Mientras tantoLa ceguera de John Milton

La ceguera de John Milton

La soledad del creyente   el blog de Stuart Park

Hay autores a los que regresamos pasados los años después de haberlos sufrido en la edad escolar, entre ellos John Milton (1608-1674) considerado por muchos el poeta más importante de las letras inglesas después de Shakespeare. Su Paraíso perdido, escrito en el llamado pentámetro yámbico característico también de la poesía del Bardo de Stratford, pone la poderosa sonoridad de sus versos al servicio de una argumentación teológica intensa y fascinante, una obra única, inasequible para un alumno poco ilustrado del norte de Lancashire, que la volvió a leer después de muchos años con mayor fruición que cuando la leyó de joven. (Algo parecido nos sucedió con la Divina Commedia y Macbeth, entre otros muchos ejemplos que podríamos aportar).

En 1625 Milton ingresó en el Christ’s College en Cambridge, donde se hizo amigo de Roger Williams, fundador de Rhode Island, el primer Estado del mundo en incluir la libertad de conciencia en su Constitución. La educación de Milton fue amplia y variada; conocía el latín, el griego y el hebreo, hablaba con fluidez el francés, el español y el italiano, y estudió el inglés antiguo y el neerlandés. Republicano convencido, ocupó el puesto de ministro de lenguas extranjeras bajo el mandato de Oliver Cromwell y sus tratados políticos fueron consultados para la redacción de la Constitución de los Estados Unidos de América.

John Milton

El primer obstáculo en el camino de cualquier lector del poema épico de Milton es la —para muchos de nuestros contemporáneos— arcana teología de la Caída que se produjo en el Edén, pero no debe descartarse sin más, como sugiere el filósofo Reyes Mate respecto de los primeros capítulos de Génesis:

«Hay mucha sabiduría acumulada en esos relatos y una reflexión racional debe tenerla en cuenta, más allá de lo que cada cual piense de los mitos. Lo importante no es lo que se dice literalmente sino lo que se quiere significar con el relato. Por algo los grandes pensadores visitan, en un momento u otro de su discurso racional, los primeros capítulos de Génesis».

Lo cierto es que el propio texto de Milton sorprende por su inusual acercamiento a los cánones teológicos establecidos de la época. Veamos, si no, su defensa del libre albedrío frente a la predestinación de corte calvinista, en este diálogo de Dios Padre con su Hijo acerca de la rebelión de Satanás y sus huestes:

«¿Qué satisfacción había de causarme semejante obediencia,
cuando la voluntad y la razón (que en la razón también hay albedrío),
tan vana la una como la otra, privadas ambas de libertad y ambas pasivas,
cedieran a la necesidad no a mi precepto?»

Resulta curioso que como puritano Milton probablemente asumía la doctrina calvinista de la predestinación, pero la trama de su Paraíso perdido requería un concepto de plena libertad para ser plausible, no solo en las huestes angelicales, sino también en el hombre y la mujer creados a imagen de Dios. El hecho es instructivo, y algo parecido sucede en su tratamiento de la primera mujer frente a la idea reinante de su inferioridad. Milton la retrata como una mujer inteligente, racional, ambiciosa y valiente para justificar su transgresión. Cuando se separa de Adán para pasear a solas por el Jardín, y su esposo le advierte de los peligros que se ciernen, «¿No te fías de mí?» — le viene a decir—, y Adán carece de argumentos para impedir su marcha.

Asombra pensar que escribió su monumental Paraíso perdido después de perder la vista, y las escenas portentosas tanto de la caída de Satanás y sus huestes como del bucólico Edén las imaginó encerrada en la oscuridad de su ceguera.

En 1673 Milton escribió un soneto inolvidable, titulado ‘Sobre su ceguera’, cuya última línea se hizo célebre y es citada con frecuencia:

Cuando pienso cómo mi luz se agota
Tan pronto en este oscuro y ancho mundo
Y ese talento que es la muerte esconder
Alojado en mí, inútil; aunque mi alma se ha inclinado

Para servir así a mi Creador, y presentarle
Mis culpas y ganar su aprecio
¿Qué trabajo él mandaría ya que me negó la luz?
Pregunto afectuosamente. Pero la paciencia, para prevenir

Ese murmullo, pronto responde: «Dios no necesita
Ni la obra del hombre ni sus dones: quienes mejor
Soporten su leve yugo mejor le sirven». Su mandato

Es noble; miles se apresuran a su llamada
Y recorren tierra y mar sin descanso.
Pero también le sirven quienes solo esperan de pie.

Llama la atención la resignación de Milton al aceptar el «leve yugo» de Cristo que le ha permitido descubrir, como en su día fray Luis, que los contratiempos o limitaciones de la vida pueden ser pórtico de un descubrimiento trascendental.  A los 30 años Milton había visitado a Galileo Galilei, de 77 años, declarado culpable de herejía por la Inquisición en 1633 por escribir que la Tierra gira alrededor del Sol.

Cuando Milton le conoció, Galileo estaba ciego y bajo arresto domiciliario, un recuerdo que sin duda guardaría en su retina durante su propia ceguera al darse cuenta de que si bien ya no podría recorrer tierra y mar como antaño, «también le sirven quienes solo esperan de pie». Por su propia ceguera, Milton componía los versos en su cabeza por la noche y los dictaba por la mañana a sus asistentes, ¿y quién no conoce la soledad de una noche en vela? Por fortuna al despertar por la mañana la luz del día nos devuelve a la normalidad del mundo, pero no así a John Milton, cuyo mundo era enteramente interior, una suerte de celda oscura que le permitió vislumbrar la eternidad.

“They also serve who also stand and wait” — una noción liberadora para quienes se encuentran atenazados por la merma de su facultades o por una aplastante soledad.

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