues Jasón solicita a las Furias, las deidades vengadoras, también conocidas como Euménides y Erinias, convocadas por Medea, que le den permiso para internarse en el Hades en un intento desesperado por rescatar a sus hijos. Para ello deberá enfrentarse a distintos episodios de su pasado; así vuelve al momento en que Alcímede, su madre, le suplica que no viaje en busca del vellocino de oro, algo que le ha solicitado su tío Pelias para devolverle el usurpado trono de Yolcos, se reencuentra en ese viaje al inframundo con sus camaradas argonautas Pólux y Orfeo, quien fracasó en otro descenso al Hades para recuperar a Eurídice y así sucesivamente (tampoco voy a contar todo el argumento). Un ilustrativo y oscuro recorrido por traiciones y amores eternos que duran un par de suspiros y otros tantos empellones, aventuras y peligros, convicciones puestas a prueba, y un pulso entre el azar y la necesidad. Jasón en el laberinto de su memoria, Jasón frente al espejo de la culpa, Jasón ante una impotencia frente a la que no caben más ardides.
Una sólida red argumental que Antonio C. Guijosa lleva a escena con brillante solvencia, atento tanto a la delicada deriva psicológica como a los estruendos de la acción, al acuciante empuje del deseo como al diapasón tenebroso del crimen y la muerte, al empuje de lo individual y el subrayado de lo coral, con Furias, lóbregas huestes y demás personajes que rodean al espectacular Jasón que encarna –no tengo palabras para resumir su gran actuación– con ímpetu y a la vez delicadeza José Vicente Moirón. Le da réplica como Medea, y en otros cometidos ancilares, una soberbia Carmen Mayordomo. Muy bien también el resto del reparto en múltiples papeles, aunque aquí cite solo algunos de ellos: Gabriel Moreno como Creonte y Pelias, Lucía Fuengallego en la piel de Creúsa, José F. Ramos y Alberto Lucero encarnando a Orfeo y Pólux, y Camila Almeda como Alcímede.

La escenografía de Mónica Teijeiro es eficaz, funcional y muy atractiva, presidida por una gran vela marinera, sobre la que se proyectan imágenes y se deslizan sombras, a la vez que es un navío cuando conviene a la acción, y a la que se añaden diversos elementos móviles que pueden convertirse en farallones, barcos, palacios… El oscuro y a veces ominoso vestuario de Rafael Garrigós, la matizada iluminación de Carlos Cremades, los audiovisuales de Manuel De Durán, ayudante de dirección y también coautor del atinado espacio sonoro junto a Guijosa, y otros componentes del montaje redondean un espectáculo estupendo –con algún problema de sonido, todo hay que decirlo– que el público que asistió al estreno, más o menos tres cuartos del recinto emeritense, aplaudió muy calurosamente puesto en pie durante varios minutos; la ovación más larga que yo he escuchado en esta edición del festival.
Título: Jasón y las furias. Autor: Nando López. Dirección: Antonio C. Guijosa. Escenografía: Mónica Teijeiro. Iluminación: Carlos Cremades. Vestuario: Rafael Garrigós. Ayudante de dirección: Manuel De Durán. Caracterización: Juan Grajera. Espacio sonoro: Antonio C. Guijosa y Manuel De Durán. Audiovisuales: Manuel De Durán. Producción ejecutiva: Isabel Montesinos. Coproducción: Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida y Teatro del Noctámbulo. Intérpretes: José Vicente Moirón, Carmen Mayordomo, Gabriel Moreno, José F. Ramos, Alberto Lucero, Lucía Fuengallego y Camila Almeda. 71 Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida. Teatro Romano de Mérida (Badajoz). 27 de agosto de 2025.




