Julio Ramón Ribeyro le da la mano a Anne Carson en el quicio entre la vida y la muerte

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Acabo de leer, como muchas otras mañanas, un cuento de la colección La palabra del mudo, de Julio Ramón Ribeyro. Y, como siempre hago, he dejado anotado en la ficha el título del relato que seguramente leeré mañana: ‘Noche cálida y sin viento’.

Después he cogido el ejemplar de Decreación, el poemario de Anne Carson traducido de forma asombrosa por Jeannette L. Clariond, para seguir la lectura donde ayer la interrumpí. En la primera línea de ‘Escena 5’ se lee este primer verso en cursiva, que hace las veces de acotación (forma parte del fragmento ‘El guión de E y A’):

“Eloísa y Abelardo aparcados en la orilla de un camino de grava, noche cálida, sin viento”.

¿Cómo no sentir un rumor de fondo, vertiginoso? La única diferencia está entre una y y una coma, pero como bien advirtieron Albert Camus y otros lectores que luchan y lucharon contra el daigualismo, una coma puede cambiar el sentido de las cosas y de la historia. La ética está inscrita en la sintaxis, en las palabras que empleamos para decirnos y para pronunciar el mundo.

El poema dramático de Anne Carson sigue así:

“¿Por qué luchas?

Por luchar.

Si lo que buscas es una recompensa…

No.

O te asusto…

No.

Sea lo que sea, yo tomo mi camino.

¿Te puedo tocar?

No”.

Podrían ser las palabras de alguno de los personajes de los cuentos de Ribeyro, aplastados por la existencia, sumidos en vidas grises, tristes, mediocres, injustas, pero que aguantan tratando de mantenerse a flote, o con la cabeza fuera del agua, y sin perder la dignidad.

Noche cálida, sin viento.

 

Posdata verdadera

Al día siguiente (es decir, hoy, miércoles, 25 de mayo) retomo Pueblo. Novela de los que trabajan y sufren, de Azorín. El capítulo donde dejé la lectura (lo había olvidado. Voy donde Azorín de tarde en tarde) se titula ‘Luz cálida’, y arranca así:

«Otro foco y otra luz. Luz cálida; luz que es como un suave ungüento; ungüento sobre una llaga. La luz de la piedad. Piedad que es esplendente. Piedad, que en el más horrible dolor, cuando no podemos pensar en nada, nos hace sonreír dulcemente. La sonrisa que vemos en los hombres lacerados por la iniquidad cuando nos acercamos cariñosamente a ellos y estrechamos su mano».

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