Joyce en España. Curiosidades bibliográficas

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La llegada de Joyce a las letras españolas fue tardía pero estruendosa. En los años setenta y sobre todo a partir de las traducciones de Dubliners (Guillermo Cabrera Infante, Lumen, 1972) y Ulysses (José María Valverde, Lumen, 1976), Joyce se convirtió en una de las principales palas para enterrar al realismo. Todo se volvió joyceano, dando la vuelta a la tortilla después de medio siglo de ignorancia o desdén hacia la revolución literaria que abanderaba el irlandés. Y eso que su irrupción, en los años veinte, sí fue señalada con cierta fanfarria.

 

Una auténtica curiosidad es un librito de pequeño formato (9×5 cm), Los muertos, con la traducción del último de los relatos de Dubliners, editado en la colección Grano de Arena (Barcelona, 1941) sin el nombre del traductor. Es el primer libro en España con uno de los relatos de Joyce, publicado el mismo año de la muerte del autor. Una pieza de bibliófilo. Hace un par de meses salió un ejemplar, que se vendió en la página todocoleccion.net por 38,25 €. Se me pasó; otra vez será. De todos los libros que aquí se reproducen, es el único que me falta.

 

 

Hay muy raras ediciones sobre el más popular de los relatos de Joyce, llevado también al cine por John Huston (1987). Sirva como ejemplo esta traducción al bable, de Susana Martín Álvarez (Xixón, 1996), publicada por Biblioteca Atlántica. El relato comienza así: “Lily, la fía’l caseru, tenía yá los pies frayaos”.

 

 

Pero el primer libro de Joyce en España es la traducción de A Portrait of the Artist as a Young Man, debida a un joven Dámaso Alonso, que mantuvo correspondencia con el autor para llevar a cabo su trabajo. Por no verse mezclado con libro tan irrespetuoso, firmó con una trasposición de su nombre, Alfonso Donado. Esta primera edición, publicada por Biblioteca Nueva (Madrid, 1926), puede encontrarse con el nombre trastocado de Alonso en una edición de la editorial argentina UR que trata de imitarla. La primera edición, completa, con las cubiertas originales, no es fácil de adquirir. Un librero de Barcelona vende en Iberlibro.com un ejemplar intonso nada barato: 90 euros.

 

 

 

Conviene, junto a este libro, conservar  también el número XVII de la Revista de Occidente (noviembre de 1924), donde Antonio Marichalar dio a conocer a Joyce en España. No fue la primera mención, pero sin duda sí una gran presentación a la altura del personaje. El artículo de Marichalar se usó de prólogo (con ligeras modificaciones para actualizar algunos datos del autor) en la edición de Biblioteca Nueva de 1926. Marichalar tradujo unos fragmentos de Ulises en este número de la Revista de Occidente y se publicó la primera fotografía.

 

 

Ramón Otero Pedrayo publicó los primeros fragmentos de Ulysses, en este caso en gallego, en el número 32 de la revista Nós (15-8-1926). Un año antes, en Proa (Buenos Aires, enero de 1925), Jorge Luis Borges había publicado la traducción de la última hoja de Ulysses. Para valorar la importancia de la temprana traducción de Otero Pedrayo, hay que recurrir a esta edición de la Editorial Galaxia (Vigo, 2003), que incluye una introducción, también en gallego, de Kerry Ann McKewitt. Otero y Vicente Risco, el primero que habló de Joyce en Nós, reivindicaban algo despistados la condición de irlandés del autor.

 

 

Por seguir con libros en gallego, podemos añadir una edición de Retrato do artista cando novo, en traducción de Vicente Araguas y publicado por Laiovento en 1994, y Dublineses, que tradujeron Débora Ramonde, Rafael Ferradáns y Xela Arias para Xerais y se publicó en 1990.

 

 

En euskera conocemos dos versiones de libros de Joyce: Dublindarrak, traducido por Irene Aldasora y publicado por Itzulpena en 1999, y Artistaren Gaztetako Portreta, de la misma traductora, editado por Ibaizabal en 1992. Así suena el comienzo de este último: “Behin batean, eta oso garai ona zen behin bateko hura, bazeto ñoño bat –muu–…”

 

 

En catalán contamos con versiones clásicas. Retrat de l’artista adolescent fue traducido en 1967 por María Teresa Vernet. Más abajo reproducimos la edición de Edicions 62, Barcelona, 1999, con presentación del gran especialista en Joyce Joaquim Mallafrè, autor a su vez de la traducción de Ulysses al catalán, en 1981, y, en edición revisada para Proa, en 1996. Al catalán se ha traducido también la obra de teatro Exiles por parte de Joan Soler y Amigó (Exilats, Edicions 62, 1989).

 

   

 

Por último, otra pequeña joya, Anna Livia Plurabelle, en versión de Francisco García Tortosa (Cátedra, 1992), el único intento de traducir en España –en este caso un fragmento –  Finnegans Wake. Eduardo Lago me pidió este libro para una nueva versión que se proponía de la última obra del irlandés. De las diversas traducciones de Ulysses al español, me siento más cómodo siempre con la del gran García Tortosa, el máximo experto español en Joyce.

 

 

Hay mucho más, claro, pero por este Bloomsday es suficiente.

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Carlos García Santa Cecilia (Madrid, 1957) es doctor en Periodismo por la Universidad Complutense de Madrid. Ha trabajado como redactor y ha sido subjefe de la Sección de Cultura de El País (de 1982 a 1990), ha sido redactor jefe del Área de Cultura de Diario 16 y escribió una sección diaria durante un año en El Mundo (1998). Actualmente colabora con Abc Cultural, entre otras publicaciones. Impartió clases de historia del Periodismo durante cinco años en la Universidad San Pablo-CEU, es autor de una decena de libros y ha comisariado varias exposiciones, entre ellas 'Joyce en España' y 'Corresponsales extranjeros en la Guerra Civil española'. Ha sido director de Comunicación de ‘Madrid, Capital Europea de la Cultura, 1992’ y de la Biblioteca Nacional. En la actualidad es responsable de la editorial del grupo, 'Los libros de fronterad', y coordina varios proyectos como las jornadas anuales que dedica Ámbito Cultural de El Corte Inglés al Hotel Florida.   El mundo de los libros impresos y el de las bibliotecas (entendidas como grandes centros dinámicos depositarios del saber) se diluye ante el empuje de las nuevas tecnologías, como se derrumbaron en la Edad Media los scriptoria de los monasterios con la expansión de la imprenta. Tal vez a uno de esos desnortados monjes se le ocurrió recoger la pulsión de la atmósfera plácida, culta y decadente que había conocido con el ánimo del ángel psicopompo. Y hablar De libros raros, perdidos y olvidados.

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