Jordi Singla Ribera, no está de moda morir de otra cosa

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(Barcelona. Jubilado del gremio “agradable” de la construcción, como es la gestión, comercialización y ventas, murió a los 76 años el 27 de marzo en Tarragona). Ay… No sé porque te escribo esta carta, ni siquiera sé si la vas a leer, si alguien se hará eco de este lamento, de este grito de fiera herida que me acompaña desde ayer, 27 de marzo de 2020, a las cinco de la tarde, en que falleció mi marido, mi compañero durante 44 años. Él no necesitaba del coronavirus para morir, tenía enfermedad de sobras para escoger, pero tengo la impresión, más bien la certeza, de que no está de moda morir de otra cosa que no sea del enemigo invisible. De esos otros muertos no se habla, no son noticia, no son estadística, no suman, no venden. El monotema domina nuestra vida en todos los ámbitos, empezando por la información, el martilleo incesante, el goteo que no cesa… coronavirus, coronavirus. Pero no nos hemos dado cuenta de que este virus ha traído consigo algo más duro que la muerte en sí misma. Ha traído el dolor, un dolor hasta ahora desconocido para nosotros: el insoportable dolor de no poder coger la mano amada en el último respiro, el dolor de saberle muriendo solo en un triste box de urgencias, el dolor de no poder despedirle con todos los honores que se merecía, el dolor de no poder romperte frente a la muerte, el dolor de sentirte sola, desamparada, sin un triste abrazo que llevarte a los hombros, ni un miserable beso que palie tanto dolor. Estoy sola, sola con mi pena y con mi mundo confinado en su casa, sintiendo mi dolor como propio, pero sin poder hacer un simple atisbo de buena voluntad para compensarme, de suavizar la pena, por temor al contagio. Estoy sola para llorar, sola para la terrible burocracia, sola para las decisiones que se han de tomar en estos casos, sola frente al bicho invisible que ha venido a perturbar nuestra paz. Y en esta soledad te puedo asegurar que el dolor no tiene escala. Cuando tengas a bien, tú que eres la voz alta de nuestros pensamientos, habla de este DOLOR tan doloroso, que te ciega el entendimiento, que no te deja razonar, que perturba, niega la evidencia e, incomprensiblemente, duele más que nunca, tal vez porque nunca nos había dolido tanto. Como escribió Miguel Hernández, “tanto dolor se agrupa en mi costado que, por doler, me duele hasta el aliento”. Cada día le ponía la canción Facciamo Finta Che! al levantarlo de la cama, y le hacía cantar y mover sus brazos casi sin movimiento simulando que bailábamos. Era nuestro motor para ponernos en marcha. Los dos últimos días me decía que no la pusiera… no quería fingir que todo iba bien, porque ya nada iba bien. Te saludo. María Francesca Fernández.

 

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