La Ciudadela de México: una antigua fábrica de tabaco se llena de libros

2
666

Cigarros, presos, armas, aulas, estudiantes. El edificio de La Ciudadela siempre ha almacenado algo. Hoy lo habitan las bibliotecas de centauros de las letras mexicanas, como Monsiváis, Castro Leal, Torres Bodet o Alí Chumacero, que se han mudado aquí

 

Antonio Castro Leal fue un sabio desde que tenía 20 años. Como si se tratase de La liga de la justicia, el 5 de septiembre de 1916 siete jóvenes mexicanos crearon un grupo estudiantil llamado Sociedad de Conferencia y Conciertos para difundir la cultura entre los universitarios. La burla no se hizo esperar y fueron rebautizados con el nombre de Los siete sabios de México en referencia a Los siete sabios de Grecia. Los superhéroes de la cultura mexicana ocuparon varios puestos gubernamentales –algunos impartiendo justicia sin trajes entallados de colores brillantes– como Manuel Gómez Morín y Teófilo Olea y Leyva, ambos ministros de la Suprema Corte de la Nación, y los otro cinco restantes dedicaron su vida al fortalecimiento cultural del país. Ahora, es posible acceder a la fuente de la sabiduría de uno de ellos, Antonio Castro Leal. Su biblioteca ha sido reconstruida al milímetro en La Ciudadela de México: la antigua fábrica de tabacos levantada por los españoles en el siglo XVIII es desde noviembre del año pasado la nueva Biblioteca de México José Vasconcelos.

 

Castro Leal (San Luis Potosí, 1896 – Ciudad de México, 1981) fue un viajero incansable. La diplomacia lo llevó a lugares como Polonia, Estados Unidos, España, Inglaterra o Francia donde representó al país ante la UNESCO. Entre sus puestos más destacados, fue rector de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y director del Instituto Nacional de Bellas Artes. Atesoró 38.000 volúmenes y más de 10.000 documentos, como revistas, periódicos o folletos, que ahora son de dominio público. Para todo aquel que se quiera perder vidas enteras entre las cinco bibliotecas personales que han sido trasvasadas a este espacio que haría las delicias de cualquier Borges, es decir, de cualquier amante, loco de los libros. Es probable que Castro Leal reuniera el material más antiguo al que se puede tener acceso en estas magas bibliotecas. Poesía mexicana del siglo XVI al siglo XX, literatura española del Siglo de Oro, la Poética de Aristóteles, editado en 1692, Introducción a la vida devota de Francisco Sales, impreso en Valencia en 1703, entre otros. 

 

Miles de lomos rojos tapizan uno de los muros de su biblioteca. El único contraste son los sillones individuales en piel blanca con lámparas de pie, mobiliario diseñado especialmente para el espacio, esperando que un lector los ocupe. En las salas de estudio, el diseño industrial se hace más que presente con las míticas sillas Eames blancas. El arquitecto Bernardo Gómez-Pimienta fue el encargado de darle un nuevo hogar a esta colección, que un día abarrotó la antigua casa de Castro Leal en el barrio de Coyoacán.

 

En la inauguración de la Biblioteca de México José Vasconcelos estaba prohibido fumar. Admiraba desde el patio principal las cinco bibliotecas y el imponente domo creado en 1987 por el arquitecto Abraham Zabludovsky, azorada en una esquina con un whisky en una mano y un cigarro encendido en la otra hasta que pasó un camarero y me dijo: “Disculpe señorita, está prohibido fumar. Estamos en una biblioteca”. ¡Qué ironía! Una biblioteca que fue construida en el siglo XVIII para fábrica de tabaco.

 

El 21 de noviembre del año pasado fue reabierta la Biblioteca José Vasconcelos, inaugurada inicialmente en 1946 por Jaime Torres Bodet, ensayista y poeta que se desempeñó también como director general de la UNESCO y la secretaría de Educación Pública. Su primer director fue un gigante de las letras y la cultura mexicanas, José Vasconcelos, filósofo en la estela de Schopenhauer y Unamuno, apóstol de la educación y autor del crucial Ulises criollo. La imponente biblioteca de bibliotecas fue el último gran proyecto cultural del presidente Felipe Calderón. El recinto reúne el Centro de la Imagen, un museo dedicado a la fotografía mexicana, y cinco bibliotecas personales de grandes personajes de la cultura en México: José Luis Martínez, Jaime García Terrés, Alí Chumacero, Carlos Monsiváis y el mencionado Antonio Castro Leal. Así como, el Fondo Reservado, una ludoteca, cafetería, bebeteca y una área especial para invidentes.

 

La nueva Ciudad de los libros se encuentra en un edificio emblemático de tres hectáreas en el centro del Distrito Federal con más de dos siglos de historia. La Real Fábrica de Tabaco fue construida entre 1793 y 1807 por José Antonio González Velázquez y el ingeniero Miguel Constanzo por encargo del rey Carlos III. El edificio conserva su original aspecto neoclásico –con una fachada austera realzada tan sólo por los marcos de las puertas, ventanas y cornisas de cantera gris– semejante a una fortaleza. Para la producción de tabaco se ideó un lugar sencillo de una planta cuadricular con un patio central, que durante su construcción terminó sumando cuatro patios principales y varios más con las modificaciones arquitectónicas llevadas a cabo en sus más de 200 años de existencia.

 

Para la segunda mitad del siglo XVIII, la Corona española se dio cuenta que el tabaco era una gran fuente de ingresos, muy necesarios para afrontar los gastos que ocasionaba la guerra con Francia. Así que monopolizó el negocio. A partir de ese momento la cosecha, producción y venta de tabaco se hizo exclusiva del estado. En esa época, Guadalajara, Querétaro y Puebla, entre otras ciudades de la Nueva España, ya tenían sus pequeñas tabacaleras. Y la antigua fábrica de la Ciudad de México quedó pequeña, lo que llevó a aprobar la construcción de un nuevo edificio.

 

En 1807 el tabaco proveniente de Veracruz ya entraba por la puerta sur de La Ciudadela para ser clasificado según su calidad y frescura. Los patios que hoy disfrutan los visitantes de la biblioteca como un remanso de paz, y que en algún momento fueron ocupados por soldados y tanques, servían como espacios para el secado del tabaco. La hojas de oro inflamable se asoleaban hasta quedar deshidratadas e ir al cernidor para que hombres y mujeres liaran los cigarrillos. No trabajaban codo a codo. Las mujeres se ubicaban en los patios del norte y los hombres en dos del sur, donde además de liar ayudaban a descargar la materia prima. Finalmente, el producto empacado abandonaba el recinto por la puerta norte.

 

Si hoy el fuego es el peor enemigo del edificio y lo que alberga, cuando se construyó y en sus primeros años de funcionamiento como tabacalera, el agua era el demonio. El tabaco debía permanecer seco, por lo que se han encontrado en los cimientos del edificio una serie de bóvedas. Aún no se sabe si fueron hechas para sostenerlo mejor, pues está asentado sobre un terreno fangoso –todo el centro de la capital mexicana está construido encima del antiguo lago de Texcoco y los ríos que lo alimentaban–, o como un desagüe o una barrera más para mantener la humedad alejada de la materia prima.

 

La fábrica sólo estuvo ocho años en funcionamiento. Los aires de independencia apagaron el negocio del tabaco y convirtieron el edificio en cuartel general y cárcel, sintonizando el uso con el aspecto del edificio. Acabó dando pie que los vecinos de la zona lo rebautizaran como La Ciudadela. Dentro de sus muros estuvo preso por más de un mes el cura José María Morelos y Pavón, el segundo padre de la Independencia de México, hasta que salió para dirigirse a su fusilamiento en Ecatepec en diciembre de 1815 por órdenes de la Santa Inquisición. El sacerdote, entre otras cosas, tenía dos hijos y atentó contra la Corona, razón que la justicia esgrimió para ponerlo frente a un paredón y morir de espaldas a sus verdugos. Hoy Morelos observa La Ciudadela desde una estatua construida en su honor en la plaza, que lleva su nombre, frente a la puerta norte del recinto.

 

Ajenas a los avatares de la Ciudadela, cada domingo, o incluso algún día entre semana, a la sombra impávida de Morelos varias parejas bailan al son de una grabadora que toca piezas de danzón, ritmo nacido en Cuba, pero que el Distrito Federal adoptó como suyo. Pequeños pasos en forma de cruz con la cadencia de la nostalgia en un país donde muchos jóvenes se han olvidado del baile en pareja.

 

La Plaza del Danzón, uno de sus sobrenombres, fue también el lugar donde murió Gustavo Madero, el hermano del ex presidente Francisco I Madero. Fue torturado frente a los ojos petrificados de Morelos a manos de Félix Díaz, hermano del ex presidente Porfirio Díaz, y Manuel Mondragón, responsables de los acontecimiento de la Decena Trágica durante la Revolución Mexicana. Diez días que concluirían con la muerte del presidente y sería sólo el inicio de una cruenta guerra por el poder en México que no concluyó hasta la llegada a la presidencia de Plutarco Elías Calles en 1924.

 

Más tarde, la estabilidad política hizo que el edificio dejará atrás su pasado incendiario para dar paso a la educación y la cultura. Se convirtió en biblioteca y albergó, en los años 60, la Escuela de Diseño y Artesanías hasta los 80.

 

Cigarros, presos, armas, aulas, estudiantes. El edificio de La Ciudadela siempre ha almacenado algo. Hoy lo habitan miles de libros y cualquier imprudencia con un cigarrillo podría provocar una catástrofe. Si el fuego se extendiera en la Biblioteca de México el humo nunca podría escapar por los patios, pues desde hace 25 años están cubiertos por grandes domos, popularmente llamados paraguas, resultado de una remodelación liderada por Abraham Zabludovsky. “Techadumbres metálicas que se sostienen de cuatro columnas de diez metros de altura, cuyos cimientos no tocan los del edificio”.

 

Las  grandes sombrillas arquitectónicas están diseñadas quizás para cubrirnos mientras leemos una de las varias ediciones de Moby Dick que hay en la Biblioteca de José Luis Martínez durante un día lluvioso del D. F. Martínez (Atoyac, Jalisco, 1918 – Ciudad de México, 2007) fue un gran hombre para la cultura mexicana. Académico, diplomático, ensayista, historiador, cronista, editor y humanista. También fue director del Fondo de Cultura Económica, y gran amigo de Octavio Paz y Juan José Arreola, de quien fuera compañero en la escuela elemental. Para algunos, fue el dueño de la “biblioteca privada más importante del país”.

 

Su colección fue la primera adquirida por el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (CONACULTA, el ministerio de Cultura mexicano), en 2008, cuando se pensó en continuar con el proyecto que ideara José Vasconcelos, durante su periodo como director de la Biblioteca de México. En esa época se conformó el Fondo Reservado con la adquisición del acervo personal de Antonio Caso, y más tarde, la colección Carlos Basave, la de Enrique Olavarría y Ferrari, así como parte de la de Joaquín García Icazbalceta.

 

Consuelo Saizar, directora de CONACULTA durante el mandato de Calderón, gran amiga de Carlos Monsiváis y lectora empedernida, decidió hacer honor a esa idea y escogió la colección de José Luis Martínez para continuar con el proyecto abandonado durante décadas. El 19 de enero de 2011 se inauguró la primera de las cinco bibliotecas que hoy alberga el Patio de los escritores de La Ciudadela. Cuenta con más de 70.000 volúmenes entre los que destacan literatura francesa, española, italiana o rusa, entre otras, y una gran colección de libros de arte.

 

El proyecto arquitectónico estuvo a cargo de Alejandro Sánchez García. Intenta rescatar el espíritu de la biblioteca original, así como, respetar la estructura del edificio. Los altísimos muros de casi 6 metros están cubiertos de repisas de encino sostenidas sobre estructuras independientes. Una vitrina exhibe algunos objetos personales de Martínez y joyas literarias como la primera edición europea de un autor mexicano, fechada en 1573. Imposible acceder a ese libro a menos que sea imprescindible para un investigador: se requiere de ciertas condiciones de luz y guantes para poder manipularlo. En cambio, se puede solicitar al personal de la biblioteca un iPad (tableta) para leer su contenido en versión digital.

 

Ningún fuego apagará el legado de la Biblioteca de México. La tecnología, que algunos esgrimen como enemiga mortal del papel, es aquí una aliada de los libros. CONACULTA está empeñada en salvaguardar todo documento y libro que valga la pena. En un proceso ímprobo está digitalizado todos de los volúmenes de la Biblioteca de México. En esta labor trabajan 200 personas divididas en varios equipos. Unos obtienen las imágenes, otros hacen la restauración, otros el ajuste tipográfico, otros digitalizan y ponen los sellos de autenticidad y, finalmente, otros verifican la calidad. Para los libros se utiliza una máquina semiautomática –un artefacto los sostiene bajo una luz óptima– que hace imágenes con una calidad de 21 megapíxeles. La máquina es semiautomática porque una persona enfundada en guantes es la encargada de pasar la página y reacomodar el libro para cada nueva toma. Para digitalizar 250 hojas se requiere aproximadamente entre 2 y 3 horas. Cada día, un centenar de libros ganan un pulso al tiempo y sus deterioros y se convierten en materia digital. Con excepción de los libros protegidos por derechos de autor y editoriales –a los cuales sólo es posible acceder dentro de sus instalaciones-, hoy 12 millones de páginas ya están disponibles en la web de la biblioteca.

 

Mientras lees en una tableta un libro del siglo XVIII en la Biblioteca Martínez varios aviones penden del techo con frases y nombres de autores. Sobrevuelan los estantes repletos de enciclopedias. La obra de Betsabeé Romero (Ciudad de México 1963) hace referencia a la vida diplomática de Martínez, embajador en Francia, Grecia y Perú, y a su pasión por la lectura. El arte completa el espacio y ha marcado la pauta para que las siguientes cuatro bibliotecas también contaran con obras de otros artistas.

 

El espacio de la biblioteca de Antonio Castro Leal nunca está deshabitado. Tres esculturas antropomorfas de Alejandra Zermeño (Ciudad de México, 1978) se mezclan entre libros, mobiliario y los barandales metálicos de las escaleras y pasillos suspendidos. La observación, la reflexión y la proyección. Dos hombres y una mujer que representan cada una de las palabras anteriores, en rojo, azul y rosa. Están cubiertos por hilo de nylon. Un juego sobre el arte y sus alcances, así como el enredo conceptual del creador y su manera de trasmitirlo mediante el cuerpo.

 

Entre letras, una caminata por el resto del edificio despeja la mente. En el centro del inmueble se construye la cafetería Nellie Campobello, en honor a la poeta y novelista mexicana. El corazón de La Ciudadela sigue siendo el tabaco, o así quisieron que fuera los arquitectos encargados de la remodelación y el artista Jan Hendrix (Maasbree, Holanda 1949). Su pieza de 2 toneladas está suspendida a 3,5 metros del suelo y está inspirada en las nervaduras de la hoja de tabaco. Veinte piezas circulares de aluminio la forman y van de mayor a menor en forma invertida semejante a un cono. También podría parecer una gran pila de hojas de papel. Dos significados que unen el pasado y el presente de la casa de los libros donde tanto humo se fabricó.

 

La parte norponiente del patio donde se encuentran las cinco bibliotecas personales, la comparten Jaime García Terrés, Alí Chumacero y Carlos Monsiváis, el gran cronista popular mexicano.

 

El ex director de la Biblioteca de México, Jaime García Terrés (Ciudad de México, 1924 – 1996) fue un fanático de la poesía y la literatura inglesa de los siglos XIX y XX, como atestigua el tesoro de su vida de lector. Su biblioteca en maderas claras –del penden varias esculturas en fibra de vidrio que semejan cuarzos: Tiempo perdido, de la artista Perla Krauze (Ciudad de México, 1953)– es el lugar donde también han encontrado confortable acomodo libros de Alfonso Reyes, Ernesto Sábato, Rosario Castellano, entre otros, autografiados por sus autores.

 

Un libro de Alí Chumacero (Acaponeta, Nayarit 1918 – Ciudad de México, 2010) se asoma por la repisa. Quién iba a pensar que estos grandes intelectuales sería vecinos de la eternidad en la Ciudad de los libros. El universo contiguo a García Terrés perteneció a Chumacero, así como la escultura de Luis Ortiz Monasterio (Ciudad de México, 1906 – 1990) que da la bienvenida al entrar al recinto de doble altura. Ahí también hay una réplica del árbol que el poeta tenía en el centro de su biblioteca. La materia prima para hacer hojas de papel que se llenarán de letras, para formar frases, para completar párrafos, para hacer libros, para crear mundos nuevos.

 

La pasión de Chumacero por la literatura comenzó gracias al manco de Lepanto. Su primer libro fue un edición infantil de Don Quijote de la Mancha, un regalo paterno, junto con dos volúmenes de lecturas clásicas para niños. Pasión que nunca olvidaría y que continuaría hasta reunir 50.000 ejemplares, entre libros, folletos, ensayos y diccionarios.

 

Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo.

Pedro Páramo. Juan Rulfo. 1955

 

La leyenda dice que Alí es el responsable de la grandeza de Pedro Páramo, libro que editó para el Fondo de Cultura Económica, al igual que el compendio de cuentos que sería la segunda, y última, obra de uno de los autores más escuetos y mejores de la literatura universal, Juan Rulfo: El llano en llamas. Nada comprobado. Un cotilleo que Chumacero negó durante toda su vida.

 

Ágil, atinado, sigiloso y elegante como sus gatos, Carlos Monsiváis (Ciudad de México 1938 – 2010) dejó un vacío en la vida intelectual del país cuando murió de fibrosis pulmonar. A pesar de no haber fumado nunca. Sus opiniones sobre México y su amor por la cultura popular, desde Pedro Infante hasta Juan Gabriel, pasando por Chavela Vargas, lo acercaron al pueblo como ningún otro gran pensador. Un intelectual reconocido en la calle.

 

Su biblioteca muestra el “orden del caos” que primaba en su casa. Un ejemplar de la revista Proceso, ensayos, periódicos, historietas de la Familia Burrón, El laberinto de la soledad (el gran ensayo de antropología mexicana de Octavio Paz), libros ortografiados por Gabriel García Márquez, por Salvador Novo, por Vicente Leñero. Esculturas, bustos de él mismo. Y sus gatos, sus gatos por doquier.

 

Cuando Monsiváis murió compartía su casa con 12 felinos. Su familia. Cada uno de ellos nombrados con el ingenio que siempre lo caracterizó. Ahí estaba, Fray Gartolomé de las bardas, Posmoderna, Monja desmantecada, Miss oginia, Mito genial, Catzinger, Miau Tse Tung o Peligro para México. Y aquí están en el elegante mosaico diseñado por Francisco Toledo (Juchitán, Oaxaca 1940) que cubre todo el suelo de la biblioteca y que Monsiváis no pisará, pero sí sus devotos lectores, como Consuelo Sáizar y tantos otros. Toledo fue amigo personal de Monsiváis y su homenaje más grande es que Monsi viva eternamente acompañado de sus mascotas. La obra también incluye dos gominos, en uno se observa al cronista de perfil frente a su colección y en el otro la silueta de un gato negro.

 

Este póker de intelectuales reviven a diario en La Ciudadela a través de cada persona que reabre uno de sus libros y pasea por las entrañas de las que algún día fueran sus bibliotecas personales. Desde su apertura, en promedio 3.000 lectores al día (démosle ese título honorario, aunque no todos lo sean ni todos vayan a leer) pasan 2 horas deambulando por los patios y visitando los distintos espacios de la Biblioteca de México, que tiene una capacidad para 6.000 personas al día.

 

Para ganarle al partida a los medios electrónicos y revivir el desgastado concepto de bibliotecas públicas –en un país donde de media un habitante lee menos de 3 libros al año, según la UNESCO– La Ciudadela es un “almacén de cultura” donde libros, películas, obras de arte y objetos ofrecen más que literatura. Una experiencia para el olfato en el Jardín de olores, ideado como antesala a la biblioteca para invidentes. Un muro que será la pantalla en el patio destinado al cine, con una cartelera semanal de acceso gratuito. Un pequeño auditorio. Una sala para exposiciones… Cuando el recinto funcione al 100% de su capacidad, una familia podrá entrar en sus instalaciones y no volverse a ver hasta que regrese a casa. Quizás los hijos adolescentes consulten libros de historia en el acervo tradicional, mientras el padre se deleite con poesía mexicana del siglo XVII, la madre observe obras de arte, los más pequeños atiendan una obra de teatro infantil y la abuela ría mientras lee una revista MAD, que un día hojeó Monsiváis en la sala de su casa.

 

 

Significado amplio de una biblioteca

 

Jorge Méndez Blake (Guadalajara, 1974) es un joven artista mexicano con una visión distinta de lo debe ser una biblioteca. La literatura siempre es el eje central de su obra. Méndez Blake considera que la biblioteca “puede ser casi cualquier conjunto de cosas en torno a un tema, mientras ese tema proponga cierta reflexión cultural”. Esa forma de pensar ensancha en la práctica el concepto de biblioteca dictado por la Real Academia Española. Jorge pretende un nuevo discurso entre la literatura, la arquitectura y el arte, poniendo como protagonistas los libros y el mundo que contienen.

 

“Concibo las bibliotecas como un centro de conocimiento, pero creo que uno se puede acercar de distintas formas a dicho concepto. Además de las colecciones de libros, me interesa que exista como centro de un sistema de ideas diversas, convirtiéndose en una especie de metáfora cultural y emblemática”.

 

En este sentido, continente es tan importante como contenido para él. “Creo que la idea de biblioteca tiene que evolucionar hacia un estado abierto y democrático”, que “transforme la manera en que organizamos nuestro acceso hacia la cultura y el conocimiento. Así como la literatura no puede ser vista como una disciplina homogénea, el inmueble que la contiene debe aproximarse de manera similar”, explica.

 

Méndez Blake concibe los libros como objetos que van más allá de su naturaleza material y que es imposible separarlos de su contenido. “Si un libro es colocado en un contexto diferente e interactúa con otros elementos en ese espacio su definición se expande y se relaciona con el sitio en sí. Me interesa la manera en que la literatura clásica (como referencia popular) interactúa con elementos cotidianos como edificios y espacios urbanos”. En el caso de las bibliotecas personales, como las que contiene la Biblioteca de México José Vasconcelos, que han sido reunidas durante toda una vida, el artista considera que “son casi una biografía del propietario”. Esa biografía se puede ahora recorrer casi con todos los sentidos, aunque los ojos tengan su predominio y Borges, el gran ciego, nos sirva siempre de guía.

 

 

 

Ana Paula Tovar estudió la Maestría en Periodismo de la Universidad de Barcelona y realizó sus prácticas en La Vanguardia. Ahora es periodista independiente radicada en la Ciudad de México. Colabora regularmente para Sinembargo.mx y JOIN (Jóvenes Informados) en su país y en otros medios latinoamericanos y españoles, así como en algunas revistas de arte

Autor: Ana Paula Tovar

2 COMENTARIOS

  1. Muy buen reportaje, Ana
    Muy buen reportaje, Ana Paula, y atractivo escenario el que planteas. Estoy interesado en el tema y quisiera hacerte un par de preguntas: ¿cómo se financia la digitalización y, en general, la biblioteca? ¿en qué lugar ha quedado la Biblioteca Nacional de México?
    Gracias y enhorabuena

    • Hola Carlos, gracias por tus

      Hola Carlos, gracias por tus buenos comentarios sobre el reportaje. Te contesto tus dudas. La digitalización de los textos, así como el funcionamiento de la biblioteca es pagado por CONACULTA ( el ministerio de cultura mexicano), es decir, con dinero público. Sobre la biblioteca Nacional de México, se encuentra dentro de las instalaciones de Ciudad Universitaria de la Universidad Nacional de México (UNAM).

Comments are closed.