La cohesión social, esa trampa de los nacionalismos y otros ismos

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No hay nada más falaz, tramposo, distorsionador y ajeno a la realidad que los ingredientes que se mezclan para crear la ensoñación de eso que se llama “cohesión social”, es decir, esa percepción de que hay una sociedad de individuos iguales en la pureza de su sangre, en el esplendor de su pasado y en el poderío de sus ideales.

A lo mejor esta hornada de sobrevenida posverdad –que es como ahora se le llama a la intoxicación y manipulación flagrante de las voces mediáticas y políticas– ha olvidado las viejas teorías que explican cómo se construye la identidad grupal presuntamente cohesionada. Vamos a pasar cada ingrediente por nuestro peculiar polígrafo textual.

—El primero de ellos, aceptar un orden determinado (no vamos a entrar en la discusión de si ese orden se basa en la legalidad o no, porque ahora no es pertinente). Es un orden ideal que la comunidad cohesionada afirma no estar dispuesta a violar y que le sirve para señalar al disidente, al que parece situarse fuera de ese marco normativo.

—Segundo precepto, simbólicamente muy relevante: compartir creencias y valores. En el caso de los grupos sociales muy cerrados, muy reivindicativos de sí mismos, tales valores no pueden ser sino excluyentes, y alimentan el sentimiento de supremacía; son valores que se erigen frente a “contravalores ajenos”, que la comunidad denigra o demoniza porque no se siente representada en ellos.

—Tercero:  tener una idea del pasado a menudo mitificada. Los individuos “cohesionados” viven su existencia como si fueran descendientes de una estirpe tocada por la gracia, y a partir de ahí se sienten avalados y legitimados en sus proyectos de futuro –un futuro de unidad, donde todos reman en el mismo barco hacia ítacas que no constan en mapa alguno–.

—Cuarto, vivir en el espejismo de los “intereses comunes”, haciendo que se mitigue o incluso desaparezca la evidencia de la desigualdad. Y ese aspecto es lo que permite ligar con el quinto: construir una homogeneidad grupal con pocas fisuras… y que a su vez desemboca en el sexto y definitivo: la creación de un “nosotros” frente a un “ellos”, gran argamasa discursiva que va a consentir que un pensamiento único se instale en los elegidos y les permita señalar, con una convicción a prueba de cualquier inclemencia, al disidente, al otro que, no solo es enemigo peligroso y perverso, sino también, como no puede ser de otro modo, inferior.

El nacionalismo, sea de donde sea, solo se puede entender como fenómeno de identidad grupal cohesionada. Se basta a sí mismo. Vive un ensimismamiento que cree legítimo a partir de una lectura falsa, cuando no extravagante, de su propio “hecho diferencial”. Y es ese el discurso cuyas piezas de mecano hay que desmontar. No soy nacionalista (de ningún nacionalismo) porque siento que esa forma de encarar las relaciones, los valores y la convivencia me excluye a mí como ciudadana compleja, mestiza, heterogénea.  Lo peor del nacionalismo (de los nacionalismos) es que, sobre todo, excluye los matices –algo absolutamente lógico si tenemos en cuenta su vocación de homogeneizar y su celo en que parezca que los intereses comunitarios son idénticos en cada miembro–. Al apelar a sentimientos estancos y a su pasado mitificado y fantaseado, deja fuera a mis antepasados –esos que dan sentido a mi presente y a mi existencia toda–, a su lucha, a sus exilios y penurias, a sus esfuerzos por sobrevivir, al legado que me dejaron, a las heridas con las que tuvieron que convivir. Me obliga a renegar de sus vidas, a perseguir la memoria de lo que fueron, a ultrajar sus nombres sobre sus tumbas… Cuando era pequeña y me iba a la tierra de mis padres, se me afeaba ser catalana. Y cuando volvía, resulta que me faltaba siempre algo de gramaje para cumplir los parámetros de pureza. Ahora vuelvo a sentirme igual. Como ese niño al que chantajean con la pregunta insoportable de si quiere más a papá o a mamá.

He vivido en muchas sociedades, europeas y no europeas, y todas forman parte de la persona que soy, y por decencia y por homenaje a la gente, las lenguas, las culturas que pasan y han pasado por mi vida, no me puedo encerrar en valores que me piden que me envuelva en una u otra bandera y que ponga “concertinas” en esa parte de la memoria que me recuerda el barro del que procedo. No me siento interpelada por proyecto alguno que me conmine a renegar de quien soy y que utilice mi pasado –o mi presente, da lo mismo– familiar y afectivo como un elemento desechable. Es el acto sacrificial que exige el dios nacionalista: la entrega de tu dignidad personal –ya que los nacionalismos necesitan masas, no individuos–. Yo también tengo memoria histórica y la reivindico por encima de banderas, consignas y cualquier tipo de cerrazón. Ya he superado el macabro juego freudiano de tener que elegir entre papá y mamá, y me gustaría elegir a hermanos, tíos, abuelos, amigos o convecinos.

En cuanto a la independencia… lo voy a zanjar por hoy dando por hecho que se trata de una quimera. Cuando te independizas de algo o alguien, en la visión más amable, rompes unos vínculos para establecer otros. Pero, en la mayoría de los casos –y deberíamos no olvidarlo– tan solo sirve para cambiar de dueño.

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